Kennedy, la bomba y Dimona

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Si Kennedy no hubiese sido asesinado, la influencia de Israel seguramente se hubiese visto limitada en otro sector más, el del armamento nuclear. Desde el inicio de los años 1950, David Ben Gurión, quien ejercía simultáneamente las funciones de primer ministro y de ministro de Defensa, había emprendido la fabricación secreta de bombas atómicas, desviando así de su objetivo el programa de cooperación pacífica Atom for Peace que Eisenhower había iniciado ingenuamente. Informado por la CIA, inmediatamente después de su llegada a la Casa Blanca, sobre el verdadero objetivo del complejo de Dimona, Kennedy hará todo lo posible por obligar Israel a renunciar [a sus intenciones en ese sentido]. Exigió a Ben Gurión la realización de inspecciones periódicas en Dimona. Primero lo hizo de viva voz, en Nueva York en 1961, y posteriormente a través de cartas oficiales cada vez más insistentes. En la última de esas cartas, fechada el 15 de junio de 1963, Kennedy exigía una primera inspección inmediata a la que seguirían inspecciones regulares cada 6 meses, a falta de lo cual «el compromiso y el respaldo de nuestro gobierno a Israel pudieran verse en serio peligro». El efecto de aquel mensaje fue sorprendente: Ben Gurión dimitió el 16 de junio, evitando así la recepción de aquella carta. Cuando el nuevo primer ministro Levi Eshkol entró en funciones, Kennedy le envió de inmediato una carta idéntica, fechada el 5 de julio de 1963.

Lo que quería Kennedy no era evitar que Israel alcanzara un poder que Estados Unidos reservaba para sí mismo y para sus aliados de la OTAN. Su objetivo formaba parte de un proyecto mucho más ambicioso, que ya había anunciado el 25 septiembre de 1961 –o sea 9 meses después de su investidura– ante la Asamblea General de la ONU: «Hoy cada habitante de este planeta debe imaginar el día en que este planeta haya dejado quizás de ser habitable. Cada hombre, mujer o niño está viviendo bajo una espada de Damocles nuclear pendiente de frágiles hilos que pueden ser cortados en cualquier momento por accidente o por error, o por locura. Hay que liquidar esas armas de guerra antes de que ellas nos liquiden […] Tenemos por lo tanto intenciones de lanzar un desafío a la Unión Soviética, no para una carrera armamentista sino para una carrera por la paz –para avanzar juntos, paso a paso, etapa por etapa, hasta alcanzar el desarme general y completo». Nikita Jruschov captó el mensaje y respondió favorablemente en una carta confidencial de 26 páginas, fechada el 29 de septiembre de 1961 y transmitida a través de un canal secreto. Después de la crisis de octubre de 1962 causada por los misiles instalados en Cuba, la guerra nuclear que habían logrado evitar a duras penas gracias a su propia sangre fría aproximó aún más a los dos jefes de Estado en cuanto a la convicción de que compartían la responsabilidad de liberar la humanidad de la amenaza atómica. Jruschov envió entonces a Kennedy una segunda carta privada en la que expresaba su esperanza de que, en 8 años de presidencia de Kennedy, «podamos crear buenas condiciones para una coexistencia pacífica en la Tierra, lo cual apreciarían altamente los pueblos de nuestros países así como los demás pueblos». A pesar de otras crisis, Kennedy y Jruschov prosiguieron aquella correspondencia secreta, hoy desclasificada, que comprende en total 21 cartas dedicadas en gran parte al proyecto de abolir el arma atómica.

En 1963, las negociaciones desembocaron en el primer tratado de limitación de los ensayos nucleares, que prohibía los ensayos nucleares en la atmósfera y bajo el agua, tratado firmado el 5 de agosto de 1963 por la Unión Soviética, Estados Unidos y el Reino Unido. Seis semanas más tarde, el 20 de septiembre de 1963, Kennedy expresaba ante la ONU su orgullo y esperanza: «Hace 2 años declaré ante esta asamblea que Estados Unidos había propuesto y estaba dispuesto a firmar un tratado limitado de prohibición de los ensayos. Hoy ese tratado está firmado. No acabará con la guerra. No eliminará los conflictos fundamentales. No garantizará la libertad a todos. Pero puede ser una palanca. Y se dice que Arquímedes, al explicar el principio de la palanca, dijo a sus amigos: “Denme un punto de apoyo y moveré el mundo.” Queridos cohabitantes de este planeta, podemos mover el mundo hacia una paz justa y duradera» .

