David Nahmad : Marchante de origen libanés, uno de los más influyentes en el mundo del arte

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David Nahmad

Posee 300 Picassos. Este marchante de origen libanés, uno de los más influyentes del mundo, atesora además otras 4500 obras de artistas como Calder, Miró, Chagal … Hablamos con el rey del mercado del arte en el año en el que se cumple el 40 aniversario de la muerte de Pablo Picasso.

David Nahmad no es de los que guardan sus tesoros en el fondo de un cajón. Al contrario, su mayor placer es compartirlos. Por eso, con ocasión del 40 aniversario de la muerte de picasso, se pueden admirar en mónaco un centenar de obras del maestro.

Estas pinturas forman parte de la prestigiosa colección que David Nahmad reunió, junto con su hermano Joe, a lo largo de los últimos 50 años. Se trata de una de las mayores del mundo: 4500 obras en total y valorada en 3000 millones de dólares, que se halla normalmente en una nave gigante situada en una zona franca del aeropuerto de Ginebra. De entre todas las obras destacan 300 Picassos, lo que supone la colección más grande fuera de la familia del pintor. David nació en Beirut en 1947. Su padre era un banquero originario de Alepo (Siria). Tras la muerte de su hermano mayor, Albert, en un accidente de avión, la familia se instaló en Milán (Italia). Allí, David y su hermano Joe descubren la pintura.

Gracias a su gran olfato logran comprar barato y vender caro. Un ejemplo: en 2007 vendieron un retrato de Jacqueline (la segunda mujer de Picasso) por 30,8 millones de dólares que habían comprado 12 años antes por solo 2,5. La trayectoria de David Nahmad está entretejida con el nombre de Picasso. En los años sesenta conoce a su marchante, Daniel-Henry Kahnweiler, en París. Allí contempla las primeras obras del pintor y se convierte en su coleccionista. Sin embargo, aunque conoció a Calder, Miró, Chagall o De Chirico, jamás se encontró con su inspirador. Por timidez. O por el miedo inexplicable a acercarse a aquel que la historia había colocado en la cumbre del arte y que él había puesto en el centro de su vida. David se niega a considerar el mundo del arte como una máquina de especulación financiera y le gusta recordar la frase de Nietzsche «lo que tiene precio no tiene valor».

XLSemanal. Usted ha llenado Italia de obras de Picasso. ¿Cómo empezó todo?

David Nahmad. De una forma un tanto rocambolesca. En los años sesenta iba y venía de París a Milán con mi coche cargado de cuadros. Un día, mi hermano y yo condujimos toda la noche y se nos ocurrió atar al techo del coche un cuadro que no cabía en el maletero. Cuando llegamos a Milán, descubrimos horrorizados que el cuadro había desaparecido. Rehicimos el camino en sentido contrario. Y recuperamos la obra, intacta, que estaba… ¡en un arcén! La verdad es que no teníamos muchos compradores. Un Picasso valía 15.000 dólares en aquella época. Para atraer compradores, les ofrecía pagar en dos años.

XL. ¿Se aprende a ser marchante de arte?

D.N. Me convertí en marchante por la fuerza de los acontecimientos. Quería ser matemático, pero abandoné mis estudios de ingeniero para dedicarme al arte gracias a mi hermano mayor, Joseph, un personaje fuera de lo común.

XL. Cuente, cuente…

D.N. Era un hombre de negocios, y le gustaba arriesgarse, al contrario que a nuestro padre. Compraba de todo. Si entraba en una tienda para comprar una maleta, ¡salía con diez! Lo mismo le pasaba con las casas. ¡A su muerte nos encontramos con decenas de apartamentos! Joe era noctámbulo, divertido y trabajador, y conocía a muchos actores y actrices, como Rita Hayworth. Italia vivía entonces una edad dorada; el país tenía la tercera tasa de crecimiento del mundo, tras Japón y Corea. Era un milagro económico. La cultura y el cine estaban en plena ebullición. Había galerías de arte por todas partes. Joe estaba loco por el arte. Frecuentaba a Fontana, a Pomodoro, a Marini, a De Chirico. Tenía una casa maravillosa en Milán, decorada por sus amigos artistas. Él fue el primer coleccionista de la familia.

