Juan Goytisolo: La dictadura es fácil, se hace por la fuerza; la democracia es un camino largo

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«Apreciada amiga, estaré este mes de agosto en Tánger. Juan Goytisolo». En el laberinto del barrio viejo se agazapan los minotauros. Algunos de ellos matan el tiempo fumando kif; otros esperan el desliz del turista para convertirse perentoriamente en guías. En la medina de Tánger se alterna con los fantasmas de Paul y Jane Bowles, William Burroughs, Brion Gysin, artistas exiliados del ‘Primer Mundo’ que, en el siglo XX, dieron asilo a sus fantasías. Pero también, en la City Dream, el espectro de los caídos por la independencia marroquí… Juan Goytisolo (Barcelona, 1931) ha sido mi interlocutor, como el de tantos otros lectores de la prensa española, con el mundo árabe… «Me envían la prensa -me dice- con diez días de retraso. Aunque para saber lo que sabes… La corrupción ya no es noticia. Umberto Eco en la Teoría de la información decía que cuanto más improbable es una noticia mayor contenido informativo tiene. Lo que hoy sería notable es que dijeran que alguien no ha robado». Con puntualidad férrea ha aparecido en el vestíbulo del Hotel Schella vestido de crudo. Los años aún no estorban la elegancia de sus modales. Con los ojos extremadamente claros y entornados, me ha parecido un santo pagano.

Pregunta- Me gustaría que esta conversación versara sobre su biobibliografía, biografía y bibliografía.

Respuesta- Siempre hay una relación muy extensa y muy íntima entre la obra literaria y la vida. Quise explicar (en Coto vedado y En los reinos de taifas) cómo había nacido mi vocación de escritor en un cúmulo de circunstancias históricas y por qué ese corte de mi literatura joven a la literatura adulta. A partir de ahí mi vida no interesa a nadie.

P.- Pero ha seguido practicando el autoanálisis.

R.- He procurado siempre ser crítico de lo propio y respetuoso de lo ajeno (lo que tiene de respetable).

P.- De un medio conservador al librepensamiento. ¿Podemos decir con Paul Valery que la verdadera educación estriba en desaprender lo aprendido?

R.- Me costó mucho tiempo desprenderme de lo que me habían inculcado. Tuve la desdicha de sufrir, no la educación sino el adoctrinamiento en el colegio de los Jesuitas y en el entorno de la familia paterna, ultraconservador y ultracatólico. Si no hubiera sido por la Guerra Civil y la dictadura, hubiese aprendido varios idiomas desde temprano. Castellano, catalán y francés, esa era la herencia que me correspondía. Perdí mucho tiempo. Fue necesario un desadoctrinamiento y, luego, una verdadera educación. Empecé muy joven a dudar de lo que se me estaba enseñando. A fines del bachillerato ya era completamente agnóstico y desde los dieciséis años tenía la obsesión de viajar, porque me había dado cuenta que el país en el que estaba no me convenía.

P.- En 1956, movido por sus ambiciones intelectuales, abandona España, pensada e interrogada en su libro España y los españoles.

R.- El hecho de que haya vivido en el extranjero desde los veinticinco años me ha permitido ver a mi propio país desde fuera. Lo he visto siempre desde Francia, Estados Unidos o Marruecos. La mirada de la periferia al centro siempre es más interesante que la del centro a la periferia.

P.- «Castellano en Cataluña, afrancesado en España, español en Francia, latino en Norteamérica, nesraní en Marruecos y moro en todas partes», así se autorretrataba Juan Goytisolo.

R.- Yo he aprendido mucho viajando. Siempre hay ocasión de aprender de los demás. En París vivía en un barrio de judíos y armenios que luego se llenó de españoles e italianos, magrebíes, pakistaníes y, cuando el golpe de Estado en Turquía, turcos. Aprendí turco en París puesto que los turcos habían venido a mi barrio. Conocer otras lenguas siempre ha sido interesante. En la comisaría de mi barrio, también en París, alguien había escrito en árabe ‘policías sucios racistas’. Como los policías no se enteraban, la pintada estaba ahí. Me divertía muchísimo cada vez que pasaba.

P.- ¿Cuál es la base de su relación con el mundo árabe?

R.- Sorprende siempre en España. A la pregunta de a qué viene ese interés por el mundo islámico, yo respondo a qué viene esa falta de interés. Es desconocimiento de nuestra propia cultura. Ortega y Gasset por una vez tuvo razón cuando dijo que era absurdo llamar Reconquista a una guerra que había durado ocho siglos. No es la Historia general de España, sino la mitología general lo que se enseña. Hay cuatro mil palabras de origen árabe en nuestro vocabulario y docenas de refranes en el refranero de Alonso del Castillo. También podría citar listas enteras, giros, cosas que llaman la atención, como la personalización de verbos intransitivos: ‘amanecí cansado’, ‘anochecí borracho’.

