Historia de la tortura:el auto de fe

El quemadero ceremonial de herejes, denominado auto de fe (acto de fe), representaba el clímax del proceso inquisitorio.Grabado de Bernhard Picart, 1723
El quemadero ceremonial de herejes, denominado auto de fe (acto de fe), representaba el clímax del proceso inquisitorio. Grabado de Bernhard Picart, 1723

El auto de fe era la ceremonia pública donde se anunciaban oficialmente las sentencias de los «heréticos» condenados, y éstas variaban según la gravedad del crimen cometido. A unos «herejes» se les obligaba, por ejemplo, únicamente a llevar puesto el sanbenito (gorro de la infamia); a otros se les flagelaba públicamente por las carnes, ya fuera a pie o montados en un asno; mientras que otros terminaban en la hoguera. Curiosamente, no obstante, uno no puede dejar de preguntarse por qué a esta ceremonia barbárica y de masacre ritual, los clérigos católicos empleando un sarcasmo evidentemente satánico, la denominaron como auto de fe, lo cual significa «acto de fe».

El auto de fe solía llevarse a cabo en domingo -porque era un día «santo»- o en algún otro día de fiesta religiosa. Los clérigos se encargaban de explicarle a la gente que no era un entretenimiento, sino una ceremonia religiosa. Y era bueno que todos atendieran al auto de fe, pues era por el propio bien de la gente que vieran lo que sucedía con aquellos que pecaban contra la fe de la «santa» Iglesia.

Las ejecuciones se hacían en presencia del rey o personajes de la nobleza y después de una procesión pública, una misa, un sermón y la reconciliación de los pecadores. Una tarde antes de efectuarse el auto de fe, los «heréticos» condenados a la hoguera eran llevados al palacio de la Inquisición donde se les informaba que el día siguiente serían quemados vivos. En su gran «misericordia», los inquisidores acostumbraban designar dos sacerdotes para que fuesen compañeros de los condenados durante su última noche e intentasen salvar sus almas; sus cuerpos ya no podían salvarse, pero si confesaban su «herejía» y declaraban su gran deseo de reconciliarse con la «santa» Iglesia; entonces, aunque de todas maneras debían morir por sus pecados, por otro lado se les daría el «privilegio» de morir estrangulados antes que las llamas consumiesen sus cuerpos. A la mañana siguiente se les sacaba de la prisión de la Inquisición, todos los presos con sus sanbenitos que denotaban su crimen (el sanbenito implicaba aparte del gorro una especie de chaleco -con figuras de demonios dibujados- donde se escribía el tipo de crimen cometido), y con cuerdas alrededor del cuello que los aseguraban.

Una descripción de un auto de fe, proporcionada por un testigo ocular en 1690 en Madrid, servirá para ilustrar la pompa, el esplendor y la emoción que causaba tal barbarie:

«Los funcionarios de la Inquisición, precedidos por trompeteros, timbaleros y su bandera, marcharon el 30 de mayo, en cabalgata, al palacio de la gran plaza donde declararon proclamación que el 30 de junio se ejecutaría la sentencia de los prisioneros. No había habido un espectáculo de esta clase en Madrid desde hacía varios años, razón por la cual los habitantes lo esperaban con tanta impaciencia como un día de la mayor festividad y triunfo. Cuando llegó el día señalado, compareció un número prodigioso de personas, vestidas con esplendidez, que sus respectivas circunstancias permitían. Alzóse en la gran plaza un elevado patíbulo; y de allí, de las siete de la mañana hasta la tarde, fueron llevados criminales de ambos sexos; pues todas las Inquisiciones del reino enviaban sus prisioneros a Madrid. Diose orden de que veinte hombres y mujeres de estos prisioneros, con un mahometano renegado, fuesen quemados; cincuenta judíos y judías, que nunca antes habían estado en prisión, fueron sentenciados a un largo encierro y a llevar un gorro amarillo; y otros diez, acusados de bigamia, brujería y otros crímenes, fueron condenados a ser azotados y enviados luego a galeras: estos últimos llevaban gorros de cartón, con inscripciones en ellos, llevando también un dogal alrededor del cuello y antorchas en las manos. En esta solemne ocasión hallábase presente toda la corte de España. La silla del gran Inquisidor fue colocada en una especie de tribunal muy por encima de la del rey. Los nobles interpretaron aquí el papel de los funcionarios del sheriff en Inglaterra, conduciendo a los criminales que debían morir en la hoguera y sujetándolos bien por medio de gruesas cuerdas; el resto de los criminales eran conducido por los familiares de la Inquisición.

