Asmaa lucha contra el prejuicio social en Egipto

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Asmaa o Asma’a (en árabe أسماء) es un filme dramático egipcio, y es el primer filme realizado que presenta a los pacientes de SIDA con clemencia. Escrita y dirigida por Amr Salama, el filme cuenta la historia de una mujer con VIH que lucha por vivir con la carga de mantener su estatus de portadora de VIH en secreto, y el dilema que enfrenta cuando se le ofrece la oportunidad de aparecer en un programa de televisión. Está basado en la historia real de una mujer que murió por un estallamiento de vesícula después de que los médicos se negaron a operarla porque ella tenía SIDA. El director, Amr Salama, intenta con el filme crear conciencia sobre el SIDA: en sus propias palabras, corregir “las ideas equivocadas y mentiras” sobre la enfermedad, desde que más gente está muriendo por las ideas equivocadas que por falta de tratamiento. El filme no es sobre SIDA, es más bien una batalla en contra del prejuicio social en Egipto, y sobre “amor, coraje, vencer el miedo, y pelear por los derechos individuales”.

Antecedentes

A finales de los 80’s y principios de los 90’s, terroríficos comerciales sobre el SIDA fueron transmitidos en Egipto por televisión, con imágenes escalofriantes de locos, sangre, prostitutas demoníacas y uso de drogas intravenosas. Los primeros filmes sobre SIDA tendían a mostrar total ignorancia sobre las causas de la enfermedad, y jugaban con el miedo; uno de esos filmes estaba basado en el VIH transmitido por una mujer infectada de los agentes del Mossad en Taba. Wessam el-Beih, el coordinador regional para Egipto de ONUSIDA, dijo: “Los medios egipcios, especialmente la industria fílmica ha propagado por años información errónea y retratos prejuiciosos sobre la gente que vive con VIH.”

En diciembre de 2011, Index on Censorship reportó que “baja autoestima y miedo al rechazo son sentimientos comunes que comparten los egipcios que viven con VIH. Hay un estimado de 11,000 personas que viven con VIH y SIDA, solo 500 están bajo tratamiento, de acuerdo a reportes de la ONU. Y ninguno de ellos habla abiertamente de su condición”. El fuerte estigma asociado con el SIDA evita el acceso a un adecuado cuidado y tratamiento. De acuerdo a la Iniciativa Egipcia por los derechos individuales (EIPR por sus siglas en inglés), los profesionales médicos están renuentes a tratar esta condición, porque no tienen el conocimiento necesario de control de infecciones, y es por el estigma moral de las relaciones ilícitas que los pacientes con SIDA son incapaces de discutir su condición abiertamente, y también porque también sufren discriminación su ambiente familiar y laboral.

Pacientes con SIDA encuentran difícilmente empatía en comparación a pacientes que tienen otro tipo de enfermedades, y serán señalados como pecadores. Amr Salama dice:

“Por ejemplo, en Egipto pensamos que es un castigo de Dios y que no deberíamos de tratarlos. Pensamos que contrajeron el virus por un pecado y que entonces se lo merecen, y pensamos que es muy contagioso y que no debemos de relacionarnos con los contagiados. Entonces la gente muere más por la indiferencia que por otra cosa”

Asmaa está basada en historias verdaderas de pacientes con SIDA que Salama conoció cuando hizo un documental sobre SIDA para la ONU en 2005.

Recepción de la crítica

En la revista egipcia escrita en inglés Lo que las mujeres quieren, May Abdel Asim alabó el filme como “auténtico y honesto” y “la historia real de una mujer fuerte y orgullosa que tiene SIDA pero el SIDA no la tiene a ella”. Otros críticos egipcios no fueron tan favorables: a Hani Mustafa, en al-Ahram weekly le molestó el “sermoneo y la moralidad” que encontró en el fime, llamándola “una hábil propaganda que funcionaría bien como parte de una campaña contra el SIDA para la sociedad civil

Stephen Farber, de The Hollywood reporter, llamó al filme “una de las peliculas más fuertes” entre todas del mundo árabe que se mostraron en el Palm Springs International Film Festival del 2012 y “ciertamente una de las mejores películas de todo el festival”.

Premios

El filme fue premiado en el Abu Dhabi Film Festival en 2011, donde ganó el premio Nuevos Horizontes por Mejor Director del Mundo Árabe (Amr Salama) y Mejor Actor (Maged el-Kedwany). En 2012 en el Fribourg International Film Festival Asmaa ganó el Premio de la Audiencia.

Por Karla Fabiola Castillo
Para Páginas Árabes

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Licencia Creative Commons
Asmaa lucha contra el prejuicio social en Egipto por Karla Fabiola Castillo se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://paginasarabes.com/2014/01/21/asmaa-lucha-contra-el-prejuicio-social-en-egipto.

