Poetisas palestinas en el exilio – Por Clara Mª Thomas de Antonio

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Poetisas palestinas en el exilio

Este trabajo se centrará en la voz de la mujer palestina en el exilio, que ha renovado la voz de las palestinas que vivieron y/o viven en Palestina. En el terreno literario, estas mujeres destacan sobre todo en el campo de la poesía. Su obra, que no se puede desligar de la geografía y de la historia, está marcada por la tragedia de su pueblo. Además, sus poemas traslucen rasgos característicos de su autoría femenina: están teñidos de anhelo de vida, de fecundidad y de esperanza en el futuro de Palestina. Y, sobre todo, son -como los de tantos poetas palestinos- un poderoso instrumento de resistencia a la ocupación israelí.

En ocasiones anteriores nuestra participación en algunos congresos de AUDEM se centró en las poetisas palestinas que residían y componían sus versos en Palestina, especialmente en Fadwa Tuqán, símbolo de la resistencia palestina (Thomas, 2003, 2004 y 2008). Pero muchas otras palestinas, críticas con la ocupación de su patria, se vieron obligadas a exiliarse, a vivir fuera de su tierra y a buscar refugio en otros países. Unas vivieron un tiempo en Palestina antes de marcharse -son las llamadas “de primera generación”-, y otras son hijas de exiliados palestinos –las llamadas “de segunda o tercera generación”-, cuyos poemas se han difundido ampliamente por los nuevos medios de comunicación, generalmente en otros idiomas. Pero, donde quiera que se establecieron, no olvidaron la desgracia de su patria. Por ello su obra refleja, además de los avatares de su país de residencia o del país de sus progenitores, sus sentimientos por la Palestina ocupada y los deseos de un futuro mejor para su pueblo.

Entre las poetisas de primera generación destaca Salma Jadra al-Yayyusi (n. 1918), investigadora, profesora y poetisa de origen palestino-libanés, afincada en EEUU tras viajar por diversos países como esposa de un diplomático jordano. Sus obras en prosa o verso reflejan la tragedia de Palestina, pero dejó de escribir poesía tras la Guerra de Junio de 1967, para dedicarse a la divulgación científica de la literatura árabe. En unos poemas evoca a los refugiados de su propia familia, desposeídos de lo suyo por la ocupación, como refleja al inicio de “Sin raíces”:

 El timbre restalló alto y alarmante.

Luego, esa voz persistente y triste:

“Manda tu ayuda hacia Oriente,

que todos tus tíos se han convertido en refugiados”.

Lancé un hondo suspiro, muy angustiada por ellos.

Luego envié a mis tíos ropas

que había apilado para los mendigos,

pasas que había comprado y no comeríamos,

pegajosas piastras sin tintineo ni brillo,

lágrimas, lágrimas, lágrimas y un gemido.

Desde ese día no doy mis piastras a ningún mendigo,

porque se han convertido en refugiados mis primos

(Boullata, 1982: 131).

En “Elegía a los mártires” muestra a un tiempo la tristeza por quienes dieron su vida por Palestina y el orgullo por su generosidad, pidiendo a su hermosa tierra que los recuerde; en “Tras la marea” se duele del desastre de Palestina; y en “El 5 de junio de 1968” explica cómo ella murió para la poesía tras el desastre de la guerra de 1967:

El pasado Junio rompió la última vena en mi corazón.

¿Has oído algo acerca de mi muerte?

¿Algo acerca de mi desconcertante funeral?

¡La farsa es que los muertos son anunciados

mientras sufren en la calle, sepultados!

¡Desearía que el ataúd pudiera desaparecer

como los sueños de juventud!

¿Has oído algo acerca de mi muerte?

¿De esa copa de víboras,

de esa muerte en amor con la muerte?

Sí, lo has oído:

tu enterrador me vio enterrada

cuando ellos le pusieron a mi lado

(Jayyusi, 1992: 187).

Entre las obras de Sulafa Hiyyawi (n. 1936), palestina de Nablus exiliada en Iraq, donde se licencia, destaca Canciones palestinas, en cuyos versos se dirige al pueblo palestino y a la humanidad. En “A un fida’í” critica a los que no participan en la resistencia, sea dentro o fuera de Palestina, frente a su elogio al fedayín, con el que hasta la propia tierra se siente cómplice; en “El retorno” señala que, cuando se produzca el ansiado regreso a Palestina tras el largo exilio, hallarán la tierra cubierta de sangre, el precio pagado durante la lucha de resistencia; y el poema “El viejo y la tierra” es un diálogo con su tierra palestina de un anciano cuyos hijos luchan por la patria, y al morir en ella serán simiente de futuro:

En los caminos de nuestra aldea,

entre sus olivos tiernos,

le dice el viejo a la tierra:

“Te consagré diez muchachos queridos.

