La Mantilla – Reminiscencia árabe

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La Mantilla – Reminiscencia árabe  © Ramon Casas – Pintura
Mujer con mantilla española de madroños

” La huella del moro continúa en su suelo ; la mirada , el acento ,incluso el mismo carácter y costumbres de la reiterada victoria árabe se aprecia en los rasgos de sus hijos … no sé de dónde han sacado las bellas andaluzas esa tez cálida, esa expresión negra azabache de sus ojos que tanto las caracteriza . Muchos han imaginado que ha sido ocasionada por la sangre árabe … y sus rasgos son decididamente árabes”.

De la cultura árabe, los españoles asimilaron parte de sus tradiciones, en concreto, la costumbre de incluir en la indumentaria femenina una prenda que cubriese la cabeza y el rostro. El manto o mantilla que utilizaban para ello era blanco o negro.

León Pinelo da cuenta de ello cuando hace una distinción en 1641 entre la cubierta y la tapada. Así, la cubierta es aquella mujer que cubre completamente su rostro, mientras que la tapada deja al descubierto los ojos, o uno de ellos, por lo que se conoce como medio ojo.

La tapada era un juego de ocultación y seducción, así provocaban al mismo tiempo que creaban curiosidad entre el género masculino a través de un trato y una presencia que de no ser por su anonimato, habrían sido mal vistas. Según un viajero,William Jacob las mujeres tapadas entraban en contradicción con su educación religiosa en el pudor y la conducta honesta y hacían gala del llamado despejo , es decir, mostrar más desparpajo que lo acostumbrado por la mujer de la época, tenían más libertad.

Jacob añade: “Frecuentan los paseos públicos, las calles y los teatros incluso solas; no se considera indecoroso que entren solas en un café, en el teatro y que pidan refrescos por ellas mismas”…

La región española donde más extendida estaba la moda del tapado era en Andalucía, sobre toda la zona de Cádiz. Las mujeres cubrían su cabeza y rostro hasta sólo mostrar los ojos, normalmente con un manto o mantilla de tono oscuro.

 La prohibición de la Mantilla

Durante años, el color negro predominaba en toda la ropa española. Era tal su presencia que el viajero inglés ya citado, William Jacob dice que en la calle las clases populares y aristócratas visten con las mismas ropas, sin distinguir el rango social. Aunque no ocurre así en el ámbito doméstico, donde las mujeres más pudientes se desprenden de la mantilla y visten atuendos similares a los ingleses, pero adornados con joyas. Townsend especifica respecto al tipo de indumentaria: “Todas visten basquiña, una falda de seda negra y mantilla que cumple el doble cometido de manto y de velo, de manera que cuando es necesario les oculta por completo el rostro. Así embozadas, gozan de plena libertad para ir a donde se les antoje”.

Esta idea de la mantilla como manto y velo fue lo que condenaría la prenda a la desaparición, al menos en parte, durante cierto periodo de la historia española, bien por la libertad de la que hablábamos antes y que esta prenda otorgaba a la mujer, bien por la problemática que suponía el desconocer la identidad de la persona que se encontraba bajo la mantilla. Así Pezzi señala la prohibición de llevar el rostro cubierto o mantillas y mantos que permitieran cubrirla. Esta idea queda reforzada al encontrar el siguiente comunicado con respecto a la apertura de los Jardines del Buen Retiro en 1767 : “Las Mujeres hasta la puerta del Jardín podrán traer el Manto o Mantilla según les pareciere; pero para entrar tendrán que plegar, dejar allí, o ponérselas en sus bolsillos; en la inteligencia de no contravenir por motivo alguno una vez dentro; pues a la que se le viere en el hombro, o a la cintura, se le quitará por los Guardias Reales del Sitio, sin que sirva de disculpa el ambiente, u otra razón. (A.H:N. Consejos, 1767, fol. 702)”. Mediante este comunicado, no se pretendía impedir el uso de la mantilla por la calle pero si dentro de los espacios públicos. De todos modos, pese a las prohibiciones de la época de Carlos III, nunca se hizo caso a la norma hasta que así lo marcó la moda. La limpieza, orden y modernidad que el rey quiso introducir en el país fueron mal recibidas  por los españoles, que criticaron al monarca  considerándolo afrancesado.

A veces no es fácil saber de dónde han surgido ciertas modas o prendas que vestimos o relacionamos con las diferentes clases sociales; por ejemplo, llevar el jersey de cachemira sobre los hombros y anudado en el pecho se relaciona con esnobismo.

Algo parecido sucede con la mantilla, vista en el contexto religioso y aristócrata; pero, ¿cómo llegamos a esta situación? Recordemos que la mantilla era una prenda relacionada con el vulgo y no con la nobleza. Era un complemento del que se valía cualquier mujer para, desde el misterio, seducir y conseguir aquello que se propusiera de un hombre…

Abandonándose su uso en el año 1868 en algunas regiones de España, y acentuándose en las provincias andaluzas. Al igual que en Madrid, donde se convirtió en un símbolo de descontento durante el reinado de Amadeo de Saboya y su cónyuge María Victoria.

