La Reina Mora de Siurana -La conquista del último reducto musulmán

fortaleza_de_siurana_a
Cuenta la leyenda, que en tiempos del conde Ramón Berenguer IV toda Cataluña pasó a ser de dominio cristiano. Con una sola excepción, el reino de Siurana, donde residía el último rey moro Almemoniz, y una reina de singular belleza llamada, Abdalazia.

Poco a poco los cristianos fueron conquistando el reino hasta que llegó el día que tan sólo restaba la indómita fortaleza de Siurana. Casi a medio camino al cielo debían llegar los cristianos si querían hacer desaparecer los moros de las tierras catalanas.

Hasta el momento, la conquista del territorio había sido penosa y difícil. Más debía de serlo ahora cuando se enfrentaban a los más fuertes, pero los guerreros estaban deseosos de encontrarse con aquella reina que de oídas era tan extremadamente bella.

Durante mucho tiempo los cristianos atacaron el castillo, y cuentan que durante el sitio ,hubieron grandes y crueles combates donde los cristianos se estrellaban contra los muros impenetrables de Siurana,que seguía mostrándose infranqueable y su reina lejos de sus ojos.

Se dice que nunca hubieran podido vencer la infranqueable resistencia mora, si en Siurana no hubiera habido un traidor. Un acaudalado judío de la villa ,que pretendió salvar sus bienes a cambio de liberar el lugar al enemigo. Los cristianos, le ofrecerían todo lo que él quisiera si les enseñaba el camino que llegaba al castillo. El judío les hizo prometer a los cristianos que además de sus bienes también respetarían las vidas y riquezas del resto de los judíos siruaneses; pero los cristianos, una vez que penetraron en las calles de la villa, entraron en estampida , provocando una carnicería de la que pocos bienes se salvaron. Todo fue destruido.

fortaleza_de_siurana_002_a
El judío traidor contemplaba el escalofriante espectáculo desde un lugar seguro, tuvo que ver como el fuego devoraba sus bienes y deshacían la villa. Se dice que maldijo a los cristianos conquistadores y a Siurana, de tal suerte que los cristianos no se podrían beneficiar de esta inicua conquista porque Siurana ya no volvería a ser nunca más aquello que fue durante la señoría de los moros.

Mientras tanto, Abdalazia que no contaba con la traición del judío estaba tan segura de la impermeabilidad de su castillo, que cuando los cristianos entraron a la fortaleza, celebraba una fiesta en una de las suntuosas salas del palacio, donde asistían los más nobles siuraneses. El sueño se rompió cuando una flecha penetró por una ventana y se clavó sobre la mesa, delante de la mirada incrédula de los comensales. Era demasiado tarde y todo estaba perdido.

Mientras se peinaba y se perfumaba, la Reina Mora fue sorprendida por los cristianos, con la espalda y los brazos desnudos.Cuando la vieron los cristianos, se sorprendieron por su gran belleza y le prometieron la vida si se convertía al cristianismo.

Ella les dijo que lo aceptaba, con una voz muy dulce, al tiempo que cogía un velo para cubrirse pudorosamente la espalda. Solamente les pidió que le permitieran unos minutos para acabar de vestirse y así, poder ser bautizada. La reina, que tanto había defendido Siurana, no podía permitirse caer en manos del enemigo.

Mientras los ilusos cristianos creían que se estaba vistiendo con sus mejores galas, bajó a las cuadras, tomó su caballo, lo montó y lo condujo hacia el precipicio; el caballo reculaba relinchando con fuerza delante del abismo.

salto_de_abdalazia_a
Rápidamente, Abdalazia se arrancó el velo y tapó con él los ojos de la noble bestia, al tiempo que lo castigaba en el vientre con sus talones y tiraba con todas sus fuerzas las riendas. El animal movía con desesperación su cuerpo y con fuerza mantenía sus patas encima de la roca. La reina viendo la resistencia del caballo le asestó un golpe aún más fuerte en el vientre y empezó a correr, pero de repente, justo delante del abismo se paró con suma brusquedad, dejando en la roca marcada la herradura de una de sus patas. Abdalazia clavó su espada en el suelo y el caballo, muy asustado, saltó y ambos se perdieron en el precipio. La señal imborrable de esta acción desesperada dejó el recuerdo de la gesta para siempre.

