Espíritu sin nombre, indefinible esencia – Gustavo Adolfo Bécquer

 

Gustavo Adolfo Bécquer
Gustavo Adolfo Bécquer

En el laúd soy nota,

perfume en la violeta,

fugaz llama en las tumbas

y en las ruinas yedra.

Gustavo Adolfo Bécquer,uno de los poetas más relevantes de la literatura española nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836, hijo del pintor José Domínguez Insausti, que firmaba sus cuadros con el apellido de sus antepasados como José Domínguez Bécquer. Su madre fue Joaquina Bastida Vargas. Por el lado paterno descendía de una noble familia de comerciantes de origen flamenco, los Becker o Bécquer, establecida en la capital andaluza en el siglo XVI; de su prestigio da testimonio el hecho de que poseyeran capilla y sepultura en la catedral misma desde 1622. Tanto Gustavo Adolfo como su hermano, el pintor Valeriano Bécquer, también adoptaron Bécquer como primer apellido en la firma de sus obras.

Bécquer quedó huérfano muy pequeño , siendo protegido por su madrina de bautizo . Sin embargo a la edad de diecisiete años dejó su tutela y la buena posición que ésta le proporcionaba para viajar a Madrid en busca de fortuna a través del campo de las letras que se le daba con facilidad.

Como es conocido, no era fácil subsistir de la literatura y paradójicamente, Bécquer que deseaba encontrar fortuna se enfrentó a la escasez , por lo que se vio obligado a servir de escribiente en la Dirección de Bienes Nacionales , donde su habilidad para el dibujo era admirada por sus compañeros,  motivo por el que fue cesado al ser sorprendido por el Director realizando dibujos de escenas de Shakespeare. De este modo volvió Gustavo a vivir de sus artículos literarios que eran entonces de poca demanda por lo que alternó esta actividad con la creación de pinturas al fresco.

Tiempo después encontró una plaza en la redacción de “El Contemporáneo” y fue entonces que escribió la mayoría de sus leyendas y las “Cartas desde mi celda”. En 1862 llegó a vivir con Bécquer su hermano Valeriano, célebre en Sevilla por su producción pictórica pero no por éso más afortunado que Gustavo, y juntos vivieron al día, uno traduciendo novelas o escribiendo artículos y el otro dibujando y pintando a destajo; mucho les costó a los hermanos salir adelante de su infortunio y con el tiempo lograron ambos una modesta estabilidad que les permitía a uno retratar por obsequio y al otro escribir una oda por entusiasmo.

Como legado para la literatura del mundo, Gustavo Adolfo Bécquer dejó sus “Rimas” a través de las cuales deja ver lo melancólico y atormentado de su vida; en el género de las leyendas escribió la célebre “Maese Pérez el Organista”, “Los ojos verdes”, “Las hojas secas” y “La rosa de pasión” entre varias otras. Escribió esbozos y ensayos como “La mujer de piedra”, “La noche de difuntos”, “Un Drama” y “El aderezo de esmeraldas” entre una variedad similar a la de sus leyendas. Hizo descripciones de “La basílica de Santa Leocadia”, el “Solar de la Casa del Cid” y el “Enterramiento de Garcilaso de la Vega”, entre otras. Por último, dentro del costumbrismo o folklor español escribió “Los dos Compadres”, “Las jugadoras”, la “Semana Santa en Toledo”, “El café de Fornos” y otras más.

En septiembre de 1870 dejó de existir Valeriano, duro golpe para Gustavo, que pronto enfermó sin ningún síntoma preciso, de pulmonía que se convirtió luego en hepatitis para tornarse en una pericarditis que pronto terminaría  con su vida el 22 de diciembre de ese mismo año.

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La noticia de la muerte de Gustavo Adolfo Bécquer en Gil Blas, 328 (25-XII-1870). Fotografía de Rafael Montesinos.

Gustavo Adolfo Bécquer, fue un hombre de múltiples contradicciones. Sus escritos reflejan el esfuerzo por encontrar, a través de la palabra, la síntesis de un universo dividido entre el sueño y la razón.