En su última carta a Kennedy, entregada al embajador de Estados Unidos Roy Kohler pero que nunca llegó a su destinatario, Jruschov se mostraba igualmente orgulloso de aquel primer tratado histórico, que «ha inyectado una mentalidad fresca en la atmósfera internacional». Y presentaba otras proposiciones, retomando las palabras de Kennedy: «Su implementación abriría el camino hacia el desarme general y completo y, por consiguiente, hacia la liberación de los pueblos de la amenaza de la guerra.»

Para Kennedy, el arma nuclear era la negación de todos los esfuerzos históricos tendientes a civilizar la guerra evitando las víctimas civiles. «No dejo de pensar en los niños, no sólo en los míos o los tuyos, sino en los niños de todo el mundo», decía a su amigo y asistente Kenneth O’Donnell durante su campaña a favor del Test Ban Treaty. Y lo repitió en su alocución televisiva del 26 de julio de 1963: «Ese tratado es para todos nosotros, especialmente para nuestros hijos y nuestros nietos, que no tienen ningún grupo de cabildeo aquí en Washington.»

En los años 1960, el desarme nuclear era un objetivo realista. Sólo 4 países disponían del arma nuclear. Había una posibilidad histórica que aprovechar y Kennedy estaba decidido a no desperdiciarla. «Me obsesiona la impresión de que si no lo logramos, en 1970 habrá quizás 10 potencias nucleares en vez de 4, y 15 o 20 en 1975», dijo en su conferencia de prensa del 21 de marzo de 1963. Mientras que, siguiendo las huellas de Estados Unidos y la URSS, todos los países de la OTAN y del bloque del este daban un primer paso hacia el desarme nuclear, Israel hacía en secreto lo contrario y Kennedy estaba decidido a impedirlo.

La muerte de Kennedy, meses más tarde, alivió la presión sobre Israel. Johnson decidió ignorar lo que sucedía en el complejo de Dimona. John McCone, el director de la CIA nombrado por Kennedy, dimitió en 1965 quejándose del desinterés de Johnson sobre aquel tema. Israel obtuvo su primera bomba [atómica] hacia 1967, sin admitirlo nunca. Nixon tampoco se preocupó del asunto, mientras que su consejero de seguridad nacional Henry Kissinger expresaba en privado su satisfacción ante la idea de tener en Israel una potencia nuclear aliada. Nixon, de quien se puede decir que el Estado profundo entró con él a la Casa Blanca, jugó un doble juego. Mientras respaldaba públicamente el Tratado de No Proliferación de 1968 (que no era una iniciativa estadounidense), Nixon envió a su propia burocracia un mensaje totalmente opuesto a través de un National Security Decision Memorandum de carácter secreto (NSDM-6) que decía:

«No debe haber ningún esfuerzo de Estados Unidos por forzar a otros países […] a aplicar [el tratado]. Este gobierno, en su postura pública, debe reflejar un tono optimista en cuanto a que otros países firmen o ratifiquen [el tratado], apartándose al mismo tiempo de todo plan de hacer presión sobre esos países para que firmen o ratifiquen.»

Según las cifras del SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute) correspondientes al años 2011, existen hoy en todo el mundo 20 000 bombas nucleares que tienen como promedio una potencia 30 veces superior a la bomba atómica de Hiroshima, lo cual equivale en total a 600 000 veces lo sucedido en Hiroshima. De esas bombas, 1 800 se hallan en estado de alerta, o sea listas para ser utilizadas en cuestión de minutos. Con menos de 8 millones de habitantes, Israel es la 6ª potencia nuclear a nivel mundial.

«Si dejásemos actuar al Presidente habría una guerra nuclear cada semana», decía Kissinger. Ya en los años 1950, Nixon había recomendado a Eisenhower el uso de la bomba atómica en Indochina y en Corea.

Hubo que esperar hasta 1986 y a que el Sunday Times publicara varias fotos tomadas en Dimona por el técnico israelí Mordechai Vanunu para que el mundo se enterara de que Israel se había dotado secretamente de la bomba atómica. Después de ser secuestrado por los servicios secretos israelíes, Vanunu fue condenado [en Israel] por «divulgación de secretos de Estado» y pasó en la cárcel 18 años, 11 de ellos en aislamiento total. Desde su liberación, en 2004, Vanunu tiene prohibido salir de Israel y comunicarse con extranjeros.