XL. ¿Qué compraba?

D.N. Al principio, objetos de arte decorativo. En 1951 envió 40 cuadros a mi madre. Eran porquerías, la verdad. Pero pagó por ellos 4000 dólares. Yo le tomaba el pelo. Le decía: «Joe, ¿te das cuenta?, ¡con 4000 dólares podríamos haber comprado 40 cuadros de Léger!». Un Léger costaba entonces 100 dólares… A Joe le daba igual. Era joven y estaba empezando. Con el tiempo haría compras mucho mejores. Le gustaba todo: los grandes maestros, el arte egipcio, el chino…

XL. ¿Qué pensaban sus padres?

D.N. No entendían nada. Cuando a Joseph le robaron un Gauguin en una fiesta, mi padre dijo: «A mi hijo no le han robado en casa, ¡le robaron cuando compró esa pintura!». Era un paisaje de 1879. Joe lo había adquirido en una subasta por diez mil dólares.

XL. Su padre era banquero.

D.N. Sí, y el crac bursátil del 29 fue devastador para mi familia. Perdimos el 95 por ciento de todo nuestro capital. El único sector en el que todo iba bien era el arte. Todavía no había un mercado.

XL. Y usted y su hermano decidieron en los sesenta aprovechar la oportunidad.

D.N. Exacto. Diez años antes, el único mercado en plena efervescencia era el de los diamantes. El arte no existía como inversión. En 1967-1968, el momento era muy favorable. La gente empezaba a cultivarse. Vendimos algunos cuadros para comprar otros. Fue así como empezó todo. Pero vender cuadros nos daba menos placer que adquirirlos, salvo si era para comprar otros más importantes. Poco a poco construimos una red de relaciones con grandes marchantes.

XL. Entre ellos, el de Picasso: Daniel-Henry Kahnweiler.

D.N. En 1964 compramos dos cuadros de Juan Gris en la exposición que Kahnweiler organizó en Roma. Gris era su tesoro, pero nadie se interesaba por aquel pintor cubista. Cuatro años después fui a la Galería Louise Leiris, en París, que pertenecía a Kahnweiler. Quería verlo y saber si tenía otros Juan Gris para ofrecernos. Su secretario me explicó que había que escribir con dos meses de antelación para pedir cita. Yo vivía a la manera italiana, no sabía que en París se tenía tanto respeto por los marchantes. Cuando estaba a punto de irme, su secretario me preguntó por qué quería verlo. Cuando le expliqué que yo era el que había adquirido los dos Juan Gris en Roma, Kahnweiler apareció de inmediato. Le sedujo de nosotros que comprábamos por puro gusto y no por cálculo. Nos convertimos en grandes amigos. Más adelante, mi hermano y yo le propusimos que nos dejara algunos Picassos para venderlos en nuestra galería italiana. Era difícil encontrar entonces cuadros de Picasso. Había una verdadera demanda.

XL. Usted hizo de Picasso el pilar de su colección.

D.N. Picasso es el puntal de la historia del arte. Sin él, el arte no habría evolucionado tan rápido como lo hizo. Mire, por ejemplo, El cinturón amarillo, un retrato de Marie-Thérèse Walter realizado en 1932. ¿Usted diría que esa pintura tiene 81 años? El tratamiento del mechón de cabello, la violencia de los colores sin mezclas. Toda la pintura pop ya está ahí. Y el título, ¡qué audacia para la época! Roy Lichtenstein pintó un cuadro titulado también El cinturón amarillo en 1964. Pero, como todos los americanos, no conocía lo que Picasso había pintado 32 años antes. Me gusta Picasso también como ser humano. Su inteligencia, su simplicidad, su forma de vivir, su generosidad…

XL. Sin embargo, nunca quiso conocerlo.

D.N. ¡Y lo lamento tanto hoy! No me atreví a pedírselo a su marchante, mi amigo Daniel-Henry Kahnweiler, y él nunca me lo propuso. Yo no quería ver a Picasso a sus espaldas, me habría parecido traicionarlo. La amistad y la ética siempre las apliqué en mi trabajo.

