Edward Sa’id, verdadero intelectual palestino

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Edward Sa’id

El mundo árabe parece no hallar paz. Por estos días es otra vez sacudido por nuevas convulsiones, promovidas por la estupidez y la importunidad de un video que ridiculiza al Profeta Muhammad (BPD) y el Islam. Por supuesto que hay ciertas reacciones que se van de cauce, pero todo el que ejerce la opinión pública debe tener el sentido de la responsabilidad y la sensatez para ser constructivo más que inflamatorio. Por eso quiero traer al recuerdo a un pensador palestino que hizo mucho para que en el occidente se conociera en su más exacta dimensión la cultura oriental y, desde allí, promover la mejor voluntad de comprensión, entendimiento y respeto. Me refiero al ensayista, crítico y politólogo Edward Sa’id, de cuya muerte se cumplirán nueve años el próximo 25 de septiembre.

El reconocido intelectual nació en Jerusalén en 1935, en la tierra que le daría argumento y sostén para su obra, Palestina. Se educó en el Colegio Victoria del Cairo y luego en la Escuela Mount Hermon de Massachussetts. Posteriormente hizo estudios en las universidades de Princeton y Harvard. Devino así profesor de literaturas comparadas y musicólogo. Enseñó en las universidades de Harvard, Stamford y John Hopkins. Al morir impartía docencia en la Universidad de Columbia. Hombre de pensamiento antidogmático, de amplia cultura y decidida postura humanística, Sa’id se fue labrando un prestigio en el mundo completo por la inteligencia y profundidad de sus escritos basados en investigaciones acuciosas. De allí salieron sus numerosos artículos y libros. Vale destacar de entre estos últimos: Joseph Conrad y la ficción de la autobiografía, La cuestión palestina, Literatura y sociedad, El mundo, el texto y el crítico, Elaboraciones musicales, Representaciones del intelectual y, sobre todo, esa suerte de mapa que traza el devenir de un concepto así como su crítica dialéctica que es Orientalismo, publicado por primera vez en 1978. Sa’id había recibido múltiples reconocimientos internacionales, entre los que sobresalen el Premio Bowdoin de la Universidad de Harvard, en 1976, el Lionell Trilling, de 1994 y, recientemente, el Príncipe de Asturias 2002, compartido con el director de orquesta argentino de origen judío, Daniel Barenboim, en un gesto simbólico. Había formado parte del parlamento palestino en el exilio hasta 1991. Se oponía a la violencia y a cualquier pretendida supremacía. Hombre sumamente agudo y polémico, era a la vez un excelente amigo que sabía entretener a sus visitantes tocando el piano, lo que hacía magistralmente.

El tema central de las reflexiones e indagaciones de Sa’id fue principalmente el mundo árabe. Era un estudioso de la historia, la cultura, las manifestaciones artísticas y literarias, así como la política de ese ámbito. No dejaba de inquietarse por el futuro de un espacio, Palestina, y una ciudad, Jerusalén, que amaba hasta el dolor. De esas interminables horas de estudio y meditación salieron las tesis que expone en sus libros. Un elemento esencial era su concepto de que, «Palestina no es sitio de un solo pueblo, sino de dos». Por ello sostenía que sólo un arreglo que posibilitara la convivencia armónica de los pueblos judío y árabe en esa zona, podía ser promisorio. Aquella es una tierra recalentada por arduas disputas que surgen, más que de sus riquezas materiales, de su historia. Esto lo movía a afirmar, «No tenemos recursos naturales en Palestina, producimos religiones», con esto caracterizaba a la cuna de las tres grandes religiones monoteístas que hallan nido allí, el judaísmo, el cristianismo y el Islam.

En su obra central, Orientalismo, analiza la historia del concepto y cómo el mismo ha sido elaborado por visiones no siempre reales ni integrales. Esto trajo como consecuencia que críticos extremistas plantearan que el autor se dedicaba a confrontar el Oriente y el Occidente, como una dúo de víctima y victimario. Él se encargó de desmentir y fundamentar su real tesis, con la probidad y el talento que lo animaban. Decía: «Mi objeción a lo que he denominado orientalismo no es que este sea el estudio anticuario de las lenguas, sociedades y pueblos orientales, sino que como sistema de pensamiento, aborda una realidad humana heterogénea, dinámica y compleja, desde una perspectiva apriorística acrítica. Esto indica a la vez una resistente realidad oriental y una esencia opuesta y no menos resistente esencia occidental, la cual observa el Oriente desde lejos y, por así decirlo, desde arriba». Señalaba el poco tino o la malintencionada aproximación analítica a su libro: «Orientalismo ha sido más frecuentemente considerado como un tipo de testimonio de un status subalterno —los miserables de la tierra que replican— antes que una crítica multicultural del poder que utiliza el conocimiento para promoverse a sí mismo».

Ambos, los occidentales y los árabes, sintieron que de alguna manera el libro los ofendía. Los primeros por ser responsables de un concepto erróneo, vinculado a su colonialismo, los segundos por entender que era una visión desasida del mundo árabe, más bien defensiva desde el punto de vista occidental. Sa’id consideraba esta última reacción como «un indicativo exacto de cómo décadas de pérdida, frustración y ausencia de democracia han afectado la vida intelectual y cultural en la región árabe». El autor se encargó de establecer el fiel de su lógica: «Quise que los lectores utilizarán mi trabajo de manera que pudieran elaborar nuevos estudios propios que iluminaran la experiencia histórica de los árabes y de otros en un modo generoso y posibilitador». Muy importante era su oposición a actitudes tendientes a exponer la especificidad única, no contaminada, de un pueblo. Tal principio lleva a Huntington a proponer la tesis de «choque de civilizaciones». Sa’id se opone a ella pues suscribe la imposibilidad de civilizaciones cerradas y puras. Señala: «Esto es absurdo pues uno de los grandes avances de la teoría de la cultura contemporánea es el reconocimiento, prácticamente reconocido universalmente, de que las culturas son híbridas y heterogéneas y… que las culturas y las civilizaciones son tan interrelacionadas e interdependientes como para impedir cualquier descripción unitaria o simplista de su individualidad». Tal credo democrático y abierto de Sa’id sustenta su visión de que sólo el diálogo, la confianza y la negociación pueden evitar los conflictos. Las tesis de Sa’id se encaminan hacia la apertura y la relación, dinamitan los poderes que se alzan sobre pretendidas «purezas» —ideológicas, religiosas, culturales, raciales, etc. — y preconizan un mundo donde no prevalezcan las relaciones de dominación sino de comunicación.

La muerte de Edward Sa’id, a los 67 años de una leucemia fulminante, privó al mundo árabe de uno de sus mejores exegetas y, a todos, de un intelectual con voz de horizontes perspectivos y necesarios en la conformación de un ámbito árabe de paz y concordia.

Por Manuel García Verdecia

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