Las benéficas cualidades del vino

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El consumo, cotidiano y moderado, de vino, especialmente tinto, es provechoso para la salud

Desde hace por lo menos treinta y cinco siglos que los hombres se han servido del vino para mitigar algunas enfermedades. De aquellos lejanos días es la antigüedad del Papiro de Ebers, donde aparecen recetas en las cuales interviene el vino. Ya en épocas más recientes las investigaciones clínicas ponen de manifiesto las propiedades del vino tinto en el organismo humano.

Es la penicilina la que cura a los hombres,

pero es el vino el que los hace felices

Si la penicilina puede curar a los enfermos,

el jerez español puede resucitar a los muertos.

Alexander Fleming (1881-1955)

El efecto salutífero del vino

Comenzaré por mencionar que la palabra salutífero proviene del latín salutifer, que significa “lo que sirve para conservar o preservar la salud corporal”, en tanto que el vocablo salud, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, hace referencia a “la condición de todo ser vivo que goza de absoluto bienestar tanto a nivel físico como mental y social”.

Uno de los tratados médicos más antiguos que se conocen es el llamado Papiro de Ebers, redactado en Egipto aproximadamente mil quinientos años antes de nuestra era. En esos días reinaba el Faraón Amenofis I o bien su hijo Tutmosis I, ambos de la Dinastía XVIII. Tiene, por lo tanto, tres mil quinientos años. Allí aparecen 825 prescripciones medicinales en las cuales el vino figura como sustancia principal.

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Hipócrates, quien vivió en Grecia entre los siglos quinto y cuarto antes de Cristo (460-379) es considerado el “Padre de la Medicina”, y a él se atribuye la autoría de la obra Tratados Hipocráticos (Corpum Hipocraticum), donde quedan recogidas 381 menciones al vino como componente de diversas preparaciones medicamentosas. La frase “El vino es cosa maravillosamente apropiada al hombre si, en salud como en enfermedad, se le administra con tino y medida”, resume el juicio que ese médico tenía de las propiedades del vino.

Algún tiempo más tarde, en el siglo primero de nuestra era, se instalaron en Roma los médicos griegos que hicieron suyo el método terapéutico de servirse del vino como atinada medicina para diversas enfermedades. Fueron conocidos como phisikos oinodotes, y consideraban a Asclepiades (Esculapio), el dios de la medicina, como su guía y mentor.

En las Sagradas Escrituras se hace mención en 242 ocasiones al vino, encomiando, en las más de las ocasiones, sus benéficas cualidades. En el Antiguo Testamento hay doscientas dos referencias, en tanto que en el Nuevo Testamento aparecen cuarenta. En el libro llamado “Eclesiástico”, se lee que “el vino fortalece si es bebido con moderación”. En dicha obra de la Biblia se consigna, igualmente, la frase siguiente: “Alegría del corazón y bienestar del alma es el vino bebido a tiempo y con sobriedad”. Y en el Talmud (una compilación de diversos escritos –la piedra fundamental para los judíos ortodoxos— que se remonta al siglo III después de Cristo) se asienta que “el vino nutre, refresca el alma. Donde falta el vino se hacen necesarias las medicinas”.

Siglos después, durante la era bizantina ––entre las centurias IV y VII de nuestra era—, la escuela médica de Galeno preconizaba las virtudes salutíferas del vino en diversas enfermedades. La medicina árabe, con Rhazes (Mahamed-Abu-Bekr-Ibn-Zacarías, 865-925), Abulcasis (Abu al Qasim, ca. 936-1013), y Avicena (Abu Ali al-Husayn ibn Sina (980-1037), como luminosos faros humanísticos que hicieron de la ciudad de Córdoba, en España, el centro del saber en Occidente, reiteró las enseñanzas de Hipócrates y de Maimónides, entre varios otros, exaltando las propiedades medicinales del vino. Avicena, una de las más brillantes figuras de la medicina árabe, aconsejaba “beber vino bueno y de buen color”, dentro de lo que él denominó “Método para la conservación de la salud”.

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Ya luego vendría la Escuela Médica de Salerno, establecida en el siglo IX, y cuyo apogeo se registró entre los siglos X y XIII, la cual también enfatizaría en las cualidades altamente provechosas del vino, empleado en diferentes formas terapéuticas. En el documento llamado Regimene Sanitatis Salernitanum se menciona al vino como efectivo agente medicinal. Y en dicho Código de Salud, quedó establecido que “el vino maduro, de buena calidad, mejora la sangre de quien diariamente lo bebe”.

De la misma manera, en muchos otros libros de medicina, de los siglos subsecuentes, quedó asentado que el vino constituía un poderoso medicamento, en extremo efectivo para tratar múltiples patologías orgánicas. Entre muchísimos médicos –-una verdadera pléyade de hombres de ciencia– quiero destacar que Alexander Fleming, médico británico nacido en Escocia, quien fue el descubridor de la penicilina, señaló que “la penicilina cura a los seres humanos, pero el vino puede hacerlos felices”. En tanto que el doctor William Osler, médico canadiense, señaló que “el vino es nuestro medicamento más preciado: es la leche de la vejez”.

En nuestros días, en las dos décadas más reciente, aquellas de los años transcurridos entre 1991 y el año en curso, se han multiplicado las comunicaciones científicas en torno al efecto salutífero del vino. Carlos Delgado, autor hispano, consigna en su obra Libro del Vino que el vino contiene nada menos que 235 constituyentes, y allí recoge el comentario del Dr. Epstein, experto de la Organización Mundial de la Salud, quien demostró estadísticamente que la incidencia del infarto cardíaco, como consecuencia de la arterioesclerosis, era más baja en los países que consumían preferentemente bebidas de baja graduación alcohólica, como el vino.

En otra fuente de información leí que el vino está compuesto por un 10-15% de alcohol etílico y un 85-90% de agua, y contiene más de seiscientos componentes químicos, entre los cuales los más importantes —desde el punto de vista de su saludable efecto en el organismo humano, especialmente sobre el sistema cardiovascular— son los polifenoles, (quercetina, rutina, catequina y epicantina y el resveratrol), y los flavonoides (antocioanos).

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