Símbolos comunes en los antiguos mensajes

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Se han hecho interpretaciones bienintencionadas pero erróneas de los escritos, figuras, grabados y monumentos encontrados, algunos con miles de años de antigüedad, lo que nos ha llevado la mayoría de las veces a falsificar la realidad, a perder el horizonte del posible origen verdadero del mensaje. Sigue siendo una asignatura pendiente el que equipos multidisciplinarios se dediquen a estudiar los miles de mensajes existentes en todos los museos del mundo.

El asiriólogo americano Edward Chiera pone un ejemplo sumamente sencillo: «Una vez oí el sermón de un orador sagrado muy bueno sobre las palabras con las que Jesús saludó a sus discípulos después de haber resucitado: “Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘La paz sea con vosotros’ (Jn. 20, 19).” El predicador insistía mucho en repetir a sus oyentes la frase: “La paz con vosotros.”

Continuamente hacía resaltar el significado de estas hermosas palabras de Jesús y la forma en que el resucitado Salvador había infundido consuelo y confianza en sus desolados discípulos, cómo había entusiasmado sus corazones y los había fortalecido. »Sin duda, los feligreses, que escuchaban con gran atención, se quedaron muy satisfechos con las bellas palabras que el párroco les había dicho con relación a “la paz con vosotros” del Redentor cristiano.

Sólo un orientalista no podía quedar satisfecho con ellas. »Ya la fórmula de saludo “la paz con vosotros” sólo significa lo que el musulmán actual quiere expresar cuando dice “As Salam ‘Aleikum”. Ambas fórmulas de saludo se corresponden literalmente. Significa lo mismo que los simples saludos usados en Europa de “buenos días” o “buenas noches”.

Imaginemos que un oriental pronunciase sobre esto un sermón. Y, de este modo —nos dice el profesor Chiera—, un profundo estudio de la literatura cuneiforme asiriobabilónica reduciría ad absurdum muchas interpretaciones de la Biblia, bienintencionadas pero falsas.»

Por otro lado, la cantidad enorme de datos en registros y objetos dejada por los antiguos egipcios nos permite conocer cómo vivían y el conocimiento que habían alcanzado en el campo de las artes y las ciencias. Se conocen los nombres de todos los reyes hasta Menes o Narmer, que fue el unificador de las tierras del Alto y el Bajo Egipto, aproximadamente unos tres mil cien años antes de Cristo; su gobierno estaba centrado en la ciudad de Menfis, al principio del delta del Nilo. Las magníficas y misteriosas pirámides y demás construcciones espectaculares hoy son estudiadas con meticulosidad científica, sorprendiendo aún más si cabe cómo se pudieron realizar con los medios disponibles a su alcance.

Actualmente, mediante técnicas forenses se han examinado los restos mortales de los gobernantes y de los ciudadanos eminentes de Egipto, conservados gracias a un proceso muy avanzado de momificación.

Los arqueólogos sostienen que desde los tiempos del rey Narmer hasta el siglo VII d. J.C., que posiblemente fue cuando terminó la práctica de embalsamar, se llegaron a momificar unos setecientos millones de cadáveres. Se cree que, a pesar del abrasador calor de Egipto, varios millones de momias se conservan en cementerios y tumbas que todavía no han sido descubiertos.

Las sorpresas científicas pueden ser espectaculares. Hace unos diez años fue descubierto un cementerio en la ciudad de Bawiti, al sureste de El Cairo, donde aparecieron más de diez mil momias.

A finales del año 1922, en el Valle de los Reyes, Horward Carter y lord Carnarvon abrieron la tumba de Tutankamón, el faraón niño de la XVIII dinastía egipcia (tres mil quinientos años antes de Cristo).

Tutankamón contaba con nueve años de edad cuando fue proclamado faraón. Fue el sucesor del rey Sakare (Sakere), quien sólo gobernó durante tres años después de Akenatón, adorador del Sol.

En su infancia, el faraón niño llevaba el nombre de Tutanjatón, pero posteriormente decidió cambiarlo por el de Amón, renegando así del proscrito dios solar Atón y volviendo a los antiguos dioses de Egipto, es decir, a la tradición. Murió a los dieciocho años.

La prensa de todo el mundo se hizo eco del descubrimiento por la belleza y el valor de los tesoros encontrados (más de setecientos objetos) y por la llamada «maldición del faraón». A los pocos meses del descubrimiento, lord Carnarvon murió en un hotel de El Cairo a causa de una altísima fiebre producida por la picadura de un mosquito. También murieron otros amigos de lord Carnarvon y algunos sabios que en una u otra ocasión habían penetrado en la tumba del faraón. Incluso falleció la enfermera que había dejado solo al enfermo lord en El Cairo la noche de su muerte. No obstante, el otro descubridor, Carter, aún vivió diez años más y siguió trabajando en la tumba del faraón niño.

En la pared oriental de la cámara sepulcral de Tutankamón puede verse una escena de cortejo fúnebre. La momia real descansa en un ataúd sobre un féretro en forma de león, y el ataúd se encuentra encima de una barca que sorprendentemente es arrastrada por un trineo con cortesanos hacia la tumba. Es difícil dar una explicación al significado de la existencia de un trineo en Egipto.

El enigma se complica más aún porque en la tumba real de Ur, mil años más antigua, apareció también un trineo. En ambas tumbas aparecen toros, becerros, serpientes, vacas y leones, muchos de ellos, figuras celestes. Conocidos historiadores del mundo antiguo se preguntan quiénes llevaron la sabiduría a Egipto.

Algunas voces se hacen la pregunta: ¿fue Abraham, a quien la tradición atribuye el haber sido el creador de la astronomía? Puede que no. Cuando Abraham vivía en la Tierra, la astronomía era ya conocida desde antiguo. Comenzó mucho tiempo antes de la invención de la escritura, mucho antes del comienzo de la historia.

Pero, según Eric Zehren, lo que unió a Egipto con todo el Próximo Oriente, desde el Cáucaso hasta Canaán, pasando por Siria y Mesopotamia hasta la India, fue la común concepción del mundo y, a menudo también, el mismo valor de sus símbolos. ¿Acaso Abraham y sus descendientes no sabían nada de ello? Sí que sabían. ¿Acaso no danzaron en torno al Becerro de Oro todavía en tiempos de Moisés, siglos después de Tutankamón?

Por S.Río

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