P.- ¿Por qué un escritor español se instala en Marruecos?

R.- Al mismo tiempo que es un país brutal, la cordialidad de la gente es extraordinaria. Lo único que hay que evitar es el trato con la administración y la burguesía (de una incultura total). Aquí el problema es que hay muchos que quieren leer pero no tienen dinero para libros, y los que tienen dinero para libros no leen. (Pausa.) Es interesante ver casos en los tribunales porque te enteras de los problemas reales de la sociedad. Un día vi a un muchacho detenido por ‘acompañar’ a un señor inglés. Explicó que había nacido en una familia humilde, que quiso estudiar pero sus padres no pudieron pagarle estudios, que buscó trabajo pero no lo había, que intentó conseguir un pasaporte para irse pero no se lo dieron, que empezó a trapichear con hachís y lo detuvieron; y que ahora lo habían detenido por ir con un señor inglés: ‘¡señor juez, dígame lo que debo hacer!’. Fue formidable. Ningún abogado hubiera hablado como él.

P.- Vivir en Marruecos, corríjame si me equivoco, exige cierto amor abstracto. ¿Perdonamos mejor ciertos defectos sociales o políticos bajo el signo de la alteridad cultural?

R.- La crítica amiga es indispensable. Este es el único país árabe donde si no te metes directamente con la monarquía, puedes vivir tranquilamente. En los demás no te dejan. Yo estuve en Túnez en la época de Ben Ali y era de vergüenza. Siempre tenía dos policías detrás: ‘¿Quieren tomar un café conmigo?’. Es como en Egipto, que es un país extraordinario, donde he ido muchas veces (en el año 85 logré instalarme en el cementerio de El Cairo, que tiene un montón de habitantes). En Marruecos no me pongo a hacer política interior, pero la gente conoce bien mis ideas. Publiqué un artículo en El País que se llamaba Manipulaciones identitarias porque la definición que dan los nacionalistas de Istiqlal y los islamistas de Marruecos como identidad árabo-islámica no es cierta; se trata de una identidad arabobereber de religión musulmana, que es muy distinto. Ahora, por suerte, hay la enseñanza del bereber, prohibida hasta hace poco. Esto son cosas que hay que ver y señalar, alentando los progresos. La situación de la mujer es inadmisible, aunque ha habido mejoras. Este rey ha modificado el estatuto, pero la situación ha cambiado solo para las mujeres de la burguesía. Hay que llegar a una legislación que reconozca la igualdad.

P.- Sin embargo, lo cual es paradójico, me parece que los árabes integran mejor que nosotros el cuerpo y la sexualidad. No me imagino a mi abuela ni a mi madre, castellanas, en el hamman.

R.- España se está descristianizando. El catolicismo está en franco retroceso entre los jóvenes. Esto es un progreso respecto a hace cincuenta años. Pero sigue habiendo una influencia muy fuerte, véase ahora con la ley del aborto. Ciertos consejos morales no tienen nada que envidiar a los de los salafistas. Aquí, antes era así, tal como dices. Por ejemplo, la bisexualidad, no ‘chocaba’. Ahora hay grupos que hablan de un pecado importado de Occidente, y todo un sector de la sociedad con un Islam muy riguroso. (Los santos paganos acceden casualmente a la conversación. Juan habla de las «escapatorias dentro del sistema cultural» bajo el Islam popular marroquí.) Escribí un ensayo largo en Aproximaciones a Gaudí en Capadocia. Cerca de Marrakech, en la montaña, hay un santo, Moulay Brahin, que da la fertilidad. Allí había un ambiente muy promiscuo y divertido, y las mujeres volvían milagrosamente embarazadas.

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Revolución y contrarrevolución en Egipto

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Revolución y contrarrevolución en Egipto

La inmensa mayoría de los analistas que intentan entender la lucha entre revolución y contrarrevolución en Egipto y los ecos sucesivos, como las olas en un lago, de ese proceso en las capas profundas de la sociedad egipcia, se cierran sin embargo el camino a la comprensión al trabajar con categorías estáticas y siempre iguales a sí mismas, como “los militares”, “el ejército” o la “democracia” y “el pueblo”. Ahora bien, en el ejército –como aparato represivo del Estado e institución– y entre los militares, se refleja poderosamente la lucha entre las clases fundamentales del país y la batalla entre las ideas religiosas, nacionalistas, panarabistas o antimperialistas que abarcan todo el Medio Oriente, al igual que la influencia política y cultural de las distintas grandes potencias. No podría ser de otro modo ya que tanto los soldados como los técnicos, suboficiales y oficiales se reclutan en todos los sectores de la sociedad, desde el campesinado hasta la baja intelectualidad, los comerciantes, terratenientes y capitalistas, e incluso en franjas de obreros especializados y de artesanos.