 

Por Laurent Guyénot

Con información de:  Red Voltaire

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Nombres femeninos y masculinos de origen amazigh

Anir, Sifaw, Tifawt, Thiyya o Bahac son algunos de los muchos nombres amazigh que ahora ya reconocen las autoridades marroquíes. En una circular enviada a todas las oficinas de funcionarios estatales en el reino aluí y en el extranjero, se les transmite las instrucciones para aceptar la inclusión de nombres amazigh en sus registros. Esta circular representa el final de una discriminación que durante años sufrieron las familias amazigh.

Para Mounir Kejji, activista amazigh, esta circular es una gran noticia. “¡Ya era hora! Esta es una victoria y una venganza por todos los padres que no estaban autorizados a dar nombres amazigh a sus hijos”, recalca en sus declaraciones al diario árabe Assabah. “Esta circular representa el final de una ley racista contra los amazigh, ya que a los padres se les prohibía dar el nombre que deseaban a sus hijos y eso es totalmente discriminatorio”, prosigue.

Mounir Kejji recuerda la larga y ardua lucha por conseguir que se reconozca oficialmente esos nombres. Se inició en 1996, cuando Driss Basri era ministro del Interior en aquel entonces, y Abdelouahab Ben Manssur, presidente de la Alta Comisión de Registro Civil e historiador del reino alauí, enviaron una primera circular prohibiendo el empleo de nombres amazigh en las oficinas de registros civil.

En los últimos años, decenas de asociaciones amazigh de Marruecos han ejercido una presión constante cada vez que un nombre bereber no se reconocía como oficial. De hecho, también organizaciones internacionales de derechos humanos, como Human Rights Watch, se habían manifestado en contra de la discriminación. En 2009, Human Rights Watch envió una carta al ministro del Interior de la época, Chakib Benmoussa, para pedirle que levantase la prohibición de los nombres propios amazigh, tildando incluso de “discriminación étnica” dicha práctica.

A partir del mes de abril de este año , Marruecos permite a los padres a dar nombres amazigh a sus hijos.

El ministro del Interior, Mohand Laenser, envió una circular a todas las oficinas de registro en Marruecos, así como a la de los consulados de Marruecos en el extranjero, ordenándoles a aceptar nombres bereberes.

Un 60% de la población marroquí es de origen amazigh. Y esta “mayoría” está condenada a un ostracismo, por lo menos en lo que se refiere a algo tan importante como el nombre de pila. La cultura Amazigh sigue todavía considerada como una “baja cultura” en Marruecos. En una lista proporcionada por  Alhucemas PRESS,  hasta 2012 éstos eran los los nombres bereberes prohibidos.

NOMBRES FEMENINOS

Bahac Nombre tradicional

Damya Otro nombre supuesto de Dihya. También atestiguado en el Souss.

Dassin Una Poetisa Famosa de los Tuareg.

Dihya Nombre supuesto de la Kahina, la ” reina de los Aurès” quién luchó contra la invasión árabe

Guraya Nombre de una santa en Kabilia, que la cantaron muchos cantantes kabilios

Hennu Nombre tradicional

Herru Nombre tradicional para los Idaw Tanan (Marruecos)

Ijja Nombre tradicional

Ijju Nombre tradicional

Illi Mi hija

Ittû Nombre tradicional

Izza Nombre tradicional

Kella Nombre de la muchacha de Tin Hinan, reina de Tuareg

Kwella Nombre tradicional

Lalla Término de respeto

Lunja Heroína de un cuento

Mamma ” Juguete caro”. Nombre tradicional en el sureste de Marruecos

Mammas Nombre tradicional

Markunda Nombre que se encuentra en los Chaouis (La cantante Markunda Aurès)

Meghighda Nombre tradicional (Poeta Meghighda n Ayt Âtiq)

Menna Nombre tradicional

Siman Dos almas (del padre y la madre).

Siniman Dos almas (del padre y la madre).

Tadêfi La suavidad

Taderfit Emancipación

Tadla Ramo

Tafalkayt La bonita

Tafsut La primavera

Tafukt El sol

Tagafayt Extraído de un topónimo

Taghbalut La fuente

Tagwerramt La piadosa, la santa

Tagwilalt Forma femenina de Agwilal.