La visión del rey, no era compartida por su pueblo, ya que tenía distintas costumbres sociales. Ésto originó que las mujeres de la época, crearan un movimiento denominado “la conspiración de la mantilla” como forma de protesta e insumisión a las imposiciones reales, como el sombrero . A finales del s. XIX y principios del XX, la mantilla deja de ser una prenda de uso “cotidiano”, tan sólo se conserva, una pequeña “mantilla” que suelen utilizar las señoras en la iglesia, a la que se le conocía como “toquilla”, en forma de media luna. Podemos indicar que se trata de una versión “reducida” de la mantilla, que se viste sin peineta.

Tradición y protocolo para el uso de la Mantilla

Hay datos muy importantes que tenemos que tener en cuenta si se nos han invitado a un evento en el cual nos dan la opción de lucirla:

La mantilla deberá contar con el largo adecuado a cada persona. Por la parte delantera, deberá llegar hasta la altura de las manos, y por detrás, un largo unos dedos por debajo de la altura de la cadera. Para evitar el “vuelo” de la mantilla, es conveniente sujetarla al vestido de forma discreta a los hombros. Cada mujer aporta su toque personal en la distinta manera que tiene de llevarla, sobre la frente, sobre el cabello o sobre la peineta. Las tres opciones son válidas, sólo hay que escoger la que más favorezca. Además hemos tenido la ocasión de ver como en las ocasiones más especiales ésta puede completarse con algunas flores, diadema o lazo. Es importante conocer que existen tres tipos de tejido para la mantilla:

Blonda: Son las más vistas (las más comunes), es un tipo de encaje de seda, caracterizado por el empleo de grandes motivos, sobre todo florales, que se realizan en seda más brillante que el resto de la mantilla (que se suele realizar en seda mate, para hacer resaltar más los bordados). Tiene una característica muy peculiar, que son las ondulaciones de sus bordes, al que algunos autores han denominado “puntas de castañuelas” por su similitud con éstas.

Chantilly: Como su nombre indica, utiliza un tejido proveniente de esta ciudad francesa, es la más elegante. Es ligera y al igual que el resto de las mantillas, suele estar bordada de diversos motivos.

Tul: Es un tejido delgado y transparente, de seda, hilo o algodón, y podemos decir que el tachado de más uso. Suelen utilizarse a modo de imitación de las mantillas de blonda y chantilly. Son las conocidas mantillas de encaje ( las más económicas).

La peineta, debe ser la adecuada a nuestra altura y la de nuestra “pareja”, si vamos acompañadas. Las mejores son las de carey, aunque hay otras variedades. Las mujeres de pequeña estatura, pueden optar por una peineta alta. Si somos altas, y de cara alargada, podemos optar por una peineta más baja. Pueden ser redondas o cuadradas. Hay que probar la que más favorezca, ambas son válidas aunque es cierto que las cuadradas dan un aspecto más serio.

Por cierto que la peineta en Argentina durante el régimen rosista en 1830, trató de asociarlo con la ‘buena mujer federal’ y varios artículos comenzaron a mencionar la inundación de peinetones en las calles de Buenos Aires. Muy pronto, sin embargo, se comenzó a criticar la estética del peinetón en los periódicos de la época, pensando que su altura se yuxtaponía demasiado con los delicados atributos femeninos. Es evidente que el peinetón amenazaba porque cambiaba el rumbo reservado a los hombres que circulaban por la ciudad. Para varios, los peinetones representaron un tipo de poder explosivo e invasor que desafió los papeles domésticos tradicionales de las mujeres. Pero ésa es otra historia… perdón por el paréntesis; continuemos con este artículo y el protocolo de la preciosa prenda .  Refieren los expertos en este tema que para lucir la mantilla en una boda, si ésta se celebra durante el día tendremos que acompañarla con traje corto de cóctel, el largo de éste tendrá que ir a la altura de la rodilla (nunca más largo). De celebrarse la ceremonia a partir de las ocho de la tarde, se vestirá con traje largo. Hay que tener en cuenta dos cosas: sólo se viste en ceremonias religiosas y en bodas de etiqueta (cuando viste traje de gala o chaqué, el novio).

Podemos escoger vestido o dos piezas: Chaqueta y falda . Para las más jóvenes se recomienda el vestido de cóctel, de media manga, francesa o farol. Nunca se deben de mostrar los hombros. (Por lo tanto quedan descartados los vestidos de tirante fino, un hombro y cosas parecidas. Con ésto quedan de igual modo descartadas las mini faldas)

¿Qué colores se pueden elegir? Los que más nos gusten. La única condición es que deben de ser claros: A las bodas no se debe asistir de blanco ni de negro. Se obliga a elegir el color que más favorezca al tono de piel, o del cabello, y por supuesto a la tonalidad escogida para la mantilla. Los colores pasteles, rosas, mostazas o azules son una apuesta segura. Evitar los burdeos, marrones y por supuesto cualquier tipo de estampado.

