Critica Al Assad a Occidente en aniversario de lndependencia Siria

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La televisión estatal siria transmitirá esta noche una entrevista del presidente Bashar Al Assad, quien aprovechará el aniversario del día de la independencia para criticar a países occidentales y árabes por apoyar a los rebeldes.

En un breve extracto de la entrevista, publicada en la página de Facebook de la presidencia siria antes de la emisión, Al Assad acusa a Jordania de permitir la libre circulación de los rebeldes sirios a través de sus fronteras.

“No puedo creer que cientos (de rebeldes) entren a Siria con sus armas, mientras Jordania es capaz de detener a cualquier persona que lleve una arma liviana y que pretenda ir a resistir en Palestina”, dijo al-Assad en la entrevista que será transmitida por la cadena Al Ijbariya.

El régimen sirio acusa a Jordania de albergar a los rebeldes, entrenarlos y permitir su ingreso a Siria para sumarse a los combates contra las fuerzas gubernamentales.

La entrevista de la televisión Al-Ikhbariya saldrá al aire a las 18:30 horas GMT, con motivo del día de la independencia, que marca el fin de la presencia francesa en Siria, en 1946.

Poco antes, la televisión siria transmitió este miércoles escenas de la época del mandato francés (1920-1946) y trazó un paralelo entre los “héroes de la independencia” y los soldados sirios de la actualidad.

“La conmemoración por la retirada del último soldado francés es una página brillante en la historia de Siria, y los héroes de nuestro valiente ejército libran hoy una batalla contra el terrorismo”, relató la televisión.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de Siria pidió esta mañana a Francia dejar de interferir en los asuntos internos del país, un día después de que París criticó el decreto de amnistía general emitido por Al Assad.

“El pueblo sirio no permitirá a Francia regresar a su país a través de su apoyo a grupos terroristas armados que causan derramamiento de sangre en Siria”, agregó.

Con información de : El Informador

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Kahlil Gibrán – El poeta

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Este año se ha cumplido el aniversario 130 de un creador singular, Kahlil (o Jalil, según otras transcripciones) Gibrán (también Yibrán). Nacido en Bsarri, Líbano, en 1883, desarrolló particulares habilidades para la pintura y la escritura. A los once años se mudó con la familia a los Estados Unidos y por eso ha pasado a ser figura enigmática y socorrida de la literatura norteamericana. Sin embargo nunca olvidó su tradición ni los saberes ancestrales que le comunicaran los abuelos. Hombre que tuvo una esmerada educación, a tono con su cultura de origen, acendrada en lo espiritual, alternó vida y creación entre esos dos mundos, el Oriente Próximo y los Estados Unidos. Su poesía de corte sapiencial, reunida en libros como El profeta (1923) y Arena y onda (1926) ha sido inspiración y apoyo moral de múltiples generaciones. Gibrán fue también autor de novelas críticas de las costumbres sociales tradicionales, como Espíritus rebeldes (1908). Escribió a veces en inglés, traduciéndose luego al árabe, o directamente en árabe, como en el caso de la colección Alas rotas (1911). El poeta murió en Nueva York en 1931. Su obra sigue viva como una fuente inagotable.

De sus libros hay uno que ha devenido una suerte de configuración emblemática de su cosmovisión y atrae permanentemente nuevos seguidores. Desde su publicación en 1923, El Profeta ha tenido sucesivas y multitudinarias ediciones. Es un libro que se lee, se busca y se comenta, persistentemente. ¿Qué hay en este breve libro que tanto llama la atención? Misterio, puede ser una respuesta. Belleza, podría ser otra. Sin embargo, elijo una que me parece esencial: un intento por airear temas que han ocupado la mente del hombre desde su salida de la caverna. Este texto lo escribió Gibrán tras una visita a su patria natal en 1898. Es precisamente el contacto y la relación de dos culturas lo que le permite alcanzar esa visión ecuménica y esencialmente humana que logra transmitir en el libro.

No es casual que los seres humanos acudan una y otra vez a textos que intentan dar respuesta a las preguntas que acerca de nuestra razón de ser y nuestro devenir como personas nos hacemos. La Biblia, el I Ching, el Tao Te King, el Bhagavad Gita, siguen teniendo un insondable atractivo aún en aquellos que no profesan alguna de esas religiones. En estos años ha habido una escalada de obras, en muchos casos por supuestos y hasta falsos gurús, dedicadas a la llamada auto superación o sea, a extender recomendaciones sobre cómo comprender y enfrentar los múltiples dilemas de la existencia. Somos un cuerpo con alma y, si bien la medicina parece haber progresado inmensamente para resolver las dolencias del cuerpo, no parece que estén al mismo nivel de beneficio los procedimientos para los conflictos del alma, o sea, nuestras inquietudes éticas y existenciales. Así, aunque estos asuntos se han tratado una y otra vez, al parecer los seres humanos se asemejan en esto a los amantes que necesitan la corroboración explícita del amor una y otra vez.