XL. ¿Cuál fue el primer cuadro que le gustó?

D.N. La leyenda de los siglos, de Magritte. Estaba colgado en casa de Joseph. La imagen de esa pequeña silla apoyada sobre otra, gigante, de piedra, como una metáfora del poder, me intrigaba mucho. Tenía 12 años cuando la vi por primera vez. Mi hermano había comprado la obra por quinientos dólares. Se la vendí nueve años después a Sophia Loren por diez mil. Fue en 1968, cuando abrí mi galería en Milán.

XL. ¿Fue el primer cuadro que vendió?

D.N. No. El primero fue un Max Ernst que le vendí a un comerciante de alfombras por cinco mil dólares en Turín. ¡Estaba tan orgulloso que me fui de juerga con mis amigos!

XL. ¿Es usted un comprador compulsivo?

D.N. Hace falta tiempo para adquirir obras maestras. Se elige dentro de los límites de la oferta del momento. Yo compro por impulso, por flechazos. En mi colección hay cuadros que adquirí por cinco mil libras cuando tenía 18 años y que podría haber revendido miles de veces. Hay obras que he vuelto a comprar después de haberme visto obligado a venderlas. La peonza, de Fernand Léger, ¡la compré cinco veces! Sentí una alegría inmensa al recuperarla. Es imposible estar en esta profesión sin amor. Si no, me habría dedicado al negocio inmobiliario o a la Bolsa. Me gusta la pintura inteligente, la de Picasso, Malevich, Kandinsky, Miró… Aportaron algo que nadie había hecho antes. Sus obras son como documentos históricos. Vea, por ejemplo, La mujer del pájaro, de Picasso. El miedo a la guerra, las alianzas entre los países, el nazismo, Alemania intentando devorar Europa… Todo está ahí. No es un retrato, es un testimonio histórico.

XL. El mercado del arte ha alcanzado precios de récord; algunas veces, irreales… ¿Qué opina?

D.N. A veces, el beneficiado es el comprador. Por ejemplo, Los jugadores de cartas, de Cézanne, que se vendió por 191 millones de euros en 2012. En realidad, ese cuadro no tiene precio. Si hubiera podido lo habría comprado. Es una pintura que nunca pasará de moda. Eso es lo que lo hace extraordinario. Atraviesa el tiempo y conserva su verdad intacta, a pesar de los terremotos sociales, de los cambios de mentalidad. Hoy, desgraciadamente, el mercado del arte está apagándose. La mayoría de las obras maestras están en museos. Ya no hay pasión, solo comercio. Los calculadores han sustituido a los amantes. Cuando los artistas pintan por dinero, se acabó. Picasso nunca se dejó cegar por la riqueza. Solo los especuladores y algunos jóvenes artistas de hoy están fascinados por el dinero.

XL. ¿No le gusta el arte contemporáneo?

D.N. No me gusta la especulación que hay alrededor.

XL. Corot, Renoir, Toulouse-Lautrec, Monet, Matisse … ¿Cuál es el valor aproximado de su colección?

D.N. No lo sé, y no me interesa.

XL. Estamos hablando de 4500 cuadros y de un valor estimado de tres mil millones de dólares…

D.N. No tiene mucho sentido. Solo le da valor a una obra su dimensión intelectual. Una obra es la única referencia importante, está destinada a durar. Todo lo demás desaparecerá.

XL. ¿Cuál es su preferida?

D.N. La versión H de Las mujeres de Argel, de Picasso. Luché mucho para tenerla. La compré en 1997 en una subasta en Nueva York. Este cuadro había pertenecido al gran coleccionista y joyero Victor Ganz. En 1954, Picasso reinterpretó Las mujeres de Argel en su apartamento, de Delacroix. Esta pintura expresa sus vínculos profundos y al tiempo su rivalidad por los maestros a los que veneraba. Realizó 15 versiones y no quería separarlas. Ganz las compró todas por 212.000 dólares tras negociar largamente el precio. Picasso le preguntó a su marchante: «¿Quién es ese idiota?». Ganz se enteró de esa conversación y se vengó vendiendo la mitad de la serie ¡por el precio total que había pagado! Esta obra me emociona porque rinde homenaje a Matisse, al que amo profundamente. No sé por qué, pero me recuerda a mi padre, Hillel, y también a mi hijo, Helly … Nunca me separaré de ella.

Marc Brincourt y Anne-Cécile Beaudoi

Con información de : XL Semanal

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