Hacer presente la luz

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Hacer presente la luz

Pese a los numerosos rasgos que ha dejado en nuestra cultura, apenas somos conscientes de la extensión y el vigor de la cultura islámica. Esta exposición de la Fundación Focus-Abengoa da cuenta de ambos. La procedencia de las piezas dibuja el dilatado mapa por el que se expandió y las numerosas relaciones que estableció con otros pueblos, de mogoles a venecianos. Por otra parte, libros y objetos (brújulas y astrolabios pero también instrumental quirúrgico) recuerdan la influencia del pensamiento árabe: trajo a Europa el pensamiento de Aristóteles, cuyos escritos había conservado, y también una manera secular de comprender el mundo, la magia. Si Tomás de Aquino renovó la cultura europea con las ideas de Aristóteles, su maestro, Alberto Magno, impulsó las prácticas mágicas que habrían de tener especial peso en Occidente hasta el nacimiento de la ciencia moderna.

Yendo ya a la exposición, el tema general, la luz, lo comparten las tres religiones monoteístas, musulmanes, judíos y cristianos. Como sugirió Hegel, mientras el mazdeísmo persa divinizó la luz, las religiones monoteístas la pensaron. Vieron en la luz el signo de una fuerza que mantiene viva la naturaleza y la trasciende. Por eso es anuncio de lo sublime: la luz acoge y baña cuanto existe, lo hace ver y lo hace vivir, pero a la vez lo supera y desborda. De ahí que la luz impulse la mística cristiana y la islámica. Hay sin embargo una diferencia de alcance: la cultura cristiana a veces representa la luz (como lo hacen los rompimientos de gloria) mientras que la islámica, como señala esta muestra, la produce, la hace presente.

Así se advierte ya en las cerámicas, sencillos cuencos que son en realidad discos solares, o en piezas donde la epigrafía posee un ritmo que realza el brillo de la superficie esmaltada. Otro apartado de interés son las incrustaciones: los diversos metales con sus reflejos hacen patente la luz. Un cuenco mameluco del siglo XV evidencia además el valor de la geometría en una cultura que no es proclive a la figura: la red de rombos curvos se construye de manera tan acabada que más que ornamentar el cuenco parece formarlo, modelar su volumen elipsoidal hasta hacerlo terminar en la embocadura cilíndrica.

Otro apartado de interés son los objetos de jade, vidrio o cristal de roca. La transparencia fue siempre el mensajero de la luz y el signo de la inteligencia contemplativa. Los objetos de cristal de roca y piedras preciosas hacen pensar además en antiguos conceptos de la magia: los magos creían que el fuego de las estrellas (cuerpos que sólo tenían ese elemento, el más sutil de todos) lograba alterar el elemento más grosero, la tierra, sembrando su interior de luz condensada en rocas, las gemas.

El libro iluminado da también que pensar. Mientras que en la cultura cristiana la jerarquía eclesiástica administraba, digámoslo así, el libro sagrado, interpretándolo en la catequesis mediante los llamados sentidos de la Escritura, la cultura islámica se atenía a la literalidad de su libro, sacralizando de algún modo el texto. Así, los libros encuadran los versos del Corán con ornamentos que se antojan cultuales, haciendo figurar en los márgenes ordenadamente los comentarios aceptados. Esto convierte cada página en un poema visual, a veces sencillo y escueto, como el Corán de Kairuán, escrito en letras de oro sobre pergamino teñido de intenso azul, y en otras ocasiones, con sofisticada elaboración, como el debido al calígrafo Jwaja Saifuddin Asha’i.

La última sesión de la muestra, Una geometría de luz, hace a ésta presente en capiteles, relieves, alicatados, tejidos, puertas y celosías. A primera vista nos resulta más familiar. Es sin embargo frecuente que el visitante de la Alhambra o Medina Azahara se detenga en los elaborados arabescos y los admire, sin tener en cuenta que sus estudiados ritmos son sólo una parte de esas obras que en realidad se pensaron e hicieron para invitar a la luz a completarlas. Cada hora, a lo largo del día y del año, hace surgir una nueva obra, reiterando la afinidad oculta entre la luz y la materia.

La exposición en suma exige la visita o las visitas de cualquier buen aficionado. No sólo hallará historia y encontrará la densidad de otra cultura, sino que podrá ver una rica confluencia entre inteligencia y arte, no sólo por el esfuerzo conceptual de las geometrías, sino también por la conexión entre formas artísticas, vida y medio natural. A la muestra, en verdad ambiciosa, sólo cabe reprochar el excesivo uso de la luz dirigida. Es cierto que algunos objetos expuestos exigen este tipo de luz por ser más fácilmente regulable, pero otros muchos hubieran sido aún más convincentes bañados por una luz general en vez del foco dirigido que quita relieve a los objetos y recuerda demasiado al expositor comercial.

Por J. Bosco Díaz-Urmeneta

Con información de : Málaga Hoy

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