Dubai: donde la palabra imposible no existe

Dubai: donde la palabra imposible no existe
Dubai: donde la palabra imposible no existe

Cuentan que cuando el hotel Burj al Arab de Dubai, aquel ícono cuyo inconfundible perfil se asemeja a una vela henchida al viento, estuvo terminado, en 1999, el Sheik Mohammed Bin Rashid Al Maktoum se llevó una enorme decepción. Más bien, lo que no aprobó fue la decoración minimalista y blanca de la estructura. “Esto no está terminado”, parece que se quejó la máxima autoridad del emirato. Hubo que echar mano a toneladas de mármol de Carrara, terciopelo, alfombras tejidas a mano y oro. Sobre todo oro.

Porque así es Dubai. Una demostración permanente de lujo superlativo y grandeza, donde casi todo lo que brilla es, en efecto, oro. Será para contrarrestar un entorno exasperantemente monótono, dominado durante siglos por un desierto abrasador.

Lo cierto es que todos -es decir, el grupo de periodistas internacionales invitados hasta aquí por Dubai Tourism- queremos ver con nuestros propios ojos la ostentación de la que tanto se habla. Queremos palpar la esquizofrenia arquitectónica que ha hecho de esta ciudad la de mayor crecimiento del mundo, la de los proyectos faraónicos, la de los récords, la de los titulares constantes. El último de ellos: Dubai acaba de ser elegida como sede de la Expo Universal 2020, algo que ningún país de Medio Oriente había logrado en los más de 160 años de historia de la muestra.

Pero nuestro recorrido empieza por el sector más tradicional de la ciudad, Bastakiya. Es una suerte de aldea-museo que recrea los orígenes de la ciudad, un puñado de construcciones de barro y piedra de coral que solían pertenecer a los ricos mercaderes persas. Lo suficientemente ricos, al menos, como para poder refrescar sus casas con captores de viento, algo así como los antecesores del aire acondicionado. Cuesta imaginarse cualquier forma de vida bajo los 50°C que alcanza el termómetro en verano, sin una gota de sombra a la vista.

Tal vez por eso la mayoría de los antiguos habitantes de esta parte de la península Arábiga eran nómades y beduinos que vivían en tiendas de pelo de cabra, que se movían de oasis en oasis y que desarrollaron un negocio relativamente lucrativo con el comercio de perlas (hasta la década del 40, cuando se descubrió que era más fácil cultivarlas que bucearlas bajo el agua). Recién en 1966 se supo que debajo de ese inhóspito arenal yacía la tercera reserva de petróleo del mundo.

Además de sus casas perfectamente restauradas, de sus restaurantes y galerías de arte, Bastakiya cuenta con un centro cultural, el Sheikh Mohammed Centre for Cultural Understanding, que pretende acercar a los turistas hasta el mundo emiratí y, al mismo tiempo, derribar algunos prejuicios sobre el país y el Islam. Por eso nos acompaña Nassif, que en un inglés histriónico se esfuerza por explicarnos por qué los hombres se visten de blanco, por qué las mujeres de negro (“Ellas nos torturan dentro de la casa, nosotros fuera”, bromea). Por qué cubrirse de pies a cabeza ayuda a resistir el calor del desierto, a protegerse de las tormentas de arena, incluso a evitar las picaduras de mosquitos. Que las mujeres usan las abayas (las inconfundibles túnicas negras) esencialmente por elección y respeto a la tradición, que nadie las obliga a hacerlo.

Algunos escuchan con indisimulado descreimiento, aunque sí es cierto que Dubai es una de las sociedades más abiertas y tolerantes del mundo árabe. En las playas (sí, éste también es un destino playero) conviven las occidentales de tanga con las emiratíes de burkini (acrónimo de burka y bikini), un traje de baño que sólo deja al descubierto cara, pies y manos. Y si bien es sabido que debajo de sus vestidos las mujeres usan ropa de diseño de altísima gama, también las abayas empiezan a lucir bordados de oro, decoraciones con lentejuelas y hasta incrustaciones de cristales de Swarovsky.

