Wuad al luben – El misterio de la Virgen de Guadalupe

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©Basílica de Santa María de Guadalupe

El martes 12 de diciembre de 1531 ocurrió la aparición de la Santa Imagen de la Virgen de Guadalupe en el ayate de Juan Diego. La mañana de ese mismo día tuvo lugar el solisticio de invierno que para las culturas prehispánicas significaba : el Sol moribundo que vuelve a cobrar vigor , el nacimiento del nuevo Sol, el retorno de la vida ….

¿Qué misterio rodea el origen del armonioso y persuasivo nombre de Guadalupe ?

Dos grandes propuestas han sido dadas: la primera habla de una etimología que combina una palabra árabe con otra latina pues dice que el nombre deriva de la palabra latina lupum, es decir, el lobo. Así, tendríamos “el río de los lobos”.

” Del árabe andalusí: wad al-lup “río de los lobos”, que es el hidrónimo de un afluente del río Guadiana que discurre por la comarca de las Villuercas en la provincia de Cáceres, en Extremadura. Se trata de un híbrido formado en el árabe dialectal andalusí entre el equivalente del árabe clásico واد(ي) /wād(ī)/ (río) “y un derivado del latín lupus “lobo”. La razón de esta hibridación es que en el árabe antiguo no había una palabra específica para denominar al lobo, (Canis lupus), puesto que éste no es un animal de la fauna árabe … “

La segunda propuesta etimológica es completamente árabe al hablar de Wuad al luben, cuyo significado es , “río oculto” , “corriente encajonada” o “río escondido”.

Inés Toste  se inclina por la segunda sugerencia, dada la “pureza” de un nombre que provendría de una única lengua .

No obstante, Fernando Cisneros nos dice que una simple vista al mapa de la Península Ibérica mostraría una presencia muy superior en los topónimos a los porcentajes anunciados en cuanto a la influencia del árabe. Se encuentran no sólo los nombres de ciudades fundadas por los musulmanes, como Calatrava (Qal’at Rabâh), o posiblemente vueltas a fundar por ellos, como Madrid (Majrît), sino que se combinan con denominaciones preexistentes, a las que la árabe viene a sustituir, como el caso de Guadalajara (Wâd al-hijâra, que tenía una antigua denominación de Arriaga, la que significaba también río de piedras), lo mismo que Guadiana (Wâdî Yana, mixta: el río Yana) y Guadalupe (Wâd al-lup: el río del lobo, éste en romance), o bien en el caso del Guadalquivir (al-wâd al-kabîr), el río grande.

La historia de la Virgen de Guadalupe es la historia de un gran viaje tanto en el espacio como en el tiempo. No todas las fechas están claras, así, no sabemos cuando desembarcó la Virgen en la isla de la Gomera aunque debió ser cerca del guadalupano año de 1531 cuando se relatan las apariciones de la Virgen en el cerro del Tepeyac.

En 1519, pone sus pies Hernán Cortés en Veracruz y con él la gran devoción que muchos españoles sentían por la Virgen cacereña del Monasterio de Guadalupe, uno de los grandes referentes espirituales que presidió la espectacular aventura de la llegada de los españoles a América. Muchos de los grandes conquistadores e intrépidos exploradores, que se lanzaron en sus naves al Atlántico, procedían de tierras extremeñas.

Lugar de tránsito ineludible entre el Viejo Mundo y el Nuevo fueron las Islas Canarias, islas que significaron ser un verdadero puente, y escala, en el camino marítimo que llevaría a los navegantes, ansiosos de aventuras, riquezas y gloria, a un destino que les era tanto desconocido como atractivo. Así, no es de extrañar que todo el trayecto quedara diseminado por la Virgen de Guadalupe, venerada en muchas localidades de las islas.

Cargados los barcos de mercancías, víveres, frutas y de la fresca agua canaria, continuaban, en su ruta, hacia el Poniente, al que se dirigían no sólo llevando bienes efímeros y perecederos sino también “cultura”, religión…

La Virgen de Guadalupe también cruzó los mares en aquellos barcos… volviéndose todo tipo de intercambio entre Occidente y Oriente, para bien o para mal, inevitable e imparable.

