María Magdalena – Mensajera de la resurrección

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. “Nadie niega a Dios, sino aquel a quien le conviene que Dios no exista”  

San Agustín

Los datos que nos ofrecen los evangelios son escuetos. Lc 8,2 nos informa que entre las mujeres que seguían a Jesús y le asistían con sus bienes estaba María Magdalena, es decir, una mujer llamada María, que era oriunda de Migdal Nunayah, en griego Tariquea, una pequeña población junto al lago de Galilea, a 5,5 km al norte de Tiberias. De ella Jesús había expulsado siete demonios (Lc 8,2; Mc 16,9), que es lo mismo que decir “todos los demonios”.

La expresión puede entenderse como una posesión diabólica, pero también como una enfermedad del cuerpo o del espíritu. Los evangelios sinópticos la mencionan como la primera de un grupo de mujeres que contemplaron de lejos la crucifixión de Jesús (Mc 15,40-41 y par.) y que se quedaron sentadas frente al sepulcro (Mt 27,61) mientras sepultaban a Jesús (Mc 15,47). Señalan que en la madrugada del día después del sábado María Magdalena y otras mujeres volvieron al sepulcro a ungir el cuerpo con los aromas que habían comprado (Mc 16,1-7 y par); entonces un ángel les comunica que Jesús ha resucitado y les encarga ir a comunicarlo a los discípulos (cf. Mc 16,1-7 y par).

Los evangelios la mencionan como la primera de un grupo de mujeres que contemplaron la crucifixión de Jesús y que se quedaron sentadas frente al sepulcro mientras era sepultado. San Juan presenta los mismos datos con pequeñas variantes. María Magdalena está junto a la Virgen María al pie de la cruz (Jn 19,25).

Después del sábado, cuando todavía era de noche se acerca al sepulcro, ve la losa quitada y avisa a Pedro, pensando que alguien había robado el cuerpo de Jesús (Jn 20,1-2). De vuelta al sepulcro se queda llorando y se encuentra con Jesús resucitado, quien le encarga anunciar a los discípulos su vuelta al Padre (Jn 20,11-18). Esa es su gloria. Por eso, la tradición de la Iglesia la ha llamado en Oriente “isapóstolos” (igual que un apóstol) y en Occidente “apostola apostolorum” (apóstol de apóstoles). En Oriente hay una tradición que dice que fue enterrada en Éfeso y que sus reliquias fueron llevadas a Constantinopla en el siglo IX.

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Durante las últimas décadas se está produciendo un fuerte movimiento de recuperación de la figura de María Magdalena por parte de especialistas del Nuevo Testamento, preferentemente mujeres, que leen los textos en perspectiva de género, de historiadores e historiadoras, que llevan a cabo una reconstrucción no patriarcal de los primeros siglos del cristianismo, y de la teología feminista, con su lúcida y certera hermenéutica de la sospecha. Papel fundamental han desempeñado en esta recuperación los evangelios llamados apócrifos, sobre todo los de carácter gnóstico, entre los que cabe citar el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, el Evangelio de María y Pistis Sophia.

Están influyendo también, y de manera decisiva, al menos en el imaginario religioso y social, algunas obras de ficción centradas en la relación amorosa entre Jesús y María Magdalena, sobre la que muy poco dicen los textos y casi todo es producto de la imaginación. Entre ellas cabe destacar la novela del escritor griego Nikos Kazantzakis (1885- 1957) La última tentación, de gran calidad literaria, llevada al cine bajo la dirección de Martin Scorsese, y más recientemente El código Da Vinci, también convertida en película que acaba de estrenarse y que está provocando un alud de condenas por parte de instituciones católicas y del propio Vaticano.

Las actuales investigaciones sociológicas, de historia social, de antropología cultural y hermenéutica feminista sobre los orígenes del cristianismo sitúan el grupo de seguidores y seguidoras de Jesús en el horizonte de los movimientos de renovación del judaísmo del siglo I, junto con los esenios, terapeutas, penitenciales y otros. Lo ubican asimismo dentro de los movimientos que lucharon contra la explotación patriarcal en las distintas culturas: griega, romana, asiática y judía. En la historia de Palestina hubo intensas luchas protagonizadas por mujeres que desempeñaron un papel político y cultural muy importante.

Las primeras seguidoras de Jesús eran mujeres galileas que se reunían para comidas comunes, eventos de oración y encuentros de reflexión religiosa con el sueño de liberar a toda mujer . Fue precisamente esa corriente emancipatoria del dominio patriarcal la que posibilitó el nacimiento del movimiento de Jesús como discipulado igualitario de hombres y mujeres, en el que éstas desempeñaron un papel central y no puramente periférico. La presencia y el protagonismo de las mujeres en dicho movimiento, fue de la mayor importancia para la praxis de solidaridad desde abajo. Su actividad fue determinante para que el movimiento de Jesús continuara después de la ejecución del fundador y se extendiera fuera del entorno judío.