En el lugar de la ejecución hay tantas hogueras como prisioneros deben quemarse, hallándose colocada alrededor de ellas una gran cantidad de leña seca. Las hogueras de los protestantes, o como los llaman los inquisidores, los profesos, tienen unos tres o cuatro metros de altura, y cada una de ellas tiene una pequeña tabla, donde el prisionero se sienta a cosa de medio metro de la parte superior.

Los profesos suben entonces por una escalera entre dos sacerdotes, los cuales los atienden durante todo el día de la ejecución. Cuando llegan a la altura de la tabla antes citada, se vuelven de cara al pueblo, y los sacerdotes pasan cerca de un cuarto de hora exhortándoles a reconciliarse con la sede de Roma. Al negarse a ello, los sacerdotes descienden y el verdugo, subiendo, aparta a los profesos de la escalera y los instala en el asiento, encadena sus cuerpos a los postes y los deja. Suben entonces los sacerdotes por segunda vez para renovar sus exhortaciones; y si resultan ineficaces, suelen decirles, al marcharse, que ‘los dejan con el diablo, que se encuentra detrás de ellos, preparado para recibir sus almas y llevárselas consigo a las llamas del fuego infernal, en cuanto hayan salido de sus cuerpos’.

Alzase entonces un grito general, y cuando los sacerdotes bajan de la escalera, la exclamación universal es: ‘¡Que se hagan las barbas de los perros!’ (que significa que le chamusquen las barbas). Así se hace utilizando aulagas encendidas, que se acercan a sus caras con palos largos. Esta barbaridad se repite hasta que las caras aparecen quemadas y va acompañada de estruendosas aclamaciones. Entonces se prende fuego a las aulagas y los criminales se consumen.

La intrepidez de los veintiún hombres y mujeres al sufrir la horrorosa muerte fue en verdad asombrosa; algunos metieron las manos y los pies en las llamas con la más impávida fortaleza; y todos ellos se entregaron a su suerte con tal resolución, que muchos de los asombrados espectadores lamentaron que almas tan heroicas no hubieran sido más esclarecidas. La proximidad del rey a los criminales hizo que sus gruñidos de muerte le,fueran muy audibles; más él no podía ausentarse de esta escena espantosa, ya que se juzga religiosa, y el juramento de su coronación le obliga a sancionar con su presencia todos los actos del tribunal (The history of torture throughout the ages, G.R. Scott, 1949, pp. 71-73).

Aquí resulta interesante hacer notar que los «santos» hombres o clérigos de la iglesia, aquellos que habían estado torturando y desmembrando los cuerpos de los condenados a la hoguera, no ejecutaban personalmente la sentencia de muerte. Pues creían en el principio bíblico que un cristiano no debía derramar la sangre de su prójimo. Para lavarse las manos del asunto, ellos entonces entregaban al brazo secular al «hereje» para que por manos de las autoridades se le quemase; y también, al quemarlo, no estaban faltando tampoco a la ley de Dios, pues así no derramaban sangre, ya que simplemente… ¡lo»rostizaban» !

De esta manera, los «santos» hombres de Dios se limpiaban sus manos de sangre, al tiempo que se gozaban con el resto de los espectadores de participar en tal ceremonia religiosa. La cual por cierto afirmaban era gozada también por la Santa Trinidad y la Virgen (Torture Instruments, Marcello Bertoni, 1963, p.18).

Y es que en realidad no era para menos, pues era más excitante que una corrida de toros ¿o qué acaso no era más emocionante ver a un ser humano sufrir que a un toro, un animal? Todo el aire se llenaba con olor a carne humana quemada…pero la larga ceremonia, los cantos gregorianos en latín entonados por los monjes, el resonar de las campanas, el olor del incienso…todas estas cosas «santificaban» al auto de fe.

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