El viejo y renovado oficio de susurrador de caballos

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Hace muchos años que mi amigo Miguel tiene caballos. Su afición le viene de lejos, mucho ante de que se convirtiera en moda y la caballería fuera o fuese, de dominio general. Fíjate que su caballo hasta fue protagonista de una película de temática medieval titulada, “Jaume, Jaume”. Hasta donde recuerdo, los caballos no eran propios de estos pagos, todo lo más las yeguas percheronas ancapartidas, con una fuerza y potencia mayúsculas, en el tiro y arrastre laboral. A nuestro entorno rural muy quebrado y pendenciero, de sendas agrestes y barrancos profundos, no le va demasiado al trote rítmico y fogoso del caballo, sino que es más propenso al cansino, pausado y seguro trajinar del mulo y del asno. De ahí que el caballo de Miguel en su día, fuera una novedad grata y un titular de cabecera, que venía recordarnos con nostalgia las múltiples películas del oeste, o de romanos, o caballeros andantes que vimos y gozamos en nuestra juventud. Después, con los años llegaron otros muchos caballeros.

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En los años setenta el pueblo aún contaba con restos de su pasado equino. Dos abrevaderos comunales en las entradas y salidas de la población, múltiples anillas de acero diseminadas por el casco viejo para atar a las caballerías, alguna herrería y taller de carros, y lo mejor, accesos montaraces de sendas y azagadores utilizados por los huertanos, que permitían entrar y salir del casco urbano por los cuatro puntos cardinales a lomos de caballería. Además, los caminos rurales conservaban su primitiva utilidad de las caballerías agrícolas, por lo que eran accesibles al incipiente caballo de monta, que despuntaba en todo su esplendor por las praderías del pantano de María Cristina a golpe de sostenidas cabalgadas, ante un término municipal hostil y demasiado abrupto. Aquí nació el club hípico la Ferradura que culminó su ciclo natural por estos pagos. Nacer, crecer y morir. Es un misterio calcular el tiempo de este corto ciclo vital, pero la media está en dos décadas, mientras esto sucede, nacen imitadores, competencias, desmembramientos y el divide y vencerás, se convierte en el santo y seña de odios rencillas y rencores. Algunos estúpidamente de por vida.

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La caballería lo tiene muy mal en los tiempos del asfalto. Los últimos carros agrícolas perecieron por la edad de sus hacedores, y algún que otro percance serio con los vehículos a motor. Desaparecieron los abrevaderos, las anillas y todo cuanto hacía referencia a este mundo en extinción. Los tractores y motocultores pusieron la puntilla a los cuadrúpedos y a toda su cultura secular. Aparejos y guarnicionería desaparecieron bajo una pátina de polvo, moho, grasa y telarañas. Las boñigas de antaño que procuraron más de una riña callejera por su apropiación como valorado estiércol, son hoy motivo de asco y repulsión. Los caminos rurales asfaltados, con pendientes imposibles ya no contemplan ni el rayado elemental, para que los cascos puedan adherirse con un mínimo de seguridad. Las sendas de herradura, -bella toponimia al uso- conforman barrancos descarnados, con los guijarros amontonados de lo que no hace mucho fue un artístico y funcional empedrado. Este entorno es agresivo e impracticable para las caballerías, que sufren al paso, se lesionan y pierden herraduras como las culebras su piel en la muda.

©Carlos Ariel Barocelli
©Carlos Ariel Barocelli

Pero aún hay valientes que aman al caballo. En picaderos domésticos los crían, entrenan, montan y conviven con este inteligente animal, que ha estado junto al hombre desde tiempos remotos. No es fácil. Necesita virtud y paciencia quien se dedica a este menester. Oficio y dominio ante su poderío colosal de fuerza bruta. Para gozar de la belleza de su doma, de la monta controlada, hay que renunciar a muchas cosas y eso es muy difícil, o imposible en nuestra sociedad de lo rápido y urgente, del ya para ya. Aún hay susurradores de caballos (1) y muy cerca de nosotros. Hombres y mujeres enamorados de la morfología y carácter noble y sacrificado del hijo del viento, como lo bautizaron los árabes. Gentes que aún hoy con los impedimentos de la crisis, que amenaza con acabar con todo, sostienen estos animales de briosos andares y porte noble. Ellos viven en primera persona, cualquier escena de película donde el caballo forma parte de una historia que no lo sería sin él. Ejemplos miles.

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El placer de cabalgar solo es comparable con el de caminar por los montes. En soledad y en comunión con una naturaleza, cada vez menos virgen que nos anima a adentrarnos en su misterio. Montar a lomos de una bestia poderosa en fuerza y velocidad, y que obedezca las órdenes de ese ser ínfimo y miserable que llamamos humano, es toda una proeza. Una estampa épica no exenta de peligro inminente, por lo imprevisible del animal ante sus circunstancias. Pero hay gente que ha hecho monacato de esta vida, sacada del álbum de otros tiempos; aún con todo el entorno actual adecuado para el señor automóvil, y que ha destrozado en su contra el medio ambiente del mundo del caballo. Las praderías y las dehesas quedan muy lejanas de aquí. El viejo oeste americano con sus desiertos interminables, y la pradera por donde se ondula la alta hierba al ritmo del viento, no deja de ser una escena imposible de la genial película “Bailando con lobos”. Pero estos jinetes existen, recios y firmes. Fiel estampa del  que cabalga solitario y se pierde en un horizonte encendido y crepuscular, poco antes de que aparezca el The End.

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Están entre nosotros, aunque no los veamos. Compaginando su vida moderna de estrés y preocupaciones, con ese altar de la divina arcadia feliz, frente a un ser noble de rostro alargado y cabezón. Con amplios orificios nasales, resoplidos, orejas móviles, labios juguetones y relincho cómplice. Alguno me cuenta que se fía más de su caballo que de muchos hombres. Y es cierto, y no debería. Y cuando aprendes a comprender a este soberbio animal, caes en lo mucho que hemos perdido cuando el ingenio humano, inventó la máquina de vapor y los motores por combustión. Una cultura milenaria se escapó por el sumidero del retrete, y hasta los mismos caballos. Muchos mustangs fueron sacrificados por el ejército americano, aquel bravo caballo que tanta gloria dio en mil y una batalla, estuvo a punto de desaparecer. Los asturcones cántabros, y tantos y tantos, hoy les toca a los mulos y acémilas. Son inservibles, inútiles en una inútil sociedad que los desprecia, cuando dieron de comer a tantos y tantos.

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