Las diferentes tradiciones evangélicas coinciden en señalar que estas mujeres fueron protagonistas en momentos fundamentales: al comienzo en Galilea, junto a la cruz en el Gólgota y en la resurrección como primeras testigos. La mayoría de las veces se citan tres nombres de mujeres dentro de un grupo femenino numeroso. Es la misma tendencia seguida en el caso de los varones (Pedro, Santiago y Juan). Con ello se pretende mostrar el lugar destacado que unas y otros ocupan en la comunidad.

La mujer que aparece casi siempre citada en primer lugar en el grupo de las amigas de Jesús es María Magdalena, que toma el nombre de su lugar de origen, Magdala, pequeña ciudad pesquera de la costa oriental del lago de Galilea, entre Cafarnaún y Tiberiades. Ella es discípula de primera hora, pertenece al grupo más cercano a Jesús, ocupa un lugar preeminente en él, hace el mismo camino que el Maestro hasta Jerusalén, comparte su proyecto de liberación y su destino. Las mujeres que siguen a Jesús suelen ser citadas en los evangelios en referencia a un varón; María Magdalena, no: una prueba más de su independencia de toda estructura patriarcal.

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La fidelidad o infidelidad a una causa y a una persona se demuestran cuando vienen mal dadas, en la hora de la persecución y del sufrimiento. Cuando Jesús es condenado a muerte, los discípulos varones huyen por temor a ser identificados como miembros de su movimiento y correr la misma suerte que él. Sólo las mujeres que le habían seguido desde Galilea le acompañan en el camino hacia el Gólgota y están a su lado en la cruz. Dentro del grupo de mujeres, los evangelios llamados sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) citan a María Magdalena en primer lugar. Ella funge como discípula fiel no de un Mesías triunfante, sino de un crucificado por subvertir el orden establecido tanto religioso como político.

Los distintos relatos evangélicos coinciden en presentar a las mujeres como testigos de la resurrección y a María Magdalena como la primera entre ellas. Es precisamente ella quien comunica la noticia a los discípulos, quienes reaccionan con incredulidad.

La Magdalena cumplió las tres condiciones para ser admitida en el grupo apostólico: haber seguido a Jesús desde Galilea, haber visto a Jesús resucitado y haber sido enviada por él a anunciar la resurrección. El reconocimiento de María Magdalena como primera testigo del Resucitado explica su protagonismo en el cristianismo primitivo, al mismo nivel que Pedro, e incluso mayor en algunas iglesias.

Sin embargo, en las cartas paulinas y otros escritos del Nuevo Testamento, el testimonio de las mujeres ya no aparece y María Magdalena es sustituida por Pedro. Ello se debe a que la Iglesia estaba empezando a someterse al dominio masculino, que muy pronto comenzó a suprimir el importante papel que Jesús encomendó a las mujeres.

El silenciamiento, por parte de Pablo y de otras tradiciones neotestamentarias, de la aparición de Jesús a María Magdalena y a otras mujeres llevó derechamente a la exclusión de éstas de los ámbitos de responsabilidad comunitaria. Más, a pesar de ese silencio, las mujeres constituyen la referencia indispensable de la transmisión del mensaje evangélico; más aún, el eslabón esencial para el nacimiento de la comunidad cristiana. Sin el testimonio de las mujeres, hoy no habría Iglesia cristiana.

En los diálogos de revelación de los evangelios apócrifos de tendencia gnóstica, María Magdalena aparece como interlocutora preferente de Cristo resucitado y hermana de Jesús, discípula predilecta y compañera del Salvador.

Esa posición privilegiada provoca celos en algunos apóstoles, especialmente en Pedro, quien, según el apócrifo Pisis Sophia, reacciona en estos términos: “Maestro, no podemos soportar a María Magdalena porque nos quita todas las ocasiones de hablar; en todo momento está preguntando y no nos deja intervenir”.

Apóstol de apóstoles es el título que da a María Magdalena Hipólito de Roma, quien no considera a las mujeres mentirosas, sino portadoras de la verdad, y las llama apóstoles de Cristo. En la misma línea se expresa san Jerónimo, quien reconoce a María Magdalena el privilegio de haber visto a Cristo resucitado “incluso antes que los apóstoles”.