Respecto a la identidad de la Señora, Virgen, mujer… que viera el indio Juan Diego no queda clara. Se especula con la posibilidad de que el Obispo Zumárraga no entendiera bien al indígena cuando hablaba en su lengua náhuatl y creyera oír “Guadalupe” donde el humilde enviado decía “Tequantlanopeuh” (la que tuvo origen en la cumbre de las peñas), “Cuahtlapcupeuh” o “Tlecuauhtlacupeuh”, (la que viene volando de la luz como el águila de fuego). Otros consideran que la Señora se presentó como “Tequatlasupe”, (la que aplasta la cabeza de la serpiente). Esta última etimología es de gran interés pues en la época se sentía gran devoción por la diosa Coatlicue, deidad terrestre de la vida y de la muerte, de la tierra y la fertilidad, su nombre significa La de la Falda de Serpientes.

A Coatlicue se la representaba como a una mujer usando una falda de serpientes y portando un collar de corazones, arrancados de las víctimas de los sacrificios, pues era diosa que exigía muchos de ellos (según ciertas versiones). Tenía garras afiladas en las manos y los pies. La diosa, como es habitual en la mitología azteca y en las diversas cosmologías precolombinas, resultaba ser dual. En ocasiones, se mostraba su lado más sombrío representándosela con la mitad de su rostro de mujer y la otra mitad como un cráneo descarnado. Ello sería muestra de la descomposición y degradación de la tierra fértil antes de que diera sus frutos: dos caras del mismo concepto, la inseparable unión entre la vida y la muerte. Además, se trata de la parte femenina de la dualidad universal: Quetzalcoatl/Cihuacoatl, o mujer serpiente.

Igualmente, los antiguos aztecas veneraron a Quetzalcóatl, el dios serpiente de los antiguos mexicanos. El que llegara una nueva Virgen, aplastadora de serpientes, era de gran conveniencia para los españoles por la doble significación que ello entrañaría: por un lado, la nueva imagen sería la sustituta y vencedora de los antiguos dioses paganos y, por otro, casa con la imagen de la Virgen cristiana, victoriosa frente al pecado.

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La Virgen de Guadalupe de Cáceres.

En Extremadura, entre Villuercas y Altamiras, se encuentra el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, santuario en el que se halla la pequeña talla que representa a la Virgen de Guadalupe, Patrona de Extremadura (desde 1907, año en el que el Papa Pío X declaró su patronato sobre la Región de Extremadura) y Reina de las Españas.

El Monasterio, con sus siete siglos de historia (fue el 29 de octubre de 1389 cuando el rey Juan I fundó el priorato jeronimiano de Guadalupe a donde envió a Fray Fernando Yánez con treinta monjes, quienes permanecieron hasta 1835, en que fue abandonado, produciéndose el relevo en la custodia por los franciscanos, en 1908) fue calificado, en 1993, como Patrimonio de la Humanidad.

El lugar gira en torno a la imagen de la Virgen de Guadalupe hacia la que los habitantes peninsulares siempre mostraron gran devoción, especialmente, durante los siglos XIV y XV, siglos cenit del culto que tuvo un momento culminante cuando Cristóbal Colón se postró ante los pies de la Virgen.

Cabe decir que el santuario siempre ha estado muy ligado a los diversos monarcas castellanos quienes, de paso a la vecina Portugal, solían detenerse en el monasterio para hospedarse y rendir culto a la célebre estatua de la Virgen, aunque tampoco faltaban las visitas por meras cuestiones religiosas y de culto.

Así pues, el lugar no es sólo de gran interés por cuestiones religiosas sino que su archivo y biblioteca son, igualmente, una verdadera fuente para el conocimiento de la historia del Reino de Castilla y, posteriormente, del Imperio Español. Por todo ello, el monasterio está ligado a los grandes personajes de la historia española como es el caso de Alfonso XI, Los Reyes Católicos, el Cardenal Cisneros, El Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba y Aguilar… durante los siglos XIV, XV y XVI.

La leyenda de la reaparición de la talla de la Virgen de Guadalupe, como veremos, está muy ligada a los conflictos y enfrentamientos permanentes que los castellanos y levantinos tenían con los musulmanes de Al-Andalus. Así, la historia del monasterio está estrechamente relacionada con aquellos monarcas que buscaban, en el lugar, la protección divina frente a las campañas militares que se aproximaban contra los musulmanes.

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