Ríos de sangre, baile de vampiros

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Ríos de sangre, baile de vampiros

(A propósito de Oriente Medio)

La muerte enrocada al árbol de la vida se ensaña con sangre árabe. El dantesco espectáculo de centenares de cuerpos respirando bocanadas de esperanza, con el espasmo de los músculos atenazando gargantas y extendiendo los miembros, es de una crueldad sin límites.

Las masacres en Siria, en Egipto, la sinrazón de una ocupación militar de la población palestina sometida a todo tipo de humillaciones parecen ser el espectáculo que estamos destinados a repudiar día tras día. Aquella reiterada sentencia de “vamos a cambiar todo para que todo siga igual” se cumple a rajatabla.

Egipto se da un baño de sangre, sueña con la libertad, con la democracia y al final resulta que aquellos que fueron elegidos por el pueblo (…) han sido sentados en los bordes de las aceras del asesinato.

Son los mismos que antaño custodiaban el gobierno de los sátrapas los que hoy se abanderan como libertadores. El caudillismo está profundamente penetrado en las venas árabes, con jefaturas militares o religiosas. No hay manera de cambiar la situación salvo que se dé un salto en el tiempo y se pase de la edad media a la contemporánea. Pero esto no es asunto de ayer para hoy, exige tiempo, mucho tiempo, educación y cultura y separación paulatina de los poderes de religión y sociedad.

La pretensión de que la transformación de los pueblos ocurra en un “pis pas” es exactamente una utópica e irredenta ilusión.

Y Siria no es una excepción a esta regla. Sátrapas hijo de sátrapas, encadenados en el poder, roedores de los pantalones del pueblo, miserables detestables que se engalanan con la sangre de su propio pueblo se niegan a ser sucedidos por otros que no reparan en llenar plazas de sangre. Quítate tu para ponerme yo.

Y en Palestina, sentados cómodamente, el sionismo haciendo de las suyas ante la entrega de la dignidad palestina. Nuevamente asistimos a la patética situación de negociar con los ladrones para que devuelvan lo robado. En lo que se subasta el caramelo el listo se lo come.

Y quienes hablan en nombre de Palestina no son los que ganaron limpiamente las elecciones en 2006. No hay negociación posible sin el estricto cumplimiento de las resoluciones emanadas de las Naciones Unidas -que para lo que sirven…-. Y así se prolonga en más de 65 años el drama del pueblo palestino.

El hambre, la violencia en los países llamados desarrollados, las sacudidas policiales contra la población que les paga, es el mundo al revés. Y qué decir de ese casting de gritos; ¿buscan actores? Vaya usted a Siria, Egipto, Palestina, Ruanda o Somalia… los escuchará en directo, y serán miles de gargantas angustiadas, despavoridas.

Puñetero mundo, gobernado por reyezuelos de tres al cuarto, mercaderes de la libertad, ladrones de la dignidad. Miles de leyes, de normas, de reglamentos, todas ellas con un sesgo punitivo, al acecho del desgraciado que comete un error para caerle encima con sanciones que superan lo que gana en un mes, salario base, se comprende.

Ciertamente dan ganas de llorar, de arrancarte pelo a pelo tiras de piel y preguntarte qué diablos hacemos en este jueves.

Baños de sangre para que los vampiros de la guerra se pongan tibios. Si al menos alcanzaran la vida eterna con ese estropajo de cuerpo, pero es que resulta que son mortales, incluso los políticos de España. Ya lo espetaban los romanos: “Recuerda que eres mortal”.

Este vértigo permanente no se trata con gotas para el mareo, ni vomitando las maldiciones que caen sobre los tiranos.

Y el hombre dijo, Dios mío, ¡¡haz algo!!

¡¡Te he hecho a ti!!, le contestó.

Seguimos en la lucha por dotar a nuestros descendientes de los criterios que adornan al hombre, al bueno, claro.

Dan ganas de parar este planeta y bajarse en marcha pero eso no es solución, es, sencillamente darse un leñazo para nada.

Los cambios vienen imperativamente del corazón del hombre, del hombre bueno. Ahí está la dureza del trabajo, en la transformación de la piedra en miles de granos de arena. Toma su tiempo, pero andando se hace camino.

Venga, pues, la primera ola sobre la roca.

 Por Carlos Juma

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