El túnel del infierno

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El túnel del infierno

El trágico descarrilamiento del tren Alvia que cubría el trayecto entre Madrid y Ferrol, y que se cobró la vida de casi un centenar de personas, obligó a los medios de comunicación a buscar en sus archivos en busca de accidentes en el pasado… Y entre los rescatados hay uno que llamó la atención de propios y extraños: el más grave de la historia ocurrió en España. Fue silenciado en su momento. Hoy está olvidado, pese a que fallecieron casi mil personas.

El túnel de Peña Callada, el número 20 de la línea Palencia-Coruña, situado a escasa distancia de la estación de Torre del Bierzo, se convirtió aquella aciaga tarde del 3 de enero de 1944 en una trampa mortal. En torno a las 13:30 horas, los 158 metros de longitud de aquel paso que horadaba la montaña “engulleron” parte del tren correo-expreso 421 de la línea Madrid-Coruña. Y ya no lo dejaron salir.

El accidente, cuyo recuerdo –siempre presente para los vecinos de Torre del Bierzo– ha recuperado a la actualidad informativa el trágico suceso de Santiago de Compostela, fue, casi con toda seguridad, el peor accidente de la historia ferroviaria española. Si en la frase anterior usamos ese cauto “casi” se debe a que las cifras concretas de víctimas del accidente –del que están cerca de cumplirse 70 años–, parecen haber sido engullidas también por ese fatídico túnel, pues a causa de la censura franquista de la época, nunca se supo realmente cuántas personas viajaban en el tren, ni tampoco cuántas perdieron la vida aquel día.

El correo-expreso había iniciado su marcha un día antes, a las ocho y media de la tarde del 2 de enero. Eran fechas navideñas, por lo que los vagones (un total de doce, contando los coches correo, el furgón de equipaje y dos locomotoras) iban atestados de pasajeros, entre los que abundaban soldados de permiso y otras muchas personas que iban o volvían a sus hogares con motivo de las fiestas.

El viaje se fue completando sin incidencias importantes, a excepción de un retraso que, a la llegada del convoy el día 3 a la estación de Astorga, era ya de dos horas. Para entonces, el conductor y el maquinista del tren correo habían detectado ya problemas en los frenos, que no funcionaban correctamente, así que se realizó una revisión de los mismos aprovechando la escala en la estación astorgana. Tras la rápida puesta a punto, el correo-expreso 421 se puso de nuevo en marcha minutos después de las doce del mediodía, continuando así su camino hacia el desastre.

Para entonces habían ido subiendo más personas en las distintas estaciones, y el tren iba ya sobrecargado de pasajeros, que se hacían un hueco como podían en pasillos, jardineras y otros espacios, la mayoría de ellos de pie, pues los asientos y compartimentos iban también abarrotados.

En torno a la una del mediodía el convoy comenzó el descenso del puerto de Brañuelas, de gran desnivel, y los hombres al mando de las máquinas volvieron a detectar deficiencias en los frenos. Cuando hicieron una nueva parada a mitad del puerto, en la apeadero de Granja de San Vicente –a unos cuatro kilómetros de Torre del Bierzo–, comprobaron que una de las máquinas locomotoras, una 240-2423 Renfe, tenía una avería, así que los técnicos decidieron soltarla y seguir sólo con la otra máquina. Aquella decisión seguramente resultó fatal, pues de haber continuado con la pesada locomotora, de gran tonelaje, quizá se hubiese evitado la tragedia, ya que habría servido de freno al convoy a pesar de la avería.

Antes de partir, sin embargo, el maquinista había puesto sobre aviso al jefe de Tracción, Luis Razquín –quien casualmente viajaba en el tren–, de los problemas de frenado, pero éste le ordenó que continuara el trayecto a pesar de todo. La suerte de cientos de personas estaba echada.

El tren correo se puso en marcha de nuevo, pero esta vez los problemas se hicieron patentes en pocos minutos. Los frenos volvieron a fallar, pero en esta ocasión, al no contar con la resistencia que ofrecía el enorme peso de la locomotora 240, el convoy comenzó a acelerar sin control alguno. El conductor del tren y el maquinista intentaron reducir la velocidad a toda costa, bajando a fondo la palanca de marcha atrás, pero no pudieron hacer nada para frenar aquella bestia de cientos de toneladas que circulaba totalmente desbocada.

El mozo de guardafrenos también intentó activar el sistema de emergencia accionando las palancas dispuestas en cada vagón a tal efecto, pero los coches estaban tan llenos de gente que le fue imposible avanzar por los pasillos para hacer uso del mecanismo.

El correo-expreso atravesó como un proyectil el pequeño apeadero de Albarés, donde el tren debía haber realizado una parada, así que los responsables de esta estación se dieron cuenta al instante de que algo malo sucedía, por lo que llamaron de inmediato al jefe de estación de Torre del Bierzo –la siguiente parada–, para advertirles de que el tren 421 procedente de Madrid bajaba a gran velocidad y sin frenos. El responsable de la estación de Torre, el señor Domenech, comprendió al instante la magnitud del peligro.

El correo-expreso descendía sin control y a gran velocidad, pero había un problema añadido: en la misma vía por la que descendía el correo 421 se encontraba otro tren, la máquina de maniobras 4421, que arrastraba tres vagones. El jefe de estación dio orden de colocar unas traviesas en las vías, con la esperanza de que aquello sirviera para frenar –aunque fuese en parte– al convoy que descendía por el puerto. Por desgracia, no sirvió para nada. El tren atravesó en un suspiro los andenes de la estación de Torre del Bierzo, en dirección a la locomotora 4421.

Por: Javier García Blanco

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