Los guerreros cristianos vieron volar algunos instantes los velos blancos de la heroína. Así fue como desapareció la reina mora ante sus ojos. Todo el mundo corrió hacia el abismo y quedaron sorprendidos cuando miraron al fondo. Los árboles que salían entre las grandes rocas rojizas del margen, parecían haber engullido el cuerpo de Abdalazia y de su caballo, ya que desde arriba, no era visible ninguno de los dos.

Los guerreros, retrocedieron cuando tomaron conciencia de este hecho y, girando la vista a su entorno, se preguntaban si realmente habían visto caer a la dama musulmana o si todo ello había sido un engaño producido por sus ojos.

Abdalazia había esquivado las garras de los vencedores para mantenerse en su admiración. Los decepcionó con un impulso insatisfecho y encarnó en adelante una sugestión perenne. Venció la muerte para adquirir una perpetuidad literaria. Los cristianos ganaron la batalla y la guerra, pero no pudieron reducir a la majestuosa doncella, que era su espíritu. Plantaron la cruz en la torre más alta del castillo, y derrumbaron la mezquita; tuvieron en posesión la roca; pero la muchacha los burló.

Su salto no es un salto hacia abajo, sino proyectado hacia el futuro, resistiendo el transcurso del tiempo.

tumba_abdalazia_reina_mora_a
Se dice que unos días después de la conquista, el cuerpo de la desafortunada reina fue llevado nuevamente a Siurana para sepultarlo con honor. Pero la reina no era cristiana y su cuerpo no podía introducirse en el interior de la antigua mezquita porque se había convertido en una iglesia dedicada a Santa María, ni podía ser enterrada en un cementerio cristiano, con lo que se le hizo una sepultura especial, en la parte externa de la pared del templo, como correspondía a una persona de tan alta saga. Esta sepultura hoy en día todavía existe.

Referencia
Leyendas de Cataluña , Textos de Eduard Juncosa

©2011-paginasarabes®

Sobre la Biblioteca de Alejandría – Carl Sagan

biblioteca_alejandria_001_a

Fue en Alejandría, durante los seiscientos años que se iniciaron hacia el 300 a. de C., cuando los seres humanos emprendieron, en un sentido básico, la aventura intelectual que nos ha llevado a las orillas del espacio. Pero no queda nada del paisaje y de las sensaciones de aquella gloriosa ciudad de mármol. La opresión y el miedo al saber han arrasado casi todos los recuerdos de la antigua Alejandría. Su población tenía una maravillosa diversidad. Soldados macedonios y más tarde romanos, sacerdotes egipcios, aristócratas griegos, marineros fenicios, mercaderes judíos, visitantes de la India y del África subsahariana —todos ellos, excepto la vasta población de esclavos— vivían juntos en armonía y respeto mutuo durante la mayor parte del período que marca la grandeza de Alejandría.

La ciudad fue fundada por Alejandro Magno y construida por su antigua guardia personal. Alejandro estimuló el respeto por las culturas extrañas y una búsqueda sin prejuicios del conocimiento. Según la tradición —y no nos importa mucho que esto fuera o no cierto— se sumergió debajo del mar Rojo en la primera campana de inmersión del mundo. Animó a sus generales y soldados a que se casaran con mujeres persas e indias. Respetaba los dioses de las demás naciones. Coleccionó formas de vida exóticas, entre ellas un elefante destinado a su maestro Aristóteles. Su ciudad estaba construida a una escala suntuosa, porque tenía que ser el centro mundial del comercio, de la cultura y del saber. Estaba adornada con amplias avenidas de treinta metros de ancho, con una arquitectura y una estatuaria elegante, con la tumba monumental de Alejandro y con un enorme faro, el Faros, una de las siete maravillas del mundo antiguo.