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Sin embargo, con el proceso de patriarcalización, clericalización y jerarquización del cristianismo, María de Magdala fue relegada al olvido; más aún, representada como la penitente y la sirvienta de Jesús en agradecimiento por haber expulsado de ella los malos espíritus. Mejor suerte tuvo María de Nazaret, madre de Jesús, que fue declarada Madre de Dios, elevada a los altares y tratada casi con honores divinos.

Veinte siglos después se vuelve a hacer justicia a María Magdalena. Lo que falta es vencer las resistencias del pensamiento androcéntrico y de la organización patriarcal de la mayoría de las Iglesias cristianas, y recuperar en la práctica la tradición del movimiento de Jesús como discipulado de iguales, aunque no clónicos.

María Magdalena es quizás la figura más calumniada y malentendida desde el inicio de la Cristiandad. Desde el cuarto siglo, ha sido presentada como una prostituta y pecadora pública quién, después de encontrarse con Jesús, se arrepintió y pasó el resto de su vida en oración y penitencia.

En el mundo del arte y la hagiografía Cristiana, María ha sido increíblemente idealizada románticamente, simbolizada, y mistificada. Algunas de las pinturas históricas, son casi pornografía beata, presentándola como un epítome de sensualidad y espiritualidad. El efecto neto ha sido reforzar la desafortunada noción de que la sexualidad, especialmente la femenina, es algo vergonzoso, pecador y digno de arrepentimiento. El relato bíblico real de María Magdalena pinta un retrato muy diferente al de la reformada prostituta con los pechos desnudos del arte Renacentista.

En ningún lugar del evangelio se identifica a María como una pecadora o una prostituta. Al contrario, los cuatro Evangelios, la muestran como la primera testigo de los eventos Cristianos más centrales. Viajó con Jesús en el apostolado de Galilea y, con Joanna y Susana, apoyó la misión de Jesús con sus propios recursos económicos (San Lucas 8:1-3). En los Evangelios Sinópticos, María guía al grupo de mujeres a dar testimonio de la muerte y entierro de Jesús, la tumba vacía, y Su Resurrección.

En los Evangelios Sinópticos también se compara el abandono de Jesús por los discípulos con la fortaleza fiel de las discípulas, quienes, guiadas por María lo acompañan en esta muerte tan vergonzosa y agonizante. Algunos han atribuido la fidelidad de estas mujeres al hecho de que corrían menos riesgo de ser crucificadas. Sin embargo los eruditos bíblicos demuestran que los romanos crucificaron a mujeres e incluso a niños en su brutal y, tal como llegó a resultar, inútil intento de desanimar la insurrección.

Los eruditos consideran que el mensaje de la Resurrección encomendado primero a la mujer según el evangelio, es una de las pruebas más grandes de la historicidad del relato de la Resurrección. De acuerdo a la ley Judía, el testimonio de la mujer no se reconocía. Si los relatos sobre la Resurrección de Jesús fueran fabricados, nunca se hubiera incluido a la mujer como testigo.El nombre de María Magdalena aparece en los cuatro Evangelios como encabezando el grupo que descubrió la tumba vacía. Sin embargo, la identidad de las mujeres que la acompañaron varía de evangelio a evangelio. En San Mateo, Marcos y Lucas aparece María, la madre de Jaime y José. No obstante, San Marcos incluye a Salomé, mientras que San Lucas añade a Juana pero no a Salomé.

El evangelio de San Juan nombra solamente a María Magdalena como la primera en descubrir la tumba vacía. El autor San Juanista reporta que corrió a contarle a Pedro y a los demás quienes verificaron que efectivamente la tumba estaba vacía, y salieron. María se quedó, llorando, y recibe la primera aparición de Jesús resucitado. Algunos eruditos creen que solamente María Magdalena descubrió la tumba vacía. Dicen que el relato de San Juan, a pesar de que fue escrito después de los sinópticos, es actualmente uno de los primeros textos históricos.

Los cuatro evangelios fueron escritos para cuatro comunidades Cristianas dispares en un período de treinta a cuarenta años. El que se nombre a María Magdalena idénticamente en todos indica que fue reconocida por todos como la principal testigo de la Resurrección..

El Evangelio de San Juan también muestra al Cristo Resucitado enviando a María Magdalena a anunciar la Buena Nueva de su Resurrección a los otros discípulos. Esto hizo que los Padres de la Iglesia la nombraran “el apóstol de los apóstoles.” Los primeros escritos Cristianos sobre este tema, describen a comunidades de fe completas desarrollándose en el ministerio de María. Los eruditos creen que esto indica que era una líder mujer muy conocida a principios de la Cristiandad.

