2014: fin de la era yankie en Oriente Medio?

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Con el fin de 2013 llega el fin de la era norteamericana en Oriente Medio. Denominar a los últimos cuarenta años Pax Americana probablemente sería una exageración porque, como estamos hablando del Medio Oriente, ha habido un montón de violencia (las guerras árabe-israelíes, la guerra irano-iraquí, la liberación de Kuwait por los norteamericanos, la invasión de Irak por éstos o los numerosísimos y sangrientos atentados que han tenido lugar desde el Mediterráneo Oriental hasta el Golfo Pérsico). Pero nadie dudaba de que Norteamérica estaba al mando, y, en la región, todos podían hacer sus apuestas conforme a ello, con una razonable noción de lo que podía aguardarles. Si uno era un líder de Oriente Medio aliado de Washington, tenía ayuda económica, armas y una foto con el presidente. Esto último era, tal vez, lo más importante de todo, porque lo que contaba más aún que los aviones y tanques estadounidenses y que los paquetes de ayuda por valor de miles de millones de dólares era la idea de que algún día, cuando las cosas se pusieran difíciles, tu colega de la Casa Blanca, que además resultaba ser el hombre más poderoso del mundo, podría hacer caer su poderoso martillo por ti y aplastar a tus enemigos. Después de todo, eso es lo que le pasó a Saddam Hussein… dos veces. Y, quién sabe, puede que lo mismo les hubiera ocurrido a Bashar al Asad y a la República Islámica de Irán; en los últimos diez años (en el caso de Irán, desde 1979, con el derrocamiento del Sha y la Crisis de los Rehenes) ambos han hecho casi todo lo que ha estado en su mano por establecerse como los principales enemigos de Norteamérica en la región. Pero, como demuestran estos dos ejemplos, los tiempos han cambiado.

Éste ha sido el año en el que Norteamérica cambió la maza por el escalpelo y tendió una mano amiga a sus enemigos, lo que dejó a sus amigos preguntándose qué vendría a continuación. Para los actores que no comprendieron que la era del heroico compromiso estadounidense en Oriente Medio ha terminado (desde la promoción de la democracia y los costosos paquetes de ayuda al dominio rápido y los cambios de régimen producidos gracias a los cientos de miles de efectivos norteamericanos), 2013 ha sido un año especialmente malo. De todos ellos, los grandes perdedores han sido Muyahaidín e Jalq (MEJ), los rebeldes sirios e Israel. El MEJ es el movimiento de resistencia contra el régimen iraní que la Administración Clinton incluyó como organización terrorista internacional en 1997 para ganarse el favor de Mohamed Jatamí, el modelo de presidente iraní moderado de los 90. Tras la invasión estadounidense de Irak en 2003, el MEJ cumplió la exigencia norteamericana de que se desarmara, a cambio de lo cual el Pentágono le concedió el estatus de gente protegida. Sin embargo, desde 2009 ha sufrido repetidos ataques por parte de aliados de Irán, entre ellos fuerzas de seguridad vinculadas al primer ministro iraquí Nuri al Maliki. Representantes estadounidenses coinciden en que Irán también fue responsable del último ataque contra el campamento Ashraf, el 1 de septiembre, en el que murieron cincuenta miembros del MEJ y otros siete fueron tomados como rehenes.

La moraleja es que cuando Estados Unidos te dice que depongas las armas y no te ocupes de las cosas por tu cuenta, no le escuches.

Los rebeldes sirios creyeron que, pese a todos los reveses y bajas sufridos durante el último año, al menos cabía la posibilidad de que la Casa Blanca cumpliera con su política declarada de buscar la marcha de Bashar al Assad (si no por medios militares, al menos con presión diplomática y política). Después de todo, ¿cómo iba a mantener Washington su posición en Oriente Medio si sus enemigos y sus aliados pensaban que los estadounidenses eran unos faroleros? De lo que no se dio cuenta la oposición siria fue de que a Norteamérica ya no le preocupaba su prestigio en la región; lo que ha interesado durante este último año a los políticos norteamericanos es salir de Oriente Medio.

En primer lugar, la Casa Blanca no cumplió con la entrega de armas prometida en junio. En septiembre se volvió atrás en el plan de atacar a Assad después de que éste empleara armas químicas y cruzara la famosa línea roja del presidente Obama. En vez de castigar a Assad, lo que hizo fue cerrar vías de apoyo para los rebeldes procedentes de Turquía, Kuwait, Qatar y Arabia Saudí. Entonces la Administración indicó que ahora todo el mundo tendría que aguantarse con el hecho de que Assad siguiera por aquí, porque es un buen socio para contener a Al Qaeda.

¿Moraleja? Cuando Estados Unidos dice que no está fanfarroneando, no lo escuchen.

Al parecer, adjuntos de la Casa Blanca se dirigieron en otoño de 2012 al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en medio de la campaña presidencial estadounidense, y le pidieron que no se ocupara de las cosas por su cuenta y bombardeara Irán. Resulta que, como informó la semana pasada Associated Press, en julio de 2012 Jake Sullivan, asistente de Obama, ya estaba en plenas conversaciones secretas con Teherán, las cuales condujeron finalmente al acuerdo provisional anunciado el 24 de noviembre, que, a todos los efectos, blinda el programa nuclear iraní frente a cualquier futuro ataque israelí.