Tagwillult Extraído de un topónimo

Tagwizult La valiente

Thiyya Es bonita

Tajeddigt La flor

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David Nahmad : Marchante de origen libanés, uno de los más influyentes en el mundo del arte

David-Nahmad
David Nahmad

Posee 300 Picassos. Este marchante de origen libanés, uno de los más influyentes del mundo, atesora además otras 4500 obras de artistas como Calder, Miró, Chagal … Hablamos con el rey del mercado del arte en el año en el que se cumple el 40 aniversario de la muerte de Pablo Picasso.

David Nahmad no es de los que guardan sus tesoros en el fondo de un cajón. Al contrario, su mayor placer es compartirlos. Por eso, con ocasión del 40 aniversario de la muerte de picasso, se pueden admirar en mónaco un centenar de obras del maestro.

Estas pinturas forman parte de la prestigiosa colección que David Nahmad reunió, junto con su hermano Joe, a lo largo de los últimos 50 años. Se trata de una de las mayores del mundo: 4500 obras en total y valorada en 3000 millones de dólares, que se halla normalmente en una nave gigante situada en una zona franca del aeropuerto de Ginebra. De entre todas las obras destacan 300 Picassos, lo que supone la colección más grande fuera de la familia del pintor. David nació en Beirut en 1947. Su padre era un banquero originario de Alepo (Siria). Tras la muerte de su hermano mayor, Albert, en un accidente de avión, la familia se instaló en Milán (Italia). Allí, David y su hermano Joe descubren la pintura.

Gracias a su gran olfato logran comprar barato y vender caro. Un ejemplo: en 2007 vendieron un retrato de Jacqueline (la segunda mujer de Picasso) por 30,8 millones de dólares que habían comprado 12 años antes por solo 2,5. La trayectoria de David Nahmad está entretejida con el nombre de Picasso. En los años sesenta conoce a su marchante, Daniel-Henry Kahnweiler, en París. Allí contempla las primeras obras del pintor y se convierte en su coleccionista. Sin embargo, aunque conoció a Calder, Miró, Chagall o De Chirico, jamás se encontró con su inspirador. Por timidez. O por el miedo inexplicable a acercarse a aquel que la historia había colocado en la cumbre del arte y que él había puesto en el centro de su vida. David se niega a considerar el mundo del arte como una máquina de especulación financiera y le gusta recordar la frase de Nietzsche «lo que tiene precio no tiene valor».

XLSemanal. Usted ha llenado Italia de obras de Picasso. ¿Cómo empezó todo?

David Nahmad. De una forma un tanto rocambolesca. En los años sesenta iba y venía de París a Milán con mi coche cargado de cuadros. Un día, mi hermano y yo condujimos toda la noche y se nos ocurrió atar al techo del coche un cuadro que no cabía en el maletero. Cuando llegamos a Milán, descubrimos horrorizados que el cuadro había desaparecido. Rehicimos el camino en sentido contrario. Y recuperamos la obra, intacta, que estaba… ¡en un arcén! La verdad es que no teníamos muchos compradores. Un Picasso valía 15.000 dólares en aquella época. Para atraer compradores, les ofrecía pagar en dos años.

XL. ¿Se aprende a ser marchante de arte?

D.N. Me convertí en marchante por la fuerza de los acontecimientos. Quería ser matemático, pero abandoné mis estudios de ingeniero para dedicarme al arte gracias a mi hermano mayor, Joseph, un personaje fuera de lo común.

XL. Cuente, cuente…

D.N. Era un hombre de negocios, y le gustaba arriesgarse, al contrario que a nuestro padre. Compraba de todo. Si entraba en una tienda para comprar una maleta, ¡salía con diez! Lo mismo le pasaba con las casas. ¡A su muerte nos encontramos con decenas de apartamentos! Joe era noctámbulo, divertido y trabajador, y conocía a muchos actores y actrices, como Rita Hayworth. Italia vivía entonces una edad dorada; el país tenía la tercera tasa de crecimiento del mundo, tras Japón y Corea. Era un milagro económico. La cultura y el cine estaban en plena ebullición. Había galerías de arte por todas partes. Joe estaba loco por el arte. Frecuentaba a Fontana, a Pomodoro, a Marini, a De Chirico. Tenía una casa maravillosa en Milán, decorada por sus amigos artistas. Él fue el primer coleccionista de la familia.