Entonces, ¿qué sucedió para que los cristianos del siglo XXI no hayamos nunca escuchado sobre la función que tuvo el fuerte liderazgo de María durante la vida de Jesús, y su importante liderazgo durante el comienzo de la Iglesia? Hay varias posibles explicaciones. Una es la común mala interpretación del Evangelio de San Lucas que nos dice que “de la que habían salido siete demonios” (San Lucas 8:1-3). Para los cristianos del primer siglo esto significaba solamente que María había sido curada de alguna enfermedad seria, no que era pecadora. Como no entendían muy bien las enfermedades internas, comúnmente se atribuían al trabajo de espíritus malos, sin que la presencia de tal enfermedad necesariamente estuviera asociada con el pecado. El número siete sólo simbolizaba una enfermedad grave o que era contagiosa.

Otra mala interpretación muchas veces es tratar de identificar a María Magdalena en los siglos IV y V como la “pecadora que amó mucho” como aparece en San Lucas 7:36-50. Esta mujer “de mala vida que vivía en el mismo pueblo” baña los pies de Jesús con sus lágrimas, los seca con su cabello, y derramó sobre ellos un perfume caro. Jesús alaba su gran amor y utiliza la ocasión para enseñarle a su anfitrión Simeón la naturaleza del perdón. Simeón nota que Jesús no sabía quién era la mujer.

La historia del discípulo Galileo (San Lucas 8:1-3) aparece inmediatamente después de este recuadro, por lo que algunos la han asociado equivocadamente con María, “de la que habían salido siete demonios” con la mujer arrepentida. Sin embargo algunos estudiosos bíblicos consideran que es poco probable de que se nombre a Magdalena en San Lucas 8:1-3 y que sin embargo no se identifique en el texto anterior.

Otra posible si bien dolorosa explicación es que en los siglos III y IV, los líderes masculinos de la Iglesia trataron con éxito de oprimir el liderazgo equitativo de las discípulas. La comunidad Cristiana se encontraba en medio de un conflicto cultural al cambiar su veneración en hogares iglesias donde el liderazgo de la mujer era aceptado y se sentía como algo apropiado, a venerar en lugares públicos donde el liderazgo de la mujer se consideraba inapropiado y vergonzoso. Las Iglesias Montanistas y Valencianas que tenían líderes masculinos y femeninos, eventualmente se suprimieron. Los eruditos dicen que las comunidades Montanistas y Valencianas eran ortodoxas y que fueron suprimidas no porque sus enseñanzas eran heréticas, sino porque las mujeres al igual que los hombres participaban en liderazgo.

Durante esta misma etapa vemos la memoria de María Magdalena cambiar de una discípula fuerte y proclamadora de la Resurrección a una prostituta y pecadora pública arrepentida. Algunos eruditos hipotéticamente dicen que eso se hizo para minimizar la poderosa función de liderazgo de la mujer en los Evangelios, y de esta forma desanimar el liderazgo femenino de la Iglesia en los Siglos III y IV. La identificación final de María como una pecadora reformada públicamente logró una postura oficial en las homilías del Papa Gregorio el Grande (540-604).

La identificación de Gregorio hacia María como una pecadora sexual arrepentida apelaba a la imaginación popular y estaba orientada a reconstruir su historia en las Escrituras. Con el tiempo fue borrándose el recuerdo de muchas mujeres amigas de Jesús. El dulce ungimiento de María de Betani antes de la pasión de Jesús estuvo unida al de la mujer “de mala reputación” cuyas lágrimas bañaron y ungieron los pies de Jesús en la casa de Simeón. Los textos de ungimiento se unieron en uno genérico de la mujer pecadora, “Magdalena.” De ahí en adelante, María Magdalena no se llegó a conocer en la historia como una mujer líder fuerte que amó a Jesús durante una muerte aterradora, que fue la primera testigo de su Resurrección y que proclamó al Salvador Resucitado en las primeras iglesias, sino como una mujer sensual que necesitaba arrepentirse y que vivía escondida (y se esperaba que también de silencio) en penitencia.

Agradecidamente, los eruditos del siglo XX han restaurado el testimonio que nos dio una mujer fuerte que fue María Magdalena. Se espera que dos mil años de malas interpretaciones sean restituidos. María Magdalena nuevamente vuelva a convertirse en el modelo ejemplar para las discípulas del siglo XI que fue para aquellos quienes dieron testimonio al Cristo Resucitado en los orígenes de la Cristiandad.

