Máscaras. El origen.

mascaras_venecianas_a La palabra «máscara» tiene origen en el masque francés o maschera en italiano o másquera del español. Los posibles antepasados en latín (no clásico) son mascus, masca = «fantasma», y el maskharah árabe = «bufón», «hombre con una máscara».

El origen de la careta se remonta en el tiempo y se pierde en la más remota antigüedad. Se supone que su invención tuvo fines religiosos.

Jean Baudrillard afirma que las máscaras tenían en la antigüedad un poder sacrificial y absorbían la identidad de los actores, pero también la de los espectadores provocando, con ello “una especie de vértigo”. En El laberinto de la soledad, Octavio Paz, al referirse a las máscaras, señala que ellas equivalen a simular, a inventar y aparentar como una forma de eludir la condición del ser mexicano, puesto que quien disimula no representa sino que desea volverse invisible. Mientras, Cirlot dice que “la función de la máscara es servir de aliada de la transformación de la personalidad para lo misterioso o para lo vergonzoso”. Y es que la máscara puede revelar un poder mágico capaz de proteger a quien la porta, pero a su vez, entrañar peligros. La máscara es mediadora entre dos fuerzas, desempeña una función social, catártica, es un espectáculo a través del cual las personas pueden tomar conciencia de su lugar en el universo, ver su vida y su muerte inscritas en un drama colectivo que le otorga sentido.

Desde el paleolítico el ser humano ha utilizado máscaras cuyos materiales han sido diversos y han variado a través del tiempo, pues se han ido confeccionando con madera, paja, corteza, hojas de maíz, tela, piel, cráneos, cartón piedra, papel maché, látex, plásticos y otros materiales

Se utilizan dos términos similares: careta y máscara. La careta es exclusivamente para cubrir el rostro, para disimular rasgos de la cara; mientras que la máscara puede cubrir todo el cuerpo, y fueron usadas y aún, en algunas culturas, se siguen utilizando con fines religiosos.

mascara_tutankamon_009_a Algunos hallazgos arqueológicos demostraron que eran muy usadas en Egipto para perpetuar con ellas los rostros de los muertos. Se hacían tratando de imitar de la forma más fielmente posible, el rostro del difunto, y se colocaba junto con el ataúd, pintándose de la misma manera que éste. Se elaboraban con un cartón realizado con lienzo o papiro, revestido con estuco, que, con el paso del tiempo, se endurecía y presentaba total consistencia. Según la clase social a la que perteneciera el muerto, podría llegar a revestirse con una lámina de oro. No se le horadaban los ojos ni la boca, y se los representaban con incrustaciones o pinturas.

Los estudios arqueológicos llevados a cabo en tumbas fenicias, también han demostrado que esta civilización practicaba la costumbre de utilizar máscaras funerarias. Rastros de máscaras también fueron hallados en antiguas pinturas rupestres.

Comenzó a evolucionar el uso de la máscara, en Roma, cuando la llevaban actores en los cortejos fúnebres, para que se reconociera y recordara el rostro del difunto.

mascaras_romanas_a A partir de este empleo por parte de actores, la careta rápidamente fue utilizada para diferentes fines. Comenzaron a usarla los actores para representar fielmente en sus obras los rostros de los personajes históricos que estaban interpretando.

Rápidamente, se adoptó su uso en las fiestas saturnales en Roma, y se las comenzó a usar con carácter festivo, dando origen a la utilización en lo que hoy es nuestro carnaval.

Con dichas caretas se comenzaron a realizar escenas burlescas de los ritos sagrados. Fueron evolucionando y cambiando sus usos, hasta la actualidad, en que es frecuente solamente en las carnestolendas.

Las caretas actuales, producto de la fantasía, la imaginación y la creatividad, forman parte de los carnavales de todo el mundo, y de las fiestas de disfraces que estos traen aparejados. También se las usa en las fiestas de Halloween.

A la par de este empleo que se continuó hasta nuestros días, la máscara o la careta, además de ser común en las celebraciones cristianas medievales, tuvo otro uso, en la Edad Media, cuando las llevaban de metal, los Caballeros medievales para protegerse en sus luchas, y en algunos casos se les agregaban muecas faciales para demostrar el carácter de quien las portaba.

mascara_romana_a Según las diferentes culturas, estos símbolos han variado en sus formas, tamaños, decoración, características, realismo o abstracción, algunas usadas para cubrir todo el cuerpo, como por ejemplo, las enormes piezas de tipo ritual de Oceanía (las de los Papúes llegan a medir seis metros de alto) y otras diminutas, como las de las mujeres esquimales.

