Tutankhamón

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… Había otras muchas cosas maravillosas en la cámara, pero era difícil que las notáramos en aquel momento, tan irresistible era la fuerza que nos nacía mirar una y otra vez las encantadoras figuras de las pequeñas diosas. Justo frente a la entrada había un figura del dios chacal Anubis, sobre su capilla, envuelto en una tela de lino y descansando sobre unas andas y tras él la cabeza de un toro sobre una peana —todos ellos emblemas del más allá. En el lado sur de la cámara había un número infinito de capillas y cofres negros, todos cerrados y sellados, excepto uno, cuyas puertas abiertas dejaban ver estatuas de Tutankhamón alzándose sobre leopardos negros. En la pared más alejada había más cajas en forma de capilla y féretros en miniatura hechos de madera dorada, estos últimos sin duda conteniendo  estatuillas funerarias del rey. En el centro de la habitación, a la izquierda de Anubis y el toro, había una hilera de magníficas arquetas de marfil y madera, decoradas e incrustadas con oro y fayenza azul; una de ellas, cuya tapa levantamos, contenía un maravilloso abanico de plumas de avestruz con empuñadura de marfil, aparentemente tan fresco y resistente como cuando lo terminó su autor. En otros rincones de la cámara había también un buen número de maquetas de barcos, de velamen y aparejo completos y en el lado norte otro carro.

Este era el contenido de la cámara interior según se veía en un rápido reconocimiento. Buscamos ansiosamente el rastro de un saqueo, pero no había ninguno a la vista. Era absolutamente seguro que los ladrones habían entrado, pero todo lo que habían hecho era abrir dos o tres arquetas. La mayoría de ellas, como dijimos, tenían los sellos intactos y el contenido de esta cámara afortunadamente todavía estaba en la misma posición en que fue colocado en el momento del enterramiento, en contraste con el de la antecámara y el anexo.

No puedo decir cuánto tiempo empleamos en este primer reconocimiento, pero debió de parecer eterno a los que esperaban ansiosamente en la antecámara. No podíamos dejar que entrasen más de tres a la vez por razones de seguridad, así que cuando Lord Carnarvon y M. Lacau salieron, los demás entraron por parejas: primero Lady Evelyn Herbert, la única mujer del grupo, con Sir William Garstin, y luego los demás por turno. Mientras aguardábamos en la antecámara era curioso contemplar sus caras cuando uno por uno salían por la puerta. Cada rostro tenía una mirada aturdida, de asombro en los ojos y todos ellos al salir levantaban las manos, un gesto inconsciente que reflejaba su impotencia para describir con palabras las maravillas que habían visto … (HC)

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