“Yo —dijo— vi al Señor en una visión y le dije: «Señor, hoy te he visto en una visión». Él respondió y me dijo: «Bienaventurada eres, pues no te has turbado al Verme, pues allí donde está el Intelecto, allí está el tesoro». Yo le dije: «Señor, ahora, el que ve la visión ¿la ve en alma o en espíritu?». El Salvador respondió y dijo: «No la ve ni en alma ni en espíritu, sino que es el Intelecto que se halla en medio de ellos el que ve la visión, […] “. Palabras de María Magdalena

Referencias

V. Saxer, Maria Maddalena, en Biblioteca Sanctorum VIII, Roma 1966, 1078-1104; M.

Frenschkowski, “Maria Magdalena”, en Biographisch-Bibliographischen Kirchenlexikons.

Fiorenza, ES. “Feminist Theology as Critical Theology of Liberation.”Theological Studies, 1975.

Haskins, Susan. Mary Magdalen, Myth and Metaphor, NY: Harcourt-Brace 1993.

Housley, Kathleen. “Solid Citizen or Prostitute – Two Millennia of Misinformation: Dialog, Fall, 1998

Kitzberger, Ingrid Rose. ” Mary of Bethany and Mary of Magdala” New Testament Studies, Oct. 1993.

White, Elena de La Fiesta en la Casa de Simón

Tamayo Juan José director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid, y autor de Nuevo diccionario de teología (Trotta. Madrid, 2005).

Fragmentos de textos elaborados por un equipo de profesores de Teología de la Universidad de Navarra dirigidos por Francisco Varo.

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De nueve sílabas

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Nueve son los Señores del Tiempo; nueve, los Infiernos bajo la Tierra, los Bolontikú, y nueve es el número irreductible en el fondo del Kin, del Batún, del Katún y del Uinal, dirían los viejos sacerdotes mayas, que están de moda. Nueve dedos posee el Mono de Nazca. Nueve es el temple del arcano con el signo de Virgo. Nueve es el sitial del extranjero y la puerta de la evasión, aunque el año nono cierra y termina ciclos. Nueve es el cuerpo sutil que tiene la cualidad de la calma, y es llamado “el perfecto” porque nunca se destruye.

Se le considera, además, el número de las esferas. En el Tarot está asociado al ermitaño que busca el conocimiento pero es también el IX de Espadas, carta oscura y angustiosa que sugiere el dolor tangencial: en ella las armas son el fondo de una mujer sentada en el lecho y con la cara entre las manos tras despertar de una pesadilla. Si bien el nueve no es primo, los matemáticos lo consideran un número defectivo o deficiente, porque es mayor que la suma de sus divisores propios:

1 +3 = 4 y 4 < 9

 Cuando se traslada al ámbito de la métrica, y se trabaja con esta medida para crear conjuntos silábicos, tenemos al eneasílabo, el metro más sombrío del español, y uno de los más endiablados. Lo cultivaron Espronceda, Darío y, en tiempos menos antediluvianos, Neruda, en Estravagario y recopilaciones posteriores.

Marcelino Menéndez y Pelayo consideraba que es un verso “duro, ingrato, desapacible al oído y, por lo mismo, muy poco usado” y lo clasificaba en tres cajones de su propia invención: iriartinos, por los que compuso el fabulista de nombre Tomás, esproncedaicos, por los de José de Espronceda, y laverdaicos, en honor a un tal Gumersindo Laverde, poeta, ensayista y burócrata, y cuatísimo de don Marcelino. Una de las fábulas de Iriarte, “El manguito, el abanico y el quitasol”, dice:

Sobre una mesa cierto día

dando estaba conversación

a un Abanico y a un Manguito

un Paraguas o Quitasol;

y en la lengua que en otro tiempo

con la Olla el Caldero habló,

a sus dos compañeros dijo:

“¡Oh, qué buenas alhajas sois!”

El santanderino consideró que “estos versos, sin otro acento que el de la octava, son durísimos, poco o nada cadenciosos, y no resisten la prueba de la lectura. Por eso han sido justamente abandonados en toda composición escrita para ser leída. Pero ayudados de la música llegan a ser tolerables, y por tal razón, es frecuente su uso en los cantables de las zarzuelas”.

Antonio Alatorre, en uno de sus ensayos sobre arte poética, hurgó en los orígenes de este metro en nuestro idioma y lo halló, incrustado entre versos de otras medidas, a partir del siglo XV. Alatorre no halló más que “un ‘cantar’ incrustado en una ‘canción’”, en Don Gil de las calzas verdes de Tirso de Molina:

Borbollicos hacen las aguas

cuando ven a mi bien pasar;

cantan, brincan, bullen y corren

entre conchas de coral;

y los pájaros dejan sus nidos,

y en las ramas del arrayán

vuelan, cruzan, saltan y pican

toronjil, muerta y azahar.