No suspires,

no llores,

los consagré a la Patria…”.

Caminan los diez seres queridos en la oscuridad,

los oculta la marcha de una nube,

palpita la tierra en su corazón prendado

para besar sus pasos,

amortigua la sombra sus impacientes suspiros.

En los caminos de nuestra aldea,

junto a al-Lidda y ar-Ramla,

allí regresaron nueve;

habían terminado su marcha.

“Pero, ¿y vuestro décimo hermano?”

pregunta el viejo, mientras la luna entristecida,

contemplando, permanece en vela.

“Allí lo sembramos, padre.

Allí lo sembramos”

(Traducción de Ingrid Bejarano, en Hiyyawi, 1998: 43-44)

Entre las poetisas de segunda generación destaca la americana Farrah Sarafa (s. d), hija de madre palestina y padre iraquí, cuya poesía es una respuesta a la guerra y la ocupación. Poetisa, profesora, editora y traductora, está asentada en Maniatan. Aunque varios de sus poemas se centran en la guerra de Iraq, en “Padre iraquí, Madre palestina” se queja de esa guerra y de la ocupación de Palestina, que le impiden ver a su abuelo iraquí y a su abuela palestina; en “Olivo” su padre saborea el aceite de sus tostadas mientras sueña con el abuelo, con los niños de su país, con los olivos plantados por sus ancestros, con las antiguas canciones, que estarán bajo la radioactividad de las bombas; en “Higo palestino” evoca el sabor de ese manjar que endulzan las penalidades de sus gentes; al inicio del poema “Sólo habla el miedo”, referido al ataque contra Iraq, surge la alusión a los israelíes en Palestina:

Siento los gritos de su madre moverse dentro de mí,

mientras quita de la encimera de granito

los jarrones de flores y los potes de mármol.

Tiemblo. Firme la voluntad

y deseando quedarme, estoy hecha de cristal,

mientras ese pequeño está hecho de arcilla.

Los soldados americanos le han dado ese pote,

del que los israelíes pueden beber su leche de pasas

en la Palestina de mi madre.

(Traducción de C. Mª Thomas)

y en “Colonizando recetas” expresa que, por más que los israelíes que se apropien de las recetas de Palestina para sentir que pertenecen a algo hermoso, no podrán robarles sus señas de identidad:

“Nosotros inventamos esta comida”, dice él, cogiendo su hummus,

su tabuleh y su berenjena asada.

“Vosotros la ocupasteis”, replica ella.

“Okey, la robamos y entonces la mejoramos, ¿qué te parece? Salam ala lekum”.

“Podéis tomar la tierra, pero no nuestra identidad”,

canta ella suavemente, cogiendo el bolso para irse.

Y ahora un poema:

Invadiendo el cuerpo de los pensamientos de nuestro abuelo

con sus cañones hechos en América, contiene el aliento,

incapaz de librarse del azote de dolor que en él traspira

y que en sueños se convierte en lluvia de los ojos de los niños refugiados,

que tejen nuevas artimañas a cambio de dinero para comer,

para tratar de llenar su estómagos vacíos

con el grano que ellos plantaron en Cirjordania

y con el que moldearon recetas de pasta.

Las tías pasan días preparando para la familia

deliciosos bocados para comer,

ahora reemplazados por el hambre y las súplicas

para comer una vez más de las palmas de su madre tierra,

para untar sus secos corazones

una vez más con el aceite de oliva

de la fértil Palestina, arrancado de sus entrañas

como una alfombra árabe bordada.

Añoran abrazar los árboles que proporcionaban

aire a los pulmones que respiraban con amor

e imaginaban los ecos mediterráneos

del pasado y las modernas fragancias,

degustadas y deseadas por los extranjeros judíos

ansiosos de sentir que pertenecen

a un lugar hermoso.

Lo adoptan como suyo, cambiando nombres,

jugando a enredar, para apropiarse

de los delicados y aromáticos sabores

de generaciones de palestinos.

Pueblos ocupados, os morís de hambre o coméis

el alimento sembrado en el corazón de mi abuelo

donde el aire palpita puro y verdadero.

(Traducción de C. Mª Thomas)

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