Pero a no engañarse: Dubai sigue siendo una sociedad musulmana, con reglas musulmanas. En un shopping, por ejemplo, un cartel muestra a una pareja de la mano cruzada por un círculo rojo: No besarse ni dar muestras abiertas de afecto en el centro comercial, reza. Una revista local advierte que “publicaciones internacionales y diarios vendidos en Dubai están abiertos a censura”, y se sabe que las escenas eróticas son cortadas en todas las películas exhibidas en la ciudad.

Hacia la conquista del cielo

Bastakiya y el resto de la ciudad vieja -o lo que queda de ella- está recostada sobre el Creek, un brazo angosto del Golfo Pérsico que separa Deira y Bur Dubai, las dos zonas principales de la ciudad. Unos viejos lanchones de madera hacen el trayecto entre una costa y la otra al irrisorio precio de 1 dirham (20 centavos de dólar). En ambos lados abundan las mezquitas, los mercados (de especies, del oro, de la seda), el ritual del regateo y los llamados a rezar. Pero son apenas resabios del villorio que alguna vez fue Dubai, y uno se queda con sabor a poco si lo que busca es auténtica cultura árabe. Mejor es admirar los prodigios arquitectónicos de una ciudad que cuenta con 600 rascacielos (imposible calcular con exactitud porque siempre hay alguno de estreno). Quien haya visitado ciudades como Shanghai o Hong Kong tal vez no se deslumbre con el dato, pero si se tiene en cuenta que antes de 2000 había en Dubai un solo rascacielo de más de 300 metros (el Burj al Arab), entonces cambia la cosa.

De todos los rascacielos, la torre Burj Khalifa le saca al menos medio cuerpo al resto. Hay que torcer mucho el cuello para poder ver el extremo de esta aguja que perfora el cielo y que ha dejado pequeños a todos los edificios del planeta. La torre más alta del mundo alcanza los 828 metros, aunque sólo se puede subir hasta el piso 124, a 442 metros del suelo. Más que eso, y estaríamos mirando nubes en lugar de edificios a medio terminar, el océano envuelto por una luz brumosa y, allí donde se levanta la última estructura de vidrio y acero, el desierto. Kilómetros y kilómetros de arena y calor.

Al igual que en el Empire State o la CN Tower de Toronto, los turistas se pegan al vidrio para sacarse la foto en la que aparecen casi suspendidos sobre la ciudad. Aunque también la pueden comprar, porque todos son retratados en la entrada del edificio que escaló Tom Cruise en Misión Imposible 4. O, si prefieren, en el infaltable gift shop pueden gastar sus dihrams en llaveros, chocolates o hasta legos con el diseño de Burj Khalifa.

Pocos prestan atención a los datos que ilustran las paredes: que la base de la torre está inspirada en las formas del hymenocallis, una flor del desierto, que los 52 ascensores suben 10 pisos por segundo, que en la construcción de la megaestructura participaron 12 mil trabajadores de 80 nacionalidades, que el cemento que se usó equivale al peso de 100 mil elefantes, que la fachada ocupa la superficie de 17 canchas de fútbol, y otros números tan impactantes como imposibles de comprobar.

Lo que vendrá

Probablemente no haya lugar en el mundo donde se construya tanto y tan rápido, ya sea en altura como hacia dentro del mar. Como en The Palm Jumeirah, hogar de expatriados y famosos como Diego Maradona. En realidad, existen dos islas con forma de palmera y está proyectada una tercera, pero la más conocida es Jumeirah Palm, que en su extremo luce el opulento hotel Atlantis The Palm, con habitaciones bajo el mar y paredes-peceras surcadas por tiburones.

También está en construcción The World, otro conjunto de islas artificiales que tienen la forma de países y representan el mundo entero. Aunque no existe, evidentemente, la isla de Israel. Y en el otro extremo de la ciudad está Dubai Marina, un distrito -otro más- de rascacielos y villas de lujo junto a un puerto deportivo, alrededor del cual hay montones de bares y restaurantes con terrazas (muchos de los cuales sirven alcohol a turistas).