XL. ¿Qué compraba?

D.N. Al principio, objetos de arte decorativo. En 1951 envió 40 cuadros a mi madre. Eran porquerías, la verdad. Pero pagó por ellos 4000 dólares. Yo le tomaba el pelo. Le decía: «Joe, ¿te das cuenta?, ¡con 4000 dólares podríamos haber comprado 40 cuadros de Léger!». Un Léger costaba entonces 100 dólares… A Joe le daba igual. Era joven y estaba empezando. Con el tiempo haría compras mucho mejores. Le gustaba todo: los grandes maestros, el arte egipcio, el chino…

XL. ¿Qué pensaban sus padres?

D.N. No entendían nada. Cuando a Joseph le robaron un Gauguin en una fiesta, mi padre dijo: «A mi hijo no le han robado en casa, ¡le robaron cuando compró esa pintura!». Era un paisaje de 1879. Joe lo había adquirido en una subasta por diez mil dólares.

XL. Su padre era banquero.

D.N. Sí, y el crac bursátil del 29 fue devastador para mi familia. Perdimos el 95 por ciento de todo nuestro capital. El único sector en el que todo iba bien era el arte. Todavía no había un mercado.

XL. Y usted y su hermano decidieron en los sesenta aprovechar la oportunidad.

D.N. Exacto. Diez años antes, el único mercado en plena efervescencia era el de los diamantes. El arte no existía como inversión. En 1967-1968, el momento era muy favorable. La gente empezaba a cultivarse. Vendimos algunos cuadros para comprar otros. Fue así como empezó todo. Pero vender cuadros nos daba menos placer que adquirirlos, salvo si era para comprar otros más importantes. Poco a poco construimos una red de relaciones con grandes marchantes.

XL. Entre ellos, el de Picasso: Daniel-Henry Kahnweiler.

D.N. En 1964 compramos dos cuadros de Juan Gris en la exposición que Kahnweiler organizó en Roma. Gris era su tesoro, pero nadie se interesaba por aquel pintor cubista. Cuatro años después fui a la Galería Louise Leiris, en París, que pertenecía a Kahnweiler. Quería verlo y saber si tenía otros Juan Gris para ofrecernos. Su secretario me explicó que había que escribir con dos meses de antelación para pedir cita. Yo vivía a la manera italiana, no sabía que en París se tenía tanto respeto por los marchantes. Cuando estaba a punto de irme, su secretario me preguntó por qué quería verlo. Cuando le expliqué que yo era el que había adquirido los dos Juan Gris en Roma, Kahnweiler apareció de inmediato. Le sedujo de nosotros que comprábamos por puro gusto y no por cálculo. Nos convertimos en grandes amigos. Más adelante, mi hermano y yo le propusimos que nos dejara algunos Picassos para venderlos en nuestra galería italiana. Era difícil encontrar entonces cuadros de Picasso. Había una verdadera demanda.

XL. Usted hizo de Picasso el pilar de su colección.

D.N. Picasso es el puntal de la historia del arte. Sin él, el arte no habría evolucionado tan rápido como lo hizo. Mire, por ejemplo, El cinturón amarillo, un retrato de Marie-Thérèse Walter realizado en 1932. ¿Usted diría que esa pintura tiene 81 años? El tratamiento del mechón de cabello, la violencia de los colores sin mezclas. Toda la pintura pop ya está ahí. Y el título, ¡qué audacia para la época! Roy Lichtenstein pintó un cuadro titulado también El cinturón amarillo en 1964. Pero, como todos los americanos, no conocía lo que Picasso había pintado 32 años antes. Me gusta Picasso también como ser humano. Su inteligencia, su simplicidad, su forma de vivir, su generosidad…

XL. Sin embargo, nunca quiso conocerlo.

D.N. ¡Y lo lamento tanto hoy! No me atreví a pedírselo a su marchante, mi amigo Daniel-Henry Kahnweiler, y él nunca me lo propuso. Yo no quería ver a Picasso a sus espaldas, me habría parecido traicionarlo. La amistad y la ética siempre las apliqué en mi trabajo.