Como ha dicho Octavio Paz, en aspectos de este cariz, somos aún el hombre de las cavernas. Tenemos más adminículos e instrumentos sofisticados para facilitar nuestro trabajo, pero seguimos con los mismos temores, neurosis, ambiciones y aberraciones mentales que nos impelen a cometer increíbles actos de injusticia y violencia unos contra otros.

El Profeta reúne poesía de alta tensión conceptual. A la belleza de su dicción une la acendrada inteligencia de su percepción para tratar asuntos que son de permanente interés humano. Se estructura del modo siguiente: Almustafá, “quien fuera un amanecer en su propio día”, a quien llaman el Profeta, ha permanecido durante doce años en la mítica ciudad de Orfalesia. No se nos exponen las causas por las que este Simbad o Robinson ha quedado varado en lugar ajeno. Al parecer ha sido un viaje de aprendizaje, suerte de estación meditativa. Durante ese tiempo, mientras esperaba por la nave que lo llevaría de retorno a su país de origen, ha convivido entre los ciudadanos del lugar. Sin embargo su existencia allí ha transcurrido no del modo común sino con un involucramiento y una percepción sagaz en las maneras y quehaceres de sus anfitriones. Ha reflexionado y ha logrado acaudalar visiones y saberes que lo hacen no solo querido sino necesario para aquellos habitantes. Es por ello que, al ver que llegaba el día de su partida, los pobladores, guiados por Almitra, la clarividente, vienen hasta él para que les hable antes de dejarlos.

Es ese el motivo desencadenante de su extensa y bella parrafada que expone antes de partir. Allí responde a distintas inquietudes que le consultan los habitantes de Orfalesia. Cada una de sus réplicas se constituye en un hermoso y profundo poema donde los más complejos y constantes dilemas que ha enfrentado el hombre desde su constitución como sujeto humanizado se tratan. Precedidos por un pórtico, “El arribo del navío”, y clausurado por un telón final, “La despedida”, en el ínterin se suceden veintiséis poemas a modo de comentarios. En ellos aborda temas como el amor, el dar, el trabajo, la alegría y la aflicción, el delito y el castigo, la libertad, la razón y la pasión, la amistad, el bien y el mal, la belleza la religión, la muerte. Lo extraordinario de cada uno de estos comentarios es que están realizados con una bellísima imaginería, con una hondura que trasciende el espacio y el tiempo, así como una conceptuación esencial que le otorga vitalidad ecuménica. Por supuesto que están imbuidos de religiosidad pero es de la más alta y sostenible, la de la humanidad que dialoga con lo que la supera sin especificaciones, fanatismos ni sectarismos.

Algunos pasajes permitirán tener una mejor percepción de lo que hablamos. Al momento de la partida, Almustafá siente que está comprometido con aquella gente a la que no puede abandonar sin tristeza. “Largos fueron los días de pena que pasé dentro de estas murallas/ y largas fueron las noches de soledad;/ y ¿quién puede separarse de su pena y su soledad sin pesar?” se pregunta el Profeta. Pues claro es en la pena y la soledad donde se ilumina mejor la verdadera condición del alma y nos revela su contenido y su relación con el entorno. Es por eso que los que buscan la sabiduría buscan aislarse para estar con su pena y su soledad. No obstante, a pesar de la aflicción, Almustafá sabe que debe partir. “Porque permanecer, aunque las horas ardan en la noche,/ es helarme, cristalizar y confinarme a un molde”. El hombre necesita del constante ir y venir, del cambio, del permanente tránsito por el ser que es la vida para no “cristalizarse”, volverse roca que se adapta al hueco de tierra que la sostiene. Para estar vivo ha de moverse con la vida.

Curiosamente, al responder a las incitaciones de sus vecinos, este se percata de que sus respuestas tienen que atemperarse a la viva realidad de sus interlocutores. Entonces responde mayéuticamente con una pregunta: “de qué puedo hablar/ sino de eso que incluso ahora se agita en sus almas?” O sea como en el método socrático se trata de situarse en el yo de los sujetos para desde allí deducir la respuesta. Es un enfoque altamente dialéctico pues nada puede sustituir los conceptos y juicios que surgen de la propia necesidad de los individuos. Con esa lógica dialogante va respondiendo las muchas interrogaciones.

Del amor dice: “El amor no da nada sino a sí mismo/ y no toma nada sino de sí mismo./ El amor ni posee ni se deja poseer,/ Porque el amor es suficiente en el amor.” De modo que se expone como energía que se nutre de sí misma y se cumple en ser lo que es. No es convenio ni trato sino puro ser en armonía de afecto.