Sería un desafío tratar de nombrar todos los complejos, parques de diversiones, malls, hoteles de superlujo y hasta microciudades que planean inaugurarse en el futuro inmediato en Dubai. Entre los más espectaculares seguramente estén Mohammed bin Rashid City, que tendrá el centro comercial más grande del mundo (desplazando del Guinness al Dubai Mall), el lago artificial más grande del mundo (no bastaba con un solo récord), canchas de golf y un parque público más grande que el londinense Hyde Park. Y está en construcción otro proyecto que, como muchos de los que surgen aquí, parece diseñado por un niño: Dubailand. De hecho será un complejo de entretenimiento dos veces mayor que Disneylandia. Que tendrá, entre otras cosas, una copia de Venecia, de la torre Eiffel y de las pirámides de Egipto…, incluso de mayor tamaño que los originales.

Y si faltaban inauguraciones, el ultramoderno aeropuerto de Dubai quedará como un segundón cuando termine de levantarse, en 2027, la terminal más grande -¡cómo no!- del mundo, en la que ahora mismo trabajan sin descanso más de 12.000 operarios para finalizarlo.

Vemos la maqueta del proyecto en el Air Show Dubai, una feria de la industria aérea comercial y militar en la que en un fin de semana se hicieron negocios por 200 mil millones de dólares, con récords de pedidos de aviones. Más allá de cazabombarderos, jets privados o el futurista Boeing 777X, una de las mayores atracciones fue la irrupción del sheikh y su séquito de jeques y guardaespaldas. Mohammaed Bin Rashid Al Maktoum tiene dos esposas, 21 hijos y dos pasiones: los caballos y la poesía (su libro, Poems fron the Desert, cuenta con una introducción de Paulo Coelho). También un lema que lo explica todo: La palabra imposible no está en el diccionario de los líderes.

Lejos de los récords, los aviones, las cordilleras de edificios y los proyectos más insólitos, nos despedimos de Dubai con un paseo bien turístico: una travesía en camioneta por las dunas anaranjadas del desierto, la vuelta en camello y una posterior cena -odalisca incluida- en un campamento con alfombras tendidas sobre la arena y menú autóctono. Las luces se apagan por unos segundos para apreciar la noche en el desierto.

Los Emiratos Árabes Unidos

Dubai es uno de los siete emiratos que integran los Emiratos Árabes Unidos (EAU) desde 1971, luego de haber formado parte del imperio británico. Si bien Abu Dhabi fue proclamada capital de la nueva federación, los emires de cada estado mantienen el mando absoluto, sin elecciones ni partidos políticos a la vista. Como contrapartida, la extraordinaria renta petrolera moderniza el territorio sin que nadie tenga que pagar nada. Pero a diferencia de sus vecinos, Dubai tiene apenas el 4% de las reservas de petróleo. Que se agotarían dentro de unos 10 ó 20 años, según las fuentes. Preparándose para ese futuro no tan lejano, la ciudad más grande de los EAU diversificó sus negocios y apostó al comercio global: estableció un beneficioso régimen de impuestos (son casi inexistentes), se convirtió en la meca de las inversiones internacionales y multiplicó su población por diez. Hoy roza los 2 millones de habitantes, 80% de los cuales son extranjeros. De éstos, una mínima parte exhibe pasaportes de Primer Mundo. El resto son indios, paquistaníes, bengalíes, malayos o filipinos que trabajan por salarios mínimos (aunque mayores que en sus países de origen) y en condiciones laborales que han levantado quejas de varios grupos de derechos humanos.

Sin mano de obra importada, Dubai no podría seguir creciendo a ritmo de infarto (la crisis inmobiliaria de 2008 quedó definitvamente atrás), persiguiendo su otro gran objetivo: instalarse como uno de los destinos turísticos más importantes del mundo. Ello explica no sólo el despliegue de hoteles, torres, shoppings o centros de entretenimiento, sino también la creación de una aerolínea como Emirates, que trae y lleva gente de todos los rincones del planeta (y hoy es una las mejores). Los números acompañan lo que en principio parecía un sueño ambicioso. Ya en 2010 Dubai era el séptimo destino más visitado del mundo, y en 2012 alcanzó los 10 millones de visitantes (un 100% más que en 1993; en tanto, los turistas sudamericanos crecieron un 18% en 2013 respecto a 2012). Para 2015 espera llegar a los 15 millones de turistas y para 2020, a los 20 millones. Ya se sabe que, para el sheikh, la palabra imposible simplemente no existe.

Con información de La Nación

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