Ibn Sina y el caso del príncipe

Ibn Sina
Ibn Sina

Una opresiva atmósfera reinaba en la alcoba donde descansaba Nuh el segundo, hijo de Mansur.

En un pebetero de bronce se consumían lentamente raros perfumes, que ascendían en espirales hacia las muqarnas, las estalactitas de piedra finamente cinceladas. Iluminado por arañas de cobre y grandes candelabros de plata, con sus muros cubiertos de alvéolos, el lugar hacia pensar en una deslumbradora colmena aprisionada bajo un cielo de esmeralda.

Nuh, con el rostro demacrado, caídos los párpados, estaba acostado en el centro de la estancia, en un inmenso lecho de madera incrustada de marfil y de nácar. De vez en cuando, entreabría los ojos; habríase dicho que intentaba descifrar el cañamazo de palabras del Corán grabadas en los frisos del techo. A su cabecera estaban algunos personajes de grave aspecto. El chambelán, el cadí (1), algunos escuderos, dignatarios inmóviles con sus caftanes color de cielo, el jurisconsulto el-Barguy, así como el visir Ibn el-Sabr, envuelto en una burda adamascada de colores ocre y negro.

De pie, junto al emir, Ibn Sina sentía las miradas clavadas en él. Espiaban cada uno de sus gestos, intentaban adivinar su pensamiento. Se dirigió a Ibn Jaled, un austero personaje, de unos sesenta años, médico personal del soberano.

 —Rais…, desearía conocer el historial de la enfermedad.

El sobrenombre de rais, empleado adrede por Ibn Sina, había halagado sin duda al médico pues un brillo atento se encendió de pronto en su mirada desconfiada hasta entonces.

—Todo empezó hace más de un mes. Nuestro bienamado emir despertó quejándose de violentos cólicos y ardor de estómago. Le examiné y, al no descubrir nada significativo, prescribí una decocción de melia que, como sabes, es un eficaz analgésico. Aconsejé también nuez de las Indias, me pareció…

Alí le interrumpió.

—Perdóname, venerable Jaled, pero volvamos al historial. ¿Hubo otros síntomas, además de los cólicos y el ardor de estómago?

—Una detención del tránsito intestinal.

—¿Examinaste la pared abdominal?

—Naturalmente. Advertí que estaba especialmente sensible en su conjunto. Muy doloroso al tacto.

 —Y, por lo tanto, aconsejaste un laxante.

 —Claro: ruibarbo.

Alí frunció el entrecejo.

 —¿No estás de acuerdo con el empleo del ruibarbo?

 —No me parece muy deseable la prescripción de un laxante.

 El médico quiso protestar, pero Alí se anticipo.

 —¿Cuál fue luego la evolución?

 —Vómitos.

 —¿Estudiaste su aspecto?

 —Eran vómitos de color negruzco.

 —¿Y luego?

En aquel punto del interrogatorio, Alí creyó advertir cierta turbación en su interlocutor. Tuvo que repetir la pregunta.

—Diarreas, diarreas espontáneas. Pero puedo afirmar, afirmo que esas diarreas no eran provocadas, en absoluto, por el ruibarbo.

 —No tiene importancia, venerable Jaled, prosigamos.

—Entonces sucedió algo muy desconcertante. Todos los síntomas desaparecieron de pronto, como por arte de magia. Pensamos incluso que la enfermedad había remitido por la misericordia de Alá. Pero, lamentablemente, unos días más tarde, el ciclo recomenzó: dolores, ardores, detención del tránsito intestinal, diarreas espontáneas y vómitos.

 —¿Habéis practicado sangrías?

 —Numerosas veces. Sin resultado alguno.

Una nueva expresión de contrariedad apareció en el rostro de Ibn Sina.

—¿El célebre jeque el-rais se opone a la sangría?

Quien acababa de hablar lo había hecho con una agresividad apenas encubierta.

 —¿Quién eres?

 —Ibn el-Suri. Me han hecho venir desde Damasco.

—¿No enseñan en Siria a los estudiantes que, en ciertos casos, la sangría puede ser mortal para el paciente?

El médico soltó la carcajada.

—¿A los dieciocho años te crees ya superior al gran Galeno? ¡La sangría fue siempre el arma terapéutica por excelencia!

—No estoy aquí para exponer mis opiniones sobre Galeno, ni tampoco para ilustrarte sobre el uso de la sangría. En cambio, si quieres seguir mis clases, y me parecería algo deseable, sabes que enseño cada día en el bimaristán.

Sin aguardar la respuesta del sirio, se inclinó hacia Ibn Jaled:

 —¿Tienes algo más que decirme?

El médico se mantuvo en silencio, tomó luego a Alí del brazo y le llevó hasta el lecho. Allí, apartó la sábana con brusco gesto, descubriendo así el cuerpo del príncipe.

 —Mira…

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(1) El cadí es una especie de juez. Según la ley musulmana, decide sobre todos los asuntos, tanto civiles como penales. Pero mi maestro me explicó que su competencia se extendía, sobre todo, a las cuestiones relacionadas más estrechamente con la religión. Me citó, como ejemplo, el derecho de familia o sucesorio y las fundaciones piadosas. (Nota de Jozjani.)


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