Del dar prefiere el que abre la mano sin que pidan y sin esperar retribución. A quienes lo hacen así los ensalza, pues “Dan como el mirto/ que en los valles ignotos exhala su fragancia al espacio./ Por las manos de estos habla Dios…” O sea que se convierten en enviados divinos pues alivian y suplen las necesidades.

Respecto al trabajo su respuesta es sumamente atrayente. Vincula el trabajo con el amor pues lo ve como manera de ser hacia los otros. Por eso expresa, “cuando trabajas con amor te unes a ti mismo/ y el uno al otro y a Dios”. De modo que el trabajo es un elemento de conexión y confraternización. Es cercano a Dios porque crea y alivia. De aquí que juzgue, “El trabajo es el amor hecho visible”. ¡Cuán necesaria es esta idea sensible! Visibilizar nuestro modo de amar a través de lo que surge de nuestras manos, con afecto y respeto hacia el otro.

En cuanto a la libertad la concibe en su relación con la subjetividad y en la conciencia que el individuo gane de la misma. Porque incluso la misma pasión de libertad puede esclavizar. Por tanto es el desapego de lo que nos constriñe su mejor expresión. “Serán en verdad libres/ no cuando sus días transcurran sin una preocupación/ o sus noches sin un anhelo y una pena,/ sino cuando estas cosas ciñan sus vidas y sin embargo/ ustedes se eleven por encima de ellas desnudos y sin ataduras.” De modo que no es la falta de conflictos ni pesares lo que deriva en libertad sino nuestro modo de no dejar que ninguna pena ni vicisitud nos someta.

Respecto al bien y el mal los ve como pares relativos. Es la propia inconstancia y el desespero del ser los que convierten el bien en mal. Por esto dice que hablará del bien, pero no puede hablar del mal. “Porque, ¿qué es el mal sino el bien torturado por su propia hambre y sed?” Es de tal modo que lo uno puede derivar en lo otro. De manera que, “Eres bueno cuando eres uno con tu ser”. He aquí la esencia del bien, estar a tono con nuestra propia esencia.

Igualmente establece la conexión dialéctica entre el sujeto y el objeto en la conformación del concepto de lo bello. Anota distintas formas de comprender la belleza, pero generalmente se la ubica fuera del sujeto o, cuando más, como respuestas a insatisfacciones del individuo. Por esto resume: “la belleza es la vida/ cuando la vida descubre su rostro sagrado./ Pero ustedes son la vida y son el velo”. Es así que la belleza se encuentra en esa relación del yo con su posibilidad de ir más allá de lo necesario y lo visible.

En cuanto a la religión, el Profeta la pone en la sustancia propia del ser. “Tu vida diaria es tu templo y tu religión”, nos alerta. Siempre enfatiza en la centralidad del yo que es quien confiere sentido y valor a lo que existe. Advierte de no inventar dimensiones de lo divino sino en apreciarlas en lo existente. Así nos sugiere, “Y si vas a buscar a Dios no seas un descifrador de enigmas./ Mejor mira a tu alrededor y Lo verás jugando con tus hijos./ Y mira al espacio y Lo verás caminando entre nubes.” Es la multitudinaria experiencia y manifestación de la vida el rostro más entrañable de Dios.

Sirvan estas escasas pinceladas, recogidas al azar del hojear el libro, para dar una idea de su riqueza conceptual y su belleza esencial. El Profeta no es un libro para leer sino para ir con él interrogando el yo y el yo en el mundo. Así prolongaremos el diálogo de los ciudadanos de Orfalesia y el profeta, mediante nuestras propias preguntas a los juicios enunciados, contextualizándolas con nuestro tiempo y nuestro entorno. Nos asombraremos de los inefables destellos de sabiduría y hermosura que hallaremos.

En un mundo donde prevalecen aún la fuerza, la intolerancia, la inequidad, la compraventa desatinada de todo, la mórbida corrupción, en fin, la barbarie ancestral, mucho tiene que hacer un libro como este. Y mientras se escriben libros y más libros donde se destila veneno y amargor contra el hombre y sus creaciones, devastando sueños y expectativas, resulta un oasis encontrar un texto como este, de poesía afirmativa, humana y enaltecedora. El poeta no desconoce nuestra imperfección y el mal que nos corroe, pero se alza desde un cerro que inspira a seguir una senda edificante y esperanzadora. Hablar del amor, la amistad, el hogar, la alegría, los hijos, el dolor, etc., en forma hermosa, de honda simplicidad y con una perspectiva dialógica y armonizante, que no limita nuestros puntos de vista sino que estimula nuevas aproximaciones, resulta no sólo una poesía atractiva sino necesaria.

Es por esto que volvemos a echar al aire las luminosas palabras del Profeta.

Por Manuel García Verdecia

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Con información de : Radio Angulo