Concluyó el estudioso que el metro de nueve, como ocurre con el de cinco, “nunca se halla en la poesía castellana antigua con el carácter de verso autónomo que tuvo en la provenzal y en la catalana”. Tendré que ver qué dice Pedro Henríquez Ureña en su artículo “La versificación irregular en la poesía castellana”, en donde el sabio dominicano aportó “abundantes datos sobre la historia del eneasílabo y sobre su uso por los poetas cultos”. La cita es de Francisco Márquez Villanueva. Hasta ahora no he conseguido el texto original.

Gabriel Zaíd apuntó que el eneasílabo “no parece natural en español” y que hasta la “Canción de otoño en primavera” de Darío “tiene música arisca”. Juzguen:

Juventud, divino tesoro

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro,

y a veces lloro sin querer.

Según Zaíd, este metro “es uno de los más antiguos en español”, y para probar su dicho nos remite a la jarcha 9 de Yehuda Halevi (siglo XI)

Vaise meu corazón de mib.

Ya Rabb, ¿si se me tornarad?

Tan mal meu doler li-l-habib.

Enfermo yed, ¿cuánd sanarad?

y a la cantiga atribuida a Alfonso X, El Sabio (aunque otros autores la tienen por espuria y posterior), que menciona el imprescindible Tomás Navarro en su Métrica española:

Senhora, por amor [de] Dios

aued alguno duelo de my,

que los mios ojos, como rrios

corren, del dia que uos uy;

Ermanos e primos e tyos,

todo-los yo por uos perdy.

Se uos non penssades de my.

Fy.

Parece un tanto abusivo poner los dos ejemplos anteriores como prueba de Carbono 14 del eneasílabo en la lengua española, habida cuenta que la jarcha no fue escrita en ese idioma sino en árabe andalusí o mozárabe y que la cantiga, como anota el propio Navarro Tomás, y como es el caso en todas las escritas o recopiladas por Alfonso, “es de corte gallego”.

Ultimadamente, la fecha de su aparición es lo de menos. Lo de más es que, así le falte cadencia, parezca más prosa que verso y sea de música arisca, el eneasílabo tiene lo suyo. Veamos a Neruda:

En un principio me hice humo

para que la cenicienta

pasara sin reconocerme.

Me hice el tonto, me hice el delgado,

me hice el sencillo, el transparente:

sólo quería ser ciclista

y correr donde no estuviera.

Luego la ira me invadió

y dije, Muerte, hija de puta,

hasta cuándo nos interrumpes?

No te basta con tantos huesos?

Voy a decirte lo que pienso:

no discriminas, eres sorda

e inaceptablemente estúpida.

 (“Laringe”, en Estravagario)

Pobrecito el eneasílabo, tan denostado y tan deforme como una araña con una pata de más, como unas manos con un dedo de menos, y tan huérfano de referentes celestiales desde que los astrónomos degradaron a Plutón y redujeron el número de planetas a ocho. Vayan estas estrofas en su desagravio:

Nueve infiernos bajo la tierra,

y señores del tiempo, nueve;

nueve dedos posee el mono

que desde el Cielo habrá de verse;

nueve, sitial del extranjero,

dolor lejano en la tangente.

Pálido metro que recita

sus tres por tres que no se acaba,

crisol de tiempos y de blancos

donde se incrustan las palabras,

faro de tiempos y de voces,

las nueve piernas de la nada.

Por Pedro Miguel

Nota de la Bitácora

El Nueve fue el resultado de la creación según la cosmogonía de la ciudad de Heliópolis y simbolizó a la pluralidad en la esfera divina. Según la concepción del mundo de esta localidad, los primeros dioses nacieron gracias a un proceso establecido en tres fases: uno hizo a dos, dos hicieron a dos, dos hicieron a cuatro dando como resultado el nueve. Éste fue uno de los sistemas de creación que más influyeron en el Antiguo Egipto, tanto como para que en algunos textos religiosos se dé por supuesto que la agrupación de nueve entidades divinas no pueda ser otra que la de este lugar.

El nueve era la pluralidad multiplicada por sí misma, la cifra más grande posible antes del comienzo de un nuevo ciclo superior que empezaba con el diez. Por otro lado, simbolizaba a la humanidad hostil, que en Egipto se representaba con los llamados nueve arcos, es decir, los nueve enemigos tradicionales del país.

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Malí, la vertiginosa ofensiva tuareg

El MNLA proclamó hoy la independencia del territorio de Azawad, de unos 850 mil kilómetros cuadrados situado en el norte de Mali.

Fue un episodio corto y con resultados inusuales en la larga lucha de los tuaregs por su independencia.