Muchos pueblos primitivos han usado las máscaras y caretas para realizar sus rituales, y éstas representaban deidades, seres mitológicos o espíritus malignos, o a Dios y al Demonio; en cada caso con significados ceremoniales distintos. Si la máscara usada era de animales, podía simbolizar el ruego para asegurar el éxito de la caza. Asimismo, también hay culturas que utilizaban máscaras para ahuyentar pestes y enfermedades.

En la actualidad existen muchos coleccionistas de arte que aprecian ciertas piezas, que constituyen manifestaciones artísticas primitivas de muchas culturas, y que exhiben o adquieren a gran valor monetario, y proceden generalmente de África, Oceanía y de culturas indígenas americanas.

mascara_veneciana_a El Dr. Ricardo E. Alegría, destacado antropólogo portorriqueño, en su ensayo sobre la máscara en las Antillas Mayores, señala que “En lo que respecta al área caribeña, específicamente en las Antillas Mayores, las máscaras más antiguas aparecieron en los restos arqueológicos de los indios saladoides. Estas máscaras eran confeccionadas en barro y representaban caras humanoides”.

Hoy en día, se ha popularizado el uso de las caretas también como cotillón de celebraciones y cumpleaños, así como su utilización en juegos y juguetes para niños, agregando a los tradicionales personajes representados, los héroes de novelas, revistas, el cine y la televisión.

Máscaras – Mario Benedetti

No me gustan las máscaras exóticas

Ni siquiera me gustan las más caras

Ni las máscaras sueltas ni las desprevenidas

Ni las amordazadas ni las escandalosas.

No me gustan ni nunca me gustaron

Ni las del carnaval ni la de los tribunos.

Ni las de la verbena ni las del santoral.

Ni las de la apariencia ni las de la retórica.

Me gusta la indefensa gente que da la cara

Y le ofrece al contiguo su mueca más sincera

Y llora con su pobre cansancio imaginario

Y mira con sus ojos de coraje o de miedo.

Me gustan los que sueñan sin careta

Y no tienen pudor de sus tiernas arrugas

Y si en la noche miran/ miran con todo el cuerpo

Y cuando besan/besan con sus labios de siempre.

Las máscaras no sirven como segundo rostro

No sudan/no se azoran/jamás se ruborizan

Sus mejillas no ostentan lágrimas de entusiasmo

Y el mentón no les tiembla de soberbia o de olvido

¿quién puede enamorarse de una faz delegada?

No hay piel falsa que supla la piel de la lascivia

Las máscaras alegres no curan la tristeza

No me gustan las máscaras, he dicho.

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El gesto de la muerte – Primera Parte

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Duerme con el pensamiento de la muerte y levántate con el pensamiento de que la vida es corta

Aproximación a un famoso apólogo.

Las versiones más antiguas del viejo y célebre apólogo “El gesto de la muerte” se remontan a la literatura judeo-talmúdica del siglo VI y a la tradición musulmana sufí de los siglos IX al XIII. A partir de un texto muy resumido, inserto en una novela (1923) del escritor francés Jean Cocteau, alcanzó una gran difusión pues fue recogido en poemas y obras dramáticas y narrativas. La vieja historia de la Muerte, tan sorprendente y efectiva en su brevedad, también sirvió de germen de múltiples recreaciones literarias que conforman otras historias diferentes con distintos finales.

El apólogo es una narración breve en verso o en prosa, de carácter didáctico y/o fin moralizante, en la que con frecuencia se personifican seres abstractos. Hay que señalar, además dos notas características: el diálogo como su principal constituyente formal y sus antiguos orígenes: las culturas orientales hindú y persa, y las semíticas, arábiga y hebraica.

Con un mínimo de narración, se presenta una anécdota de la que se excluyen las descripciones a favor del diálogo, buscando siempre la lección moral, sintetizada frecuentemente en una enseñanza final o moraleja; aunque, en muchos casos, no es necesaria hacerla explícita porque se evidencia en la propia historia.

“El gesto de la Muerte” es un apólogo que, en su brevedad, pasa por ser uno de los relatos más perfectos de la literatura universal debido a la singular sutileza, expresividad y concisión para exponer el drama eterno de la lucha entre la vida y la muerte y la victoria final incontestable de la Muerte innombrable, convertida paradójicamente en la única compañera fiel del hombre, la que nunca faltará a la cita definitiva en el lugar predeterminado.

Así pues, el tema de la inexorabilidad de la muerte fue el eje sobre el que pivota una historia de feliz fortuna pues se difundió desde muy pronto, bajo la forma de innumerables versiones y variantes, en los libros de la cultura judía talmúdica, la musulmana sufí y, posteriormente, en colecciones de apólogos y cuentos, novelas, obras de teatro, ensayos y poemas en todas las lenguas y culturas.