Aquí la moraleja es que cuando Estados Unidos te dice que te guarda las espaldas, no lo escuches.

No ser capaz de aprender de las lecciones que la Casa Blanca ha impartido este año en la región supone que, en el mejor de los casos, uno se convierte en un perdedor perenne, como los palestinos, incapaz de forjar su propio destino y dependiente de la generosidad de una comunidad internacional que se distrae con facilidad.

Si bien reducir Israel a impotente subordinado a la relación estratégica de Norteamérica con Irán no era, seguramente, lo que Bibi Netanyahu tenía pensado para 2013, las cosas también pueden ir a peor. Como ocurre con el MEJ y los rebeldes sirios, confiar en Washington también puede suponer que te masacren tus enemigos después de que hayas renunciado a la libertad de responder del mismo modo.

El hecho de que todos los grandes perdedores de este año (el MEJ, los rebeldes sirios e Israel) estuvieran en el lado equivocado en los dos principales logros de la Casa Blanca en 2013 nos dice algo respecto a lo que ahora valora Washington. La iniciativa para librarse del arsenal químico de Assad y las negociaciones secretas entre la Administración e Irán que condujeron al acuerdo provisional de Ginebra son consecuencia de una creencia más amplia en lo que estrategas del Partido Demócrata como Joseph Nye y políticos como Hillary Clinton denominan poder inteligente, un término acuñado tras la invasión de Irak por el Gobierno Bush en 2003. Lo que significa ese poder inteligente es que los políticos norteamericanos deberían confiar en las instituciones internacionales, la diplomacia, los sistemas de alianzas y el profundo conocimiento de otras culturas, en vez de en burdos instrumentos bélicos: Norteamérica debería usar un escalpelo en vez de una maza. Es decir, el poder inteligente no es más que otra forma de decir que la guerra de Bush en Irak fue una tontería.

Renunciar a la fuerza militar en favor de otras alternativas, de cualquier otra alternativa, sería para esta gente una forma más inteligente de actuar. De acuerdo. Pero, en ese caso, quizás no deberían examinarse los resultados de la guerra iraquí, que fueron variados (en el mejor de los casos), sino que habría que centrarse en cómo ha funcionado este año el uso de ese poder inteligente: instituciones internacionales, diplomacia, medios sociales como Twitter y aliados tradicionales de Norteamérica. En su precipitación por llegar a un acuerdo con Irán, la Casa Blanca ignoró las resoluciones de Naciones Unidas en las que se exigía a Teherán que detuviera toda actividad relacionada con el enriquecimiento de uranio, y garantizó implícitamente al régimen iraní el derecho a enriquecer, pisoteando así ese consenso internacional que, por lo visto, es tan crucial para que el poder inteligente estadounidense funcione.

En un país tras otro, los aliados de Estados Unidos, tanto viejos como nuevos, fueron derribados rápidamente por regímenes que no temían una represalia norteamericana. Aliados como Arabia Saudí e Israel descubrieron que ser amigo de Norteamérica suponía que a uno lo mantienen a oscuras, le mienten y le espían… y le impiden defender sus propios intereses nacionales. Si los aliados estadounidenses echan en falta la sombra cobertora del gran hermano para mantener alejados a sus enemigos, el hecho es que el escalpelo de Obama (ataques con drones, misiones de los SEAL, envío de armas de pequeño calibre y ayuda humanitaria, y acuerdos diplomáticos improvisados) es mucho menos descuidado y peligroso que blandir una maza. El primer problema que presenta a los políticos norteamericanos es que a veces necesitas una maza, especialmente si tu casa está ardiendo. El segundo problema es que Washington aún tiene que demostrar que es experto en cirugía cerebral. El poder inteligente, lo mismo que las operaciones clandestinas, la guerra cibernética y el régimen de sanciones que, supuestamente, iban a poner de rodillas a Teherán, no ha detenido el programa armamentístico nuclear iraní, y parece muy probable que el acuerdo provisional tampoco llegue siquiera a convertirse en uno permanente, sino en el desarrollo de una bomba atómica iraní bajo la protección de un paraguas norteamericano.

Así pues, o el poder inteligente no funciona demasiado bien en Oriente Medio, o esta Casa Blanca no sabe usarlo. O puede que no sea ninguna de esas cosas y que la realidad sea, como he sostenido con anterioridad, que Obama cree que todo el juego ha cambiado. Tal vez crea que la independencia energética nos ha comprado por fin la libertad respecto a una parte del mundo que derrocha violencia. Puede que considere que un arma atómica haga que el régimen iraní sea, finalmente, menos volátil y más responsable y abierto al resto del mundo, una vez no tenga que preocuparse de ser derribado por enemigos domésticos, por Israel o por Estados Unidos. Quizá Obama tenga razón, y puede que la historia le juzgue un líder visionario que supo entender la geopolítica emergente de un Oriente Medio multipolar mejor que generaciones de estrategas norteamericanos de la Guerra Fría, hombres del petróleo y excepcionalistas culturales.

En cualquier caso, si los aliados de Norteamérica en la región no aprenden rápidamente las lecciones de 2013, 2014 será, para muchos de ellos, un año que se salde con un coste aún mayor.

Por L. Smith 
Con información de Informe21

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