El aire de la mañana en Argel

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Apoyados sobre la balaustrada recubierta por las flores malvas de las bougainvilleas, G. y E. contemplan Argel. Acaban de levantarse, están con su albornoz, y esperan a que M. les sirva el desayuno en la terraza. E. V., antiguo amigo de G., los ha invitado a permanecer en su villa del balcón de Saint Raphael todo el tiempo que dure su estancia en Argel.

G. admira la disposición escalonada de la blanca ciudad por encima de la bahía, donde dos buques mercantes, reducidos a proporciones mínimas, marcan con largos surcos paralelos el mar de la mañana, liso y gris como la seda. Con voz lenta, y sin darse la vuelta, dice:

Un amigo mío marino me ha afirmado que a la altura de Argel el aire de la mañana tiene una cualidad peculiar única en el mundo, mezcla de sal, de brea, de pino, de aceite virgen y de flores. Me gusta Argel, pero me produce una vaga sensación de inquietud. Es también una ciudad desconcertante que siempre me ha sorprendido con sus reacciones. Los argelinos, ¡toma!, ahí tienes a los V. . . Tienen dos mil hectáreas de viñedos y se las cuenta entre los más opulentos colonos de Mitidja. E., claro, tiene tendencia a medir el valor de las gentes en pies de viñas o de naranjos, y J. tiene el esnobismo propio de una rica burguesa de provincia…

Aquí tienes terrazas de café, jugadores de belote y francmasones que preparan elecciones interminablemente…; pero también yaouleds, vendedores de cigarrillos o limpiabotas…, todos esos gorriones saqueadores de las aceras de Argel. El olor del Mediterráneo es un poco más fuerte que el de la otra costa. Es el olor de los berberiscos que ya se encuentra en España; una mezcla de ámbar y de macho cabrío. (JL)

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