Ningún ejército es política y socialmente homogéneo. El ejército argentino tenía en su seno peronistas y golpistas antiperonistas. En las fuerzas armadas de Fulgencio Batista hubo quienes combatieron contra la dictadura, y en Guatemala Yon Sosa, el revolucionario y guerrillero, se formó en las fuerzas de elite antiguerrillas. El ejército egipcio no es una excepción. En los altos mandos predominan los formados (y financiados) por Estados Unidos pero quedan restos de los burócratas aliados con la ex Unión Soviética, más o menos nacionalistas, y hasta del nasserismo. Pero entre los oficiales de baja graduación y los suboficiales y tropas, donde los orígenes sociales, la formación cultural, el nivel de vida, los contactos con los vecinos y los sueldos no tienen nada que ver con los de sus jefes, que están integrados en las capas altas de la burguesía, pesa mucho la conciencia del papel fundamental de Egipto como baluarte del mundo árabe frente a Israel, la influencia estadunidense es mucho menor, y siempre está presente la idea –panárabe– de un renacimiento de la nación fragmentada, que algunos oficiales musulmanes ven como un renacimiento del Islam (la palabra Umma significa tanto nación como comunidad de fieles).

Además, aunque Egipto es el país árabe más unitario desde el punto de vista étnico y religioso, no hay un solo Egipto: está el cosmopolita, ligado al Mediterráneo, con ciudades como Alejandría, desde siglos llenas de judíos, griegos, italianos y mediorientales, con núcleos burgueses comerciales o bancarios con lazos familiares y de conocimiento internacionales, y está el Egipto profundo, ligado a la tierra, así como existe el Egipto predominantemente urbano de los millones de cristianos coptos, incluso militares, que coexiste con la mayoría islámica, subdividida en todas las subtendencias religiosas que se enfrentan desde fines del siglo VIII, cuando la instalación en El Cairo del Califato Fatimí, de la rama ismailí del chiísmo. Desde el punto de vista religioso, el Islam egipcio ni es unitario ni apaciguó jamás sus luchas intestinas. Lo nuevo ahora es que detrás de la reaccionaria y ultraconservadora Hermandad Musulmana están las potencias financieras modernas de los Emiratos y de Qatar, construidas después de la Segunda Guerra Mundial sobre la base de los ingresos petroleros, lo cual le da un carácter antiraquí y proestadunidense.

Mientras Hosni Mubarak era socio político de Israel y hacía allí negocios personales, la Hermandad se instaló en el régimen, al cual había combatido durante el período laico de Abdel Gamal Nasser. Cuando Mubarak, agente de Washington, fue derribado por una primera ola de una profunda revolución democrática, Estados Unidos apostó a la Hermandad Musulmana y a Mohammed Mursi, aunque temiendo que el islamismo tuviese una lógica propia, escapase de sus manos y abriese el camino al nacionalismo antisraelí siempre presente.

El golpe militar contra Mursi fue así una medida preventiva, conservadora, de contrafuego, contra el desbordamiento social por la izquierda (había gérmenes de consejos de fábricas y huelgas victoriosas) y, en lo internacional, una medida de mantenimiento del statu quo en la región a favor de Israel. Pero fue dirigido por el ala más conservadora de un ejército dividido. Si Nasser subió al poder en los 50 derribando al conservador general Naguib, que había dado el golpe contra la monarquía, los Naguib de hoy no tienen ninguna seguridad de que no habrá detrás de ellos una alianza entre un nuevo Nasser y la izquierda radicalizada, democrática, juvenil. Por eso dejan libre a Mubarak, para aliarse en el alto mando con los seguidores de éste, para dar garantías a Estados Unidos e Israel y para ahondar la fosa que existe entre el poder actual y la revolución democrática en marcha, que enfrenta a los secuaces de Mursi y a la vez exige justicia y libertades y rechaza las imposiciones castrenses.

La liberación de Mubarak, sin duda, lanzará contra el poder del general Al Sisi a quienes derribaron en abril al dictador, pero también tendrá grandes repercusiones en las fuerzas armadas, que deben estar en virtual estado de asamblea, discutiendo ardientemente, y una parte de las cuales podría radicalizarse hacia la izquierda. Igualmente, la posibilidad de que la actual represión contra la Hermandad Musulmana tenga como objetivo obligar a ésta a integrar un gobierno de unidad nacional conservadora bajo tutela de los pretorianos, podría llevar –en el caso de que esa maniobra se concretase– a una ruptura interna en la Hermandad misma, debilitándola así en su esfuerzo por transformar una informe y caótica revolución democrático social en una guerra civil entre cristianos y musulmanes, profundamente reaccionaria y que favorecería por años a Israel.

Por Guillermo Almeyra

Con informacuón de : La Jornada

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