XL. ¿Cuál fue el primer cuadro que le gustó?

D.N. La leyenda de los siglos, de Magritte. Estaba colgado en casa de Joseph. La imagen de esa pequeña silla apoyada sobre otra, gigante, de piedra, como una metáfora del poder, me intrigaba mucho. Tenía 12 años cuando la vi por primera vez. Mi hermano había comprado la obra por quinientos dólares. Se la vendí nueve años después a Sophia Loren por diez mil. Fue en 1968, cuando abrí mi galería en Milán.

XL. ¿Fue el primer cuadro que vendió?

D.N. No. El primero fue un Max Ernst que le vendí a un comerciante de alfombras por cinco mil dólares en Turín. ¡Estaba tan orgulloso que me fui de juerga con mis amigos!

XL. ¿Es usted un comprador compulsivo?

D.N. Hace falta tiempo para adquirir obras maestras. Se elige dentro de los límites de la oferta del momento. Yo compro por impulso, por flechazos. En mi colección hay cuadros que adquirí por cinco mil libras cuando tenía 18 años y que podría haber revendido miles de veces. Hay obras que he vuelto a comprar después de haberme visto obligado a venderlas. La peonza, de Fernand Léger, ¡la compré cinco veces! Sentí una alegría inmensa al recuperarla. Es imposible estar en esta profesión sin amor. Si no, me habría dedicado al negocio inmobiliario o a la Bolsa. Me gusta la pintura inteligente, la de Picasso, Malevich, Kandinsky, Miró… Aportaron algo que nadie había hecho antes. Sus obras son como documentos históricos. Vea, por ejemplo, La mujer del pájaro, de Picasso. El miedo a la guerra, las alianzas entre los países, el nazismo, Alemania intentando devorar Europa… Todo está ahí. No es un retrato, es un testimonio histórico.

XL. El mercado del arte ha alcanzado precios de récord; algunas veces, irreales… ¿Qué opina?

D.N. A veces, el beneficiado es el comprador. Por ejemplo, Los jugadores de cartas, de Cézanne, que se vendió por 191 millones de euros en 2012. En realidad, ese cuadro no tiene precio. Si hubiera podido lo habría comprado. Es una pintura que nunca pasará de moda. Eso es lo que lo hace extraordinario. Atraviesa el tiempo y conserva su verdad intacta, a pesar de los terremotos sociales, de los cambios de mentalidad. Hoy, desgraciadamente, el mercado del arte está apagándose. La mayoría de las obras maestras están en museos. Ya no hay pasión, solo comercio. Los calculadores han sustituido a los amantes. Cuando los artistas pintan por dinero, se acabó. Picasso nunca se dejó cegar por la riqueza. Solo los especuladores y algunos jóvenes artistas de hoy están fascinados por el dinero.

XL. ¿No le gusta el arte contemporáneo?

D.N. No me gusta la especulación que hay alrededor.

XL. Corot, Renoir, Toulouse-Lautrec, Monet, Matisse … ¿Cuál es el valor aproximado de su colección?

D.N. No lo sé, y no me interesa.

XL. Estamos hablando de 4500 cuadros y de un valor estimado de tres mil millones de dólares…

D.N. No tiene mucho sentido. Solo le da valor a una obra su dimensión intelectual. Una obra es la única referencia importante, está destinada a durar. Todo lo demás desaparecerá.

XL. ¿Cuál es su preferida?

D.N. La versión H de Las mujeres de Argel, de Picasso. Luché mucho para tenerla. La compré en 1997 en una subasta en Nueva York. Este cuadro había pertenecido al gran coleccionista y joyero Victor Ganz. En 1954, Picasso reinterpretó Las mujeres de Argel en su apartamento, de Delacroix. Esta pintura expresa sus vínculos profundos y al tiempo su rivalidad por los maestros a los que veneraba. Realizó 15 versiones y no quería separarlas. Ganz las compró todas por 212.000 dólares tras negociar largamente el precio. Picasso le preguntó a su marchante: «¿Quién es ese idiota?». Ganz se enteró de esa conversación y se vengó vendiendo la mitad de la serie ¡por el precio total que había pagado! Esta obra me emociona porque rinde homenaje a Matisse, al que amo profundamente. No sé por qué, pero me recuerda a mi padre, Hillel, y también a mi hijo, Helly … Nunca me separaré de ella.

Marc Brincourt y Anne-Cécile Beaudoi

Con información de : XL Semanal

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