Dos corazones en un mismo ataúd

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Dos corazones en un mismo ataúd

La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.
Antonio Machado

A juzgar por los cráneos descubiertos, los paleontólogos calculan que el hombre de Neanderthal tenía una capacidad cerebral equivalente a la nuestra. Estos antepasados nuestros iniciaron la práctica de enterrar a sus muertos acompañándolos con unos ritos funerarios. Inhumaban el cuerpo del difunto, junto con alimentos, armas de caza y carbón vegetal, y cubrían el cadáver con flores. Una tumba de Neanderthal descubierta en Shanidar, Irak, contenía el polen de ocho especies florales diferentes. Hace 50.000 años, el hombre ya asociaba el fuego con los entierros, puesto que hay restos de antorchas en tumbas del Neanderthal, aunque todavía desconocemos su significado.

Mucho más tarde, los antiguos romanos creían que las antorchas funerarias guiaban el alma del difunto hacia su morada eterna, y nuestras palabras “funeral” procede del latín “funus”, que quiere decir precisamente “antorcha”. Además de la palabra “funeral”, los romanos nos legaron la moderna práctica de encender cirios en las ceremonias fúnebres.

Unas velas encendidas alrededor del difunto se suponía que ahuyentaban los espíritus que intentaban reanimar el cadáver y tomar posesión de él. Y puesto que el dominio de los espíritus era la oscuridad, se suponía que huían de la luz. Más que el respeto a los seres queridos difuntos fue el temor al mundo de los espíritus el origen de la mayoría de nuestras tradiciones funerarias contemporáneas.

 EL NEGRO PARA EL LUTO

Nosotros llevamos prendas negras en un entierro o funeral como signo de respeto al difunto. Sin embargo, fue el temor a un pariente muerto, y no digamos a un enemigo o extraño difunto, lo que restauró el negro como nota distintiva de luto en el mundo occidental.

Esta costumbre es muy antigua. El hombre primitivo creía que sin una vigilancia continua, el espíritu del muerto entraba en el cuerpo de los vivos y los poseía. Pruebas antropológicas sugieren que los hombres blancos primitivos se pintaban de negro el cuerpo para asistir a los entierros, a fin de disfrazarse de espíritus. Y hay pruebas mucho más recientes, en este siglo y en el pasado, procedentes de tribus africanas negras que se embadurnaban los cuerpos con el color opuesto, un blanco de yeso, para evitar el reconocimiento y la posesión por parte de los muertos recientes.

A partir de la pintura negra corporal, los antropólogos llegan al atuendo funerario negro, que en muchas sociedades vestían los parientes más próximos del difunto o difunta, durante semanas o meses, como un camuflaje protector. El velo que cubría la cara de la mujer enlutada tuvo su origen en este temor.

En los países mediterráneos, la viuda llevaba un velo y prendas negras durante todo el año, para ocultarse del espíritu merodeador de su marido. Por tanto, el color negro no significa respeto, sino que para una persona con piel blanca constituye una máscara defensiva.

EL ATAÚD

Los antiguos sumerios enterraban a sus difuntos en cestos tejidos con juncos trenzados. Pero, una vez más, el temor a los difuntos explica los orígenes del ataúd o del sarcófago.

En el norte de Europa se tomaban medidas drásticas para impedir que los muertos persiguieran a los vivos. Frecuentemente se ataba el cuerpo del difunto, después de decapitarlo y amputarle los pies. Para plantearle más obstáculos, camino del cementerio se seguía un trayecto sinuoso, para que no supiera encontrar de nuevo la ruta de su casa.

En muchas culturas, los muertos eran sacados de sus casas no a través de la puerta principal, que tan familiar les había sido, sino por un agujero en la pared, practicado para la ocasión y que era cerrado inmediatamente.

Si bien un entierro a un metro y medio o dos bajo tierra se consideraba una buena precaución, resultaba más seguro encerrar primero al difunto en un ataúd de madera. Clavar la tapa proporcionaba una protección adicional. No sólo muchos de los ataúdes primitivos eran asegurados con numerosos clavos, demasiados, según los arqueólogos, no sólo para evitar que se cayera la tapa durante la procesión funeraria, sino que, una vez depositado el ataúd en la tumba, se colocaba una piedra grande y pesada sobre su tapa, antes de cubrirlo con tierra.

Cerrado ya el sepulcro, se colocaba en él otra piedra todavía mayor, que más tarde dio lugar a las lápidas. Mucho más adelante en la historia, los deudores encargaban con todo su afecto una lápida provista de inscripciones, y visitaban con el mayor respeto la tumba, pero antes de que se instaurase esta práctica piadosa, los familiares y los amigos jamás se aventuraban a pasar cerca del lugar donde reposaban sus difuntos.

 COCHE FÚNEBRE

Después de labrar sus campos, el campesino romano rastrillaba la tierra con un “hirpex”, un útil triangular, de madera o de hierro, con púas fijadas a un lado. En el año 51 a.C., cuando los romanos, bajo el mando de Julio César, completaron su conquista de la Galia, introdujeron el “hirpex”, rastrillo en latín, en Europa occidental.

Los habitantes de las Islas británicas llamaron “harrow” a esta herramienta, y el nombre cambió de nuevo en el siglo XI cuando los normandos invadieron Inglaterra y adoptaron la pronunciación “herse”. Los conquistadores normandos observaron que el rastrillo, una vez invertido, se parecía a sus candelabros de iglesia, y tales candelabros, que suelen encontrarse sobre el altar, siempre han sido parte integrante de las ceremonias fúnebres. En aquellos tiempos, los de mayor tamaño se colocaban sobre el túmulo durante las exequias de las personas distinguidas.

En el siglo XI, el progreso del rastrillo fue tal que llegó a medir casi dos metros de longitud, por lo que precisaba docenas de velas o cirios, y constituía en muchas ocasiones una obra maestra de artesanía. Durante el cortejo funerario, se le trasladaba ya sobre la tapa del ataúd.

En el siglo siguiente, en Inglaterra, el carro con ruedas que transportaba el féretro fue conocido como “hearse”, que era entonces la pronunciación usual británica. Así fue como el rastrillo agrícola se convirtió en el coche funerario, todavía hoy llamado en inglés “hearse”.

El paso del coche o carroza de caballos al vehículo motorizado es, desde luego, muy reciente. Resulta interesante observar que la marcha lenta de los entierros no es tan sólo una señal de respeto para el difunto. Recuerda días ya muy remotos, en los que las velas encendidas formaban parte de este ceremonial, pues, por más que los acompañantes caminaran con mesura y reverencia, la solemnidad de su paso estaba influida también por la necesidad práctica de mantener las velas encendidas.

La muerte no nos roba a los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente.

Termino esta nota escuchando la voz de tenor de al Sherife; mi padre, que desde niña me enseñó a combatir la tristeza honrando la memoria de Lorca y de Machado…

El ojo que ves
no es ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve
A. Machado

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