El complemento son los guantes: Siempre largos. El protocolo manda que, la mano izquierda siempre llevará el guante puesto y la mano derecha  quedará descubierta para iniciar el saludo.

Según marca la tradición, la mantilla blanca o marfil queda reservada a mujeres solteras, y la mantilla negra, para las casadas, (a excepción de tener una audiencia con el Papa). La mantilla debe de llevarse durante la ceremonia religiosa, los aperitivos y la comida. En una boda , sólo podrá ser retirada cuando los novios abran el baile.

Como vemos el uso del velo se mantiene como costumbre desde tiempos de la presencia árabe, si bien el devenir del tiempo y las modas del vestir hacen que , sin llegar a desaparecer totalmente el velo tradicional,  la mujer mantenga esta costumbre llevando la mantilla española ” a la  forma musulmana”, con sus respectivas variaciones a la zona y la ocasión.

 Referencias :
González Mena, María Ángeles, “La mantilla española”, Tejido artístico en Castilla y León desde el siglo XVI al XX, Burgos, 1997, Junta de Castilla y León.
Máma de mayor quiero ser flamenca.
Bernal Rodriguez , M,  “La Andalucía de los libros de viajes del siglo XIX”.
VV.AA, “La imagen de Andalucía en los viajeros románticos”.

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Siria: desinformación y guerra inminente

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Siria: desinformación y guerra inminente

Las agresiones contra la misión de investigadores enviada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) a Siria para verificar las denuncias sobre un ataque con armas químicas, perpetrado el pasado miércoles 21 en el distrito de Ghuta, en las afueras de la capital siria, enrarecen por partida doble el ambiente internacional y refuerzan las tendencias belicistas que impulsan una incursión militar de Occidente en ese desgarrado país árabe. En lo inmediato, el gobierno estadunidense, por conducto del secretario de Estado, John Kerry, multiplicó sus amenazas de una intervención bélica directa y el Pentágono anunció que tiene ya listo un abanico de posibles acciones violentas.

Por lo pronto, las ráfagas contra los vehículos de los inspectores internacionales tienen un origen tan oscuro como el ataque mismo, cuya autoría es atribuida tanto al gobierno de Damasco como a la oposición armada que intenta derrocarlo.

En los días posteriores a ese ataque hubo muy pocos datos incontestables sobre el episodio: que la información dio pie a una conmoción internacional, que se habló –en un principio– de más de mil 400 muertos, que en Internet circularon fotos y videos de personas con síntomas de afectación por gases neurotóxicos y que el asunto generó un sinnúmero de amenazas contra el régimen de Bachar Assad, así como de advertencias –principalmente, de Moscú y de Damasco– sobre los peligros de una internacionalización del conflicto interno sirio.

Posteriormente, una misión de Médicos Sin Fronteras informó que había tenido conocimiento de 355 fallecimientos y de unas 3 mil 600 personas que fueron tratadas por síntomas de intoxicación con alguna clase de arma química. Fuera de esos datos, y aunque no se puede descartar que la agresión contra civiles haya sido efectuada por el gobierno sirio, no hay, hasta ahora, pruebas en su contra, así como no hay indicios sólidos que permitan incriminar a los opositores.

Es decir, el mundo está siendo orillado a un nuevo conflicto bélico internacional en Medio Oriente en un clima de extrema desinformación.

Es imposible no recordar, en el momento presente, los alegatos fabricados por el gobierno de George W. Bush en 2002 y 2003 para invadir y arrasar Irak: que el régimen de Saddam Hussein poseía “armas de destrucción masiva” y capacidad para atacar el territorio estadunidense, y que mantenía una alianza con Al Qaeda. Todo eso resultó ser mentira, pero los principales medios occidentales lo propalaron como verdades comprobadas.

A los precedentes de tales operaciones de desinformación ha de sumarse elementos de contexto como la oposición mayoritaria de la sociedad estadundiense a una intervención de fuerzas militares de su país en el conflicto sirio, así como las dudas que arroja la acusación occidental sobre la presunta autoría gubernamental del ataque químico en Ghuta: parece improbable, en efecto, que el régimen de Damasco, que la semana pasada había logrado una clara ventaja en el terreno bélico sobre sus adversarios, recurriera a un armamento que no necesitaba, a sabiendas de que tal acción lo colocaría, en forma automática, en la mira de los promotores de la intervención militar occidental.

La opinión pública internacional asiste, pues, sin información confiable, a lo que puede ser una nueva escalada bélica en Medio Oriente, y no parece que la opacidad y la confusión sean accidentales.

Con información de : La Jornada

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