Correspondiendo a esa diversidad de versiones, también el título varía: aparte de “El gesto de la Muerte, que, tal vez, sea hoy la denominación más difundida, “Cita en Luz”, “Cuando la muerte vino a Bagdad”, “Salomón y Azrael”, “El árabe y la muerte”,El jardinero y la Muerte”, “El criado del rico mercader”, “Cita en Samarra”, etc. Y, de igual manera, el topónimo del lugar del fatídico encuentro recibe diversas denominaciones reales o inventadas: Luz, Bagdad, Samarcanda, India, Ispahán, Samarra…

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Cuatro textos canónicos y una precisión

En la literatura judeo-talmúdica aparecen con mucha frecuencia pequeños cuentos didáctico-moralizantes, o sea, apólogos, que servían como elemento ilustrativo a las intenciones exegéticas de los rabinos judíos. Los temas, motivos y estructuras de estos pequeños relatos son muy variados y se puede afirmar que gran parte de la tradición popular judía se ha conservado en su folklore gracias a la inserción de estos cuentos en los textos talmúdicos.

Jordan Howard Sobel, profesor de Filosofía de la Universidad de Toronto, sostiene que uno de estos relatos, que se encuentra en el Tratado Sukka 53ª del Talmud de Babilonia (de comienzos del siglo VI de nuestra era), es la versión original o, al menos, la más antigua conocida de este apólogo de la Muerte al que nos referimos, y para el que el estudioso Herbert A. Friedman propone el título de “Cita en Luz”. Ofrecemos a continuación una traducción libre de este texto hebreo, la primera versión conocida de “El gesto de la Muerte”:


[CITA EN LUZ]

El Rey Salomón tenía dos escribas kusitas: Elicoreph y Achiyah, hijos de Shisha. Un día Salomón observó que el Ángel de la Muerte estaba triste.

Salomón le preguntó: “¿Por qué estás triste?” Y él le respondió: “Porque se me ha pedido que tome a los dos kusitas que te sirven”.

Salomón ordenó a los demonios que condujesen a los dos escribas sobre los campos a la legendaria ciudad de Luz donde nadie perece, pero murieron antes de llegar a las puertas de la ciudad.

Al día siguiente Salomón observó que el Ángel de la Muerte estaba alegre, y le preguntó: “¿Por qué estás alegre?” Y él respondió: “Porque has enviado a tus dos escribas al lugar exacto donde debía tomarlos.

El segundo texto, en orden cronológico, parece ser una versión muy arraigada en la tradición sufí de Oriente Medio, recogida por el gran sufi Fudail ibn Ayad -muerto a principios del s. IX- en una obra titulada Hikayat-I-Naqshia (“Cuentos formados según una intención”):

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CUANDO LA MUERTE LLEGÓ A BAGDAD

El discípulo de un Sufi de Bagdad estaba un día sentado en un rincón de una posada, cuando oyó hablar a dos personajes. Por lo que decían, se dio cuenta de que uno de ellos era el Ángel de la Muerte.

“Tengo varias visitas que hacer en esta ciudad durante las próximas tres semanas”, le decía el Ángel a su compañero.

Aterrorizado, el discípulo se escondió hasta que ambos hubieron partido. Entonces, usando su inteligencia para resolver el problema de cómo frustrar una posible visita de la Muerte, decidió que si se mantenía alejado de Bagdad, no sería alcanzado. Sólo hubo un corto paso entre este razonamiento y alquilar el caballo más veloz disponible y espolearlo día y noche en dirección a la lejana ciudad de Samarcanda.

Mientras tanto La Muerte se encontró con el maestro Sufí y hablaron sobre diversas personas. “¿Y dónde está tu discípulo tal y tal?” preguntó La Muerte.

“Debe de estar en algún lugar de esta ciudad, empleando su tiempo en contemplación, quizá en una posada”, dijo el maestro.

“¡Qué extraño!, dijo el Ángel, “pues se halla en mi lista. Sí, aquí está: Tengo que recogerlo dentro de cuatro semanas, nada menos que en Samarcanda. [1]

En el s. XIII, el poeta persa, filósofo y místico sufí, Yalal Al-Din Rumi († 1273) también conocido como Mevlana Celaleddin-i Rumi, fundador de la orden de los derviches mawlawíes, es autor de uno de los textos musulmanes más importantes, Masnavi-I Ma’navi (“Al-Matnawi”), vasto poema -24.000 dísticos- en persa considerado un comentario de El Corán, aunque realmente es un complejo tratado sobre el sufismo, en el que conviven efusiones líricas, preceptos y reglas de vida espiritual, interpretaciones místicas de versículos coránicos, relatos, apólogos y parábolas, etc. Uno de estos apólogos es la tercera versión conocida de “El gesto de la Muerte”:


SALOMÓN Y AZRAEL

Un hombre vino muy temprano a presentarse en el palacio del profeta Salomón, con el rostro pálido y los labios descoloridos.

Salomón le preguntó:

—¿Por qué estás en ese estado?