A fines de 2011 se anunció la creación del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA), que reunió a varios movimientos tuaregs del norte de Malí que reivindican este territorio como su espacio cultural e histórico. Luego los acontecimientos se precipitaron.

El 17 de enero de 2012, el MNLA se levantó en armas y el gobierno de Bamako envió soldados, tanques y aviones para combatirlo, pero al parecer no fue suficiente.
El 22 de marzo, un grupo de oficiales jóvenes tomó el poder en Malí ante “la incapacidad del gobierno para reprimir la rebelión separatista del norte”.

Integrados en el Comité Nacional para la Recuperación de la Democracia y la Restauración del Estado, los golpistas anunciaron la detención y el juicio del “incompetente y corrupto” presidente Amadou Toumani Touré (elegido en 2000 y relegido en 2007), suspendieron las elecciones del 29 de abril, cerraron las fronteras e impusieron el toque de queda.

Pero aunque su líder, el capitán Amadou Haya Sanogo, se comprometió a devolver el poder a los civiles en no más de nueve meses, una vez estabilizada la situación, las reacciones internacionales no se hicieron esperar. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas condenó el golpe, la Unión Africana y la Comunidad Económica de Estados de África Occidental aplicaron sanciones, y europeos y estadunidenses amenazaron con retirar su ayuda económica y militar.

Mientras, en el norte, los combates continuaban y los rebeldes avanzaban y tomaban plazas importantes. Luego, sorpresivamente, la junta militar ordenó “no prolongar la lucha en Gao”, ciudad donde se asienta el cuartel general del ejército para la región norte. Sin resistencia, los rebeldes la ocuparon y el 1º de abril se anunció la toma de la histórica Tombuctú. Con el control total de la zona que reclama, el MNLA anunció un “fin unilateral de las operaciones militares” a partir del 5 de abril.

A través de su página web, sin embargo, el secretario general del movimiento, Bilal Ag al Sharif, advirtió que retendrían las ciudades ocupadas y responsabilizó a la comunidad internacional de la seguridad del pueblo azawadi ante cualquier ataque de las fuerzas malienses. También llamó a una solución pacífica y expresó su preocupación por la presencia de sus adversarios, el grupo salafista tuareg Ansar al Din y Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI).

El cese el fuego, si se mantiene, es una buena noticia para la población civil tuareg, que quedó a merced del fuego cruzado entre las diversas facciones, y que para salvarse huyó por decenas de miles hacia los países vecinos. Pero no es probable que su regreso sea pronto, porque el problema está lejos de solucionarse y ahora combina reclamos ancestrales con conflictos actuales.

Con presencia documentada de por lo menos dos mil años en la zona del Sáhara y el Sahel, los tuaregs –palabra que por cierto no existe en su lengua y que en árabe significa “los abandonados por Dios”– son pastores y guerreros nómadas del tronco bereber, mezclados a lo largo de los siglos con pueblos del África negra. Sus emblemáticas caravanas de camellos han jugado un papel importante en el comercio transsahariano y, pese a su nomadismo, no han perdido su identidad lingüística y cultural.

Sin embargo, la historia ha cobrado su cuota. Primero fue su islamización, como la de todo el norte de África, bajo el dominio almorávide. Hoy, su religión “oficial” es el Islam, aunque no han desaparecido los ritos paganos ni el culto totémico, y tampoco ayunan en el Ramadán.

Las mujeres gozan de una condición igualitaria y aun dominante. La herencia es matrilineal y ellas son las que mantienen el orden y la organización familiares; en caso de maltrato, pueden divorciarse y buscar otra pareja. Son más instruidas que los hombres y, a diferencia de los otros colectivos musulmanes, son ellos y no ellas los que se cubren el rostro con un velo.

Libres por naturaleza, los tuaregs sin embargo se vieron irremediablemente afectados por la colonización europea. Sin reparar en las fronteras naturales, étnicas o culturales, en el Congreso de Berlín de 1885 las potencias occidentales se repartieron los territorios ancestrales de África. Francia, la metrópoli a cargo, enfrentó desde un principio la rebeldía tuareg, sobre todo ante la construcción del ferrocarril transsahariano que amenazaba su modo de vida. De manera inmisericorde, París acabó en 1916 con todas las sublevaciones.

La descolonización no resultó mejor para los tuaregs. Sus confederaciones y sus clanes quedaron distribuidos en cinco Estados nacionales: Argelia, Libia, Malí, Níger y Burkina Faso. Tan pronto como en 1963 se dieron las primeras revueltas, especialmente en Malí y Níger (que concentran 80% de la población tuareg), con otras intermitentes que, en 1990-1995 y 2007-2009, alcanzaron niveles de guerra civil. Todos estos episodios se han saldado con miles de muertos y cientos de miles de refugiados, y al final con acuerdos de paz que sólo se han cumplido parcialmente.

