Cuadernos en Marrakech: Muhammad ibs´Abad al-Mutamid

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Con un salto en el tiempo y el espacio, la poesía va en busca de sí misma. Poetas contemporáneos de Sevilla se dirigen, el Día de Andalucía de 2013, hasta el norte de África para homenajear a un poeta que hace 10 siglos fue rey de Sevilla. Haciendo un bucle histórico que enlaza pasado y presente, los poetas de Cuadernos de Roldán quieren recordar a quien es considerado el máximo representante de la poesía andalusí de la última mitad del siglo XI, Muhammad ibs´Abad al-Mutamid, más conocido como Almutamid, último rey taifa, de la dinastía de los abadíes, de Sevilla, que murió desterrado en Marrakech tras ser derrotado por los bereberes. Y hasta allá, donde reposan sus restos en el mausoleo de Agmat, acudirá un numeroso grupo de miembros de esta tertulia sevillana para rendir tributo al inolvidable rey poeta de Ishbiliya, aquella Sevilla andalusí que se convirtió en el foco cultural más importante de la cultura islámica de la época.

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“Almutamid” será el poemario número 77 de Cuadernos de Roldán, cuya portada es obra de Ahmed Ben-Yessef, el pintor marroquí (Tetuán, 1945) afincado en Sevilla desde 1966, donde han nacido todos sus hijos. La edición, con una tirada 300 ejemplares, está coordinada por el maestro Serafín Madrigal y el médico José María Bedoya, dos veteranos inquilinos de la tertulia, quienes tuvieron que desplazarse en dos ocasiones a Marrakech para no dejar cabos sueltos a una expedición poética que estará integrada por 84 de los 170 socios de una asociación que debe su nombre a Manuel Roldán, el tabernero que los acogió en 1987 para que contaran con lo que sería su primera sede social, tras la barra del bar, en la bohemia plaza de la Alameda de Hércules, de la capital hispalense.

La iniciativa de dedicar un Cuadernos al poeta andalusí partió de Serafín Madrigal, quien reconoce que pretendía entretener su recién estrenada jubilación con alguna actividad de envergadura, aunque desconocía que ello conllevara una preparación tan compleja. “Almutamid” consta de 64 páginas que recogen las obras de 28 poetas y 28 pintores, entre los que participan 5 representantes de la poesía y la pintura árabes, respectivamente. Un avión fletado trasladará en vuelo charter, directo desde Sevilla a Marrakech, a este grupo de poetas, pintores y simpatizantes de las artes hasta la tumba del rey poeta que acabó sus días en Agmat, en 1095, evocando en sus mejores poemas al tiempo perdido, la belleza marchita y su vida de leyenda. Un rendido homenaje de la poesía contemporánea a uno de los ilustres poetas históricos de Sevilla. Nada más lúcido para valorar el presente que la memoria del pasado, cuyas enseñanzas nos orientan el futuro. Descúbranlo en el texto poético de Ismael Yebra:

Ciudad Almohade

La misma luz, el mismo aire. Sol de infancia y días interminablemente azules. Me perdí por adarves y callejas, casas con portón, arcos encalados, atravesé pasadizos enigmáticos. Aquí un cafetín, allá un tenderete, algún que otro sacamuelas, artesanos por doquier.

Negras calesas de ruedas amarillas, tiradas por caballos cubiertos con sombrero de paja, iban por avenidas con palmeras, parterres de geranios, setos de arrayán y daban la vuelta tras llegar a un parque con olivos, naranjos en flor y albercas para el riego.

Un alminar al fondo, unas murallas. Sólo el canto del muecín fue capaz de deshacer mi trapantojo: Estaba en Marraketch… que no en Sevilla.

Sevilla cobija los espectros de poetas de todas las épocas que se materializan en lugares, calles y casas donde se puede presentir la presencia de esos espíritus que la amaron y la inmortalizaron en sus versos. Desde tiempos inmemoriales, la ciudad ha despertado una extraña fascinación en los trovadores de la palabra que, en una simbiosis sentimental, ha enriquecido la memoria literaria de esta capital del sur de España.

Desde el siglo X hasta el XIII, los árabes de Andalucía quedaron embelesados con los jardines del Alcázar, conjunto palaciego real donde se ubicaba la antigua qubbaislámica, cuya fragancia de jazmines inspiraba al rey poeta, Al-Mutamid, tercer y último rey abbadi de Isbyliyya, el más conocido de los poetas árabes. Era hijo de Almutadid o Abad II, que consiguió extender el reino de Sevilla desde el Algarve portugués hasta Murcia, aunque finalmente tuviera que hacerse tributario de Fernando I, el monarca castellano que entabla conflicto con el reino nazarí de Granada para la reconquista de estos territorios. Gracias a un bellísimo poema, Al-Mutamid había logrado el perdón de su padre tras fracasar en la conquista de Málaga. No en vano, Al-Mutamid había heredado la afición de su progenitor por la poesía y bajo su corte, que convirtió en centro de la cultura islámica del momento, gozaron de gran favor los poetas y literatos, como Ibn Zaydún, Ibn Ammar e Ibn al-Labbana, quienes celebraban en El Alcázar justas poéticas, denominadas nawdiyyat y nawriyyat, fiestas para cantar a los jardines y las flores. Según Ibn al.-Qattá, escritor siciliano que visitó esta tierra, “ninguno de los reyes de la época llegó a reunir tantos poetas ni tan admirables e importantes literatos como él”.

Y aunque Al-Mutamid sobresale entre los poetas andalusíes para convertirse en un personaje idealizado y mitificado, cuya figura ha sido fuente de leyendas u objeto de novelas (Don Juan Manuel inmortalizó en El Conde Lucanor la pasión de Al-Mutamid por su bella e ingeniosa esposa), fueron muchos los que hicieron de la Sevilla islámica una meca de la poesía. Nombres como Abd a Kassím Mohamed ibn Hani, más conocido como Ben Hani, nacido en Sevilla en 936, fue autor de Diwan, considerada una de las mejores obras poéticas en lengua árabe, Mohammed ibn al-Hassan ibn Allah ibn Mudchak al-Zobaida, erudito y poeta cuya obra fue seguida por numerosos discípulos, y tantos otros que jalonaron durante siglos las cimas poéticas de los andalusíes. Sus voces, como ecos apagados, pueden percibirse en lo más profundo de El Alcázar de Sevilla, en aquellos patios primigenios, como el Patio del Yeso, espacio abierto con pórticos en tres de sus lados, los mayores con arcos en herradura, y el menor, el más rico, con siete arcos mixtilíneos, transformándose el muro en los laterales en una filigrana calada de rombos realizados en yeso.

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Poeta enamorado

 Junto a Almutamid está Rumaykyya, la esclava que conoció a orillas del gran río y convirtió en la reina Itimad, al hacerla su concubina y esposa. Compartió con su esposo el poder político y su afición a la poesía. Joven bellísima, esclava de un arriero, supo ganarse el amor del rey al completar un poema que éste improvisaba durante un paseo por la ribera del Guadalquivir:

“El viento teje lorigas en las aguas…”

Antes de que sus acompañantes respondieran, una voz surgió entre los juncos completando el hemistiquio:

“¡Qué coraza si se helaran.”!

Así comenzó a tejerse la leyenda de la joven Itimad, la esposa del rey poeta andalusí de Sevilla, cuyo recuerdo inmortaliza ese azulejo que se halla en el Barrio de Santa Cruz, dedicado a quien se conoció en su época como as-Sayyidat al-Kubra (la gran Señora).

Por Daniel Guerrero Bonet
Fuente: El Libre pensador y Lienzo de Babel

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