Pero la maravilla mayor de Alejandría era su biblioteca y su correspondiente museo (en sentido literal, una institución dedicada a las especialidades de las Nueve Musas). De esta biblioteca legendaria lo máximo que sobrevive hoy en día es un sótano húmedo y olvidado del Serapeo, el anexo de la biblioteca, primitivamente un templo que fue re-consagrado al conocimiento. Unos pocos estantes enmohecidos pueden ser sus únicos restos físicos. Sin embargo, este lugar fue en su época el cerebro y la gloria de la mayor ciudad del planeta, el primer auténtico instituto de investigación de la historia del mundo. Los eruditos de la biblioteca estudiaban el Cosmos entero. Cosmos es una palabra griega que significa el orden del universo. Es en cierto modo lo opuesto a Caos. Presupone el carácter profundamente interrelacionado de todas las cosas. Inspira admiración ante la intrincada y sutil construcción del universo. Había en la biblioteca una comunidad de eruditos que exploraban la física, la literatura, la medicina, la astronomía, la geografía, la filosofía, las matemáticas, la biología y la ingeniería. La ciencia y la erudición habían llegado a su edad adulta. El genio florecía en aquellas salas. La Biblioteca de Alejandría es el lugar donde los hombres reunieron por primera vez de modo serio y sistemático el conocimiento del mundo.

biblioteca_alejandria_002_a
Además de Eratóstenes, hubo el astrónomo Hiparco, que ordenó el mapa de las constelaciones y estimó el brillo de las estrellas; Euclides, que sistematizó de modo brillante la geometría y que en cierta ocasión dijo a su rey, que luchaba con un difícil problema matemático: “no hay un camino real hacia la geometría”; Dionisio de Tracia, el hombre que definió las partes del discurso y que hizo en el estudio del lenguaje lo que Euclides hizo en la geometría; Herófilo, el fisiólogo que estableció, de modo seguro, que es el cerebro y no el corazón la sede de la inteligencia; Herón de Alejandría, inventor de cajas de engranajes y de aparatos de vapor, y autor de Autómata, la primera obra sobre robots; Apolonio de Pérgamo. el matemático que demostró las formas de las secciones cónicas  —elipse, parábola e hipérbola—, las curvas que como sabemos actualmente siguen en sus órbitas los planetas, los cometas y las estrellas; Arquímedes, el mayor genio mecánico hasta Leonardo de Vinci; y el astrónomo y geógrafo Tolomeo, que compiló gran parte de lo que es hoy la seudociencia de la astrología: su universo centrado en la Tierra estuvo en boga durante 1500 años, lo que nos recuerda que la capacidad intelectual no constituye una garantía contra los yerros descomunales. Y entre estos grandes hombres hubo una gran mujer, Hipatia, matemática y astrónoma, la última lumbrera de la biblioteca, cuyo martirio estuvo ligado a la destrucción de la biblioteca siete siglos después de su fundación, historia a la cual volveremos.

Los reyes griegos de Egipto que sucedieron a Alejandro tenían ideas muy serias sobre el saber. Apoyaron durante siglos la investigación y mantuvieron la biblioteca para que ofreciera un ambiente adecuado de trabajo a las mejores mentes de la época. La biblioteca constaba de diez grandes salas de investigación, cada una dedicada a un tema distinto, había fuentes y columnatas jardines botánicos, un zoo, salas de disección, un observatorio, y una gran sala comedor donde se llevaban a cabo con toda libertad las discusiones críticas de las ideas.

biblioteca_alejandria_003_a

El núcleo de la biblioteca era su colección de libros. Los organizadores escudriñaron todas las culturas y lenguajes del mundo. Enviaban agentes al exterior para comprar bibliotecas. Los buques de comercio que arribaban a Alejandría eran registrados por la policía, y no en busca de contrabando, sino de libros. Los rollos eran confiscados, copiados y devueltos luego a sus propietarios. Es difícil de estimar el número preciso de libros, pero parece probable que la biblioteca contuviera medio millón de volúmenes, cada uno de ellos un rollo de papiro escrito a mano. ¿Qué destino tuvieron todos estos libros? La civilización clásica que los creó acabó desintegrándose y la biblioteca fue destruida deliberadamente. Sólo sobrevivió una pequeña fracción de sus obras junto con unos pocos y patéticos fragmentos dispersos. Y qué tentadores son estos restos y fragmentos.

Leer Más >>>