En contacto permanente con el mundo de la pintura y gran conocedor de la música, este sevillano concibe todas las bellas artes como manifestaciones de un único sentimiento entusiasta. De ahí la suavidad y universalidad de composiciones literarias  como fueron las Rimas.

Todas las Rimas de Bécquer se podían cantar tranquila y perfectamente por seguiriyas. En Melilla, en 1974, Alfredo Arrebola había organizado un recital de cante jondo, por lo que las rimas V, XI, XVII, XIX, XXIX, LX y LXI de Bécquer se adaptaron a los diversos cantes flamencos. Tal interpretación musical pudo hacerse debido en parte al predominio en la obra poética de Bécquer de elementos característicos también de los cantes flamencos, como son la rima asonante y los versos octosílabos, heptasílabos, sexasílabos, pentasílabos, etc. Pero paralelos externos como estos últimos no hubiesen bastado por sí solos para que la interpretación de Arrebola fuese convincente; para este efecto importaba mucho más esa otra semejanza que se da entre el alma del cante flamenco y la de la lírica becqueriana, a la que alude el mismo cantor al afirmar que la obra de Bécquer es “«una poesía hondamente esencial»”.

Ahora bien, esta esencia de la poesía que encuentra el intérprete del cante popular en el verso becqueriano, resulta claro que es lo mismo que “«la síntesis de la poesía»” que Bécquer encuentra en el verso del pueblo. Y esta «síntesis» popular, sirviendo como modelo, lleva en las Rimas a una nueva manifestación parcialmente popularizada del carácter intuitivo que es, por otra parte, tan fundamental a lo largo de todo el poemario de Bécquer; manifestación que también en el delicado poeta de himnos alados toma la forma de sorprendentes metáforas autónomas que atraen menos por lo que nos comunican sobre el aparente objeto de la descripción, que por lo que insinúan en sí independientemente de cualquier consciente propósito descriptivo.

V

Espíritu sin nombre,

indefinible esencia,

yo vivo con la vida

sin formas de la idea.

Yo nado en el vacío,

del sol tiemblo en la hoguera,

palpito entre las sombras

y floto con las nieblas.

Yo soy el fleco de oro

de la lejana estrella,

yo soy de la alta luna

la luz tibia y serena.

Yo soy la ardiente nube

que en el ocaso ondea,

yo soy del astro errante

la luminosa estela.

Yo soy nieve en las cumbres,

soy fuego en las arenas,

azul onda en los mares,

y espuma en las riberas.

En el laúd soy nota,

perfume en la violeta,

fugaz llama en las tumbas

y en las ruinas yedra.

Yo atrueno en el torrente

y silbo en la centella,

y ciego en el relámpago

y rujo en la tormenta.

Yo río en los alcores,

susurro en la alta yerba,

suspiro en la onda pura

y lloro en la hoja seca.

Yo ondulo con los átomos

del humo que se eleva

y al cielo lento sube

en espiral inmensa.

Yo, en los dorados hilos

que los insectos cuelgan,

me mezco entre los árboles

en la ardorosa siesta.

Yo corro tras las ninfas

que en la corriente fresca

del cristalino arroyo

desnudas juguetean.

Yo, en bosque de corales

que alfombran blancas perlas,

persigo en el océano

las náyades ligeras.

Yo, en las cavernas cóncavas

do el sol nunca penetra,

mezclándome a los gnomos,

contemplo sus riquezas.

Yo busco de los siglos

las ya borradas huellas,

y sé de esos imperios

de que ni el nombre queda.

Yo sigo en raudo vértigo

los mundos que voltean,

y mi pupila abarca

la creación entera.

Yo sé de esas regiones

a do un rumor no llega,

y donde informes astros

de vida un soplo esperan.

Yo soy sobre el abismo

el puente que atraviesa,

yo soy la ignota escala

que el cielo une a la tierra.

Yo soy el invisible

anillo que sujeta

el mundo de la forma

al mundo de la idea.

Yo en fin soy ese espíritu,

desconocida esencia,

perfume misterioso

de que es vaso el poeta.

 

Referencias :

Obra Flamenca de Ricardo Molina

Las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer de Rusell. P Sebold

Por Victoria Yapur

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