Esta inestabilidad constante, la introducción de trenes y camiones, y sequías subsecuentes que diezmaron su ganado, llevaron a muchos tuaregs a sedentarizarse alrededor de centros urbanos o a emigrar a otros países. Las caravanas de sal y otros productos tradicionales, por su parte, dieron paso a otros grupos y al contrabando y tráfico de otras mercancías como cigarros, drogas, armas y hasta gente, ya que la Unión Europea subcontrata a fuerzas del Magreb para que ayuden a frenar las migraciones desde su origen.

Empero, una actividad que los tuaregs han logrado capitalizar es el turismo. Aprovechando su mítica figura de “hombres azules del desierto” (por su vestimenta) ofrecen recorridos en caravanas de camellos por las rutas que tan bien conocen, y aprovechan para comercializar sus trajes y su artesanía. Esta nueva fuente de ingresos, sin embargo, se ha visto también obstaculizada por las actividades yihadistas de Ansar al Din y AQMI en la zona, que no vacilan en secuestrar y matar extranjeros.

De hecho, uno de los argumentos del alzamiento de enero fue el abandono de la región tuareg de Anzawad por parte del gobierno maliense, que ha propiciado esta actividad criminal; el incumplimiento de los últimos acuerdos de paz (2009), y la continuada marginación económica y cultural. A ello se sumó un componente explosivo: el retorno a Malí y Níger de los combatientes tuaregs que apoyaron hasta el final a Muamar Gadafi, y que llegaron a casa con todas las armas que les proporcionó el coronel.

Los tuaregs apoyaron al líder libio en agradecimiento al respaldo que les brindó durante los alzamientos armados postcoloniales contra los gobiernos de Malí y Níger, y por permitirles luego asentarse en el sur de Libia. Él a su vez los aprovechó como ariete de seguridad, dada su influencia sobre las comunidades que habitan el desierto y que en los últimos decenios empezaron a ser frecuentadas precisamente por traficantes y yihadistas.

Pero con el surgimiento de la “primavera árabe” y la sublevación en Bengasi, las coordenadas cambiaron. Muerto Gadafi los tuaregs se quedaron entre dos fuegos. Ishaq Ag al Huseini, coordinador del Movimiento Tuareg de Libia, denunció que su comunidad era víctima de abusos tanto por parte de los rebeldes como de los gadafistas. Tras varios asesinatos, miles huyeron hacia la frontera con Argelia. Finalmente se firmó un acuerdo de paz con el nuevo gobierno, pero la mayoría decidió no regresar al sur libio, sino desplazarse al norte de Malí y Níger.

Los gobiernos de ambos países, que han acusado a Argelia y Libia de promover el secesionismo tuareg, advirtieron de inmediato del riesgo de nuevos choques armados. En Malí ya se materializaron, mientras que el presidente nigeriano, Mamadou Issoufu, toma medidas extraordinarias para evitarlos. Además de que los tuaregs locales también lo acusan de no honrar los acuerdos de paz y de mantenerlos en la marginación, los ánimos se han caldeado con la concesión de minas de uranio que han obligado a la evacuación de poblaciones enteras y el desplazamiento de la ganadería trashumante, por la contaminación radioactiva del suelo.

Pese al extrañamente rápido desenlace en el norte maliense, el problema está lejos de ser zanjado y constituye una bomba de tiempo regional. Para empezar, no se sabe realmente quién tiene el control de las ciudades ocupadas, si los independentistas tuaregs, que quieren un Estado democrático y laico, o sus contrapartes salafistas, que buscan imponer un régimen islámico y aplicar la sharia. Por otro lado, debe resolverse el golpe de Estado, para devolverle a Malí su institucionalidad.

En cualquier caso, la independencia tuareg seguirá siendo un sueño, ya que según un principio de la Unión Africana “las fronteras coloniales en África no se tocan”. Lo más que podrían conseguir es cierta autonomía, que de todos modos podría aliviar muchas tensiones entre las poblaciones sedentarias y nómadas, y ayudar a que se cumplan sus derechos.

Según Naciones Unidas, entre otros, los pueblos nómadas tienen derecho a su identidad cultural, a desplazarse dentro de su territorio ancestral, aun si éste incluye el de varios Estados nacionales; los niños a la educación, impartida de modo que no se les separe de su tribu o clan, y su sedentarización deberá ser una decisión autónoma del propio grupo, sin que le sea impuesta desde fuera. En el Sáhara y el Sahel, la realidad desde hace rato actúa en su contra.

Por Lucía Luna

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