Y el hombre le respondió:

Azrael, el Ángel de la Muerte, me ha dirigido una mirada impresionante, llena de cólera. ¡Manda al viento, por favor te lo suplico, que me lleve a la India para poner a salvo mi cuerpo y mi alma!

Salomón mandó, pues, al viento que hiciera lo que pedía el hombre. Y, al día siguiente, el profeta preguntó a Azrael:

—¿Por qué has echado una mirada tan inquietante a ese hombre, que es un fiel? Le has causado tanto miedo que ha abandonado su patria.

Azrael respondió:

—Ha interpretado mal esa mirada. No lo miré con cólera, sino con asombro. Dios, en efecto, me había ordenado que fuese a tomar su vida en la India, y me dije: ¿Cómo podría, a menos que tuviese alas, trasladarse a la India? [2])

 También del XIII es otra versión -que podemos considerar la cuarta- atribuida a Abdallah ibn Omar Beidhavi, sunita persa y célebre exegeta del Corán, muerto en 1289 ó 1293. Edmundo Valadés la recogió en El Libro de la imaginación [3]:

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LA SORPRESA

Una vez Azrael, el ángel de la muerte, entró en casa de Salomón y fijó su mirada en uno de los amigos de éste.

El amigo preguntó:

—¿Quién es?

—El Ángel de la Muerte -respondió Salomón.

—Parece que ha fijado sus ojos en mí -continuó el amigo-. Ordena entonces al viento que me lleve consigo y me pose en la India.

Salomón así lo hizo. Entonces habló el Ángel:

—Si lo miré tanto tiempo fue porque me sorprendió verlo aquí, puesto que he recibido orden de ir a buscar su alma a la India, y, sin embargo, estaba en tu casa, en Canaán.

A menudo se ha afirmado que la vieja historia sobre la imposibilidad de escapar al destino también está recogida en Las mil y una noches y se aportan varias versiones con diferentes títulos, como la de “El árabe y la Muerte” que proponemos a continuación. Sin embargo, en ninguna de las ediciones conocidas de la célebre colección de cuentos, aparece dicha historia.


EL ÁRABE Y LA MUERTE

Había una vez un rico califa en Bagdad que era muy famoso por su sabiduría y su bondad. Un día, el califa envió a su sirviente Abdul al mercado a comprar comida. Mientras Abdul estaba mirando por los puestos del mercado, de repente sintió un escalofrío. Notó que alguien estaba detrás de él. Se volvió y vio un hombre alto vestido de negro. No pudo ver la cara de aquel hombre porque la tenía cubierta por una tela, pero sí sus fríos ojos. El hombre le estaba mirando fijamente y Abdul comenzó a temblar.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres? -preguntó Abdul.

El hombre de negro no respondió.

—¿Cómo te llamas? -le interrogó nerviosamente, de nuevo, Abdul.

—Yo soy… la Muerte -le respondió el extraño secamente, y se fue.

Abdul dejó caer la cesta de la compra, se dirigió corriendo al palacio y entró deprisa y corriendo en la habitación del califa.

—Lo siento, señor. Tengo que dejar Bagdad inmediatamente -dijo Abdul.

—¿Por qué? ¿Qué ha sucedido? -preguntó el califa.

—Acabo de encontrarme con la Muerte en el mercado -replicó Abdul.

—¿Estás seguro? -le interpeló el califa.

— Sí, completamente seguro. Estaba vestido de negro y me miró fijamente. Voy a ir a la casa de mi padre en Samarra. Si voy ahora mismo, estaré allí antes de la puesta del sol – dijo Abdul.

El califa notó que Abdul estaba aterrorizado y le dio permiso para ir a Samarra.

El califa estaba perplejo y no entendía nada de aquel asunto, pero, como tenía mucho cariño a Abdul, se enfureció mucho porque su criado había sido atemorizado por el extraño del mercado. Entonces decidió ir allí a investigar aquel oscuro asunto. Después de un rato, el califa encontró al hombre de negro y le increpó:

—¿Por qué atemorizaste a mi sirviente?

—¿Quién es vuestro sirviente? -le respondió el extraño.

—Su nombre es Abdul -contestó el califa.

—Yo no quería atemorizarle. Estaba sorprendido de verle en Bagdad – replicó la Muerte.

—¿Por qué estabas sorprendido? -preguntó el califa.

—Estaba sorprendido porque esta noche tengo una cita con él en Samarra.

Lo que sí es verdad es que en Las mil y una noches pueden leerse diversos apólogos muy parecidos en la intención, el tono y la expresión a “El gesto de la Muerte”, y en los que también intervienen con frecuencia el rey Salomón y el Ángel de la Muerte, como en el siguiente, perteneciente a la Noche 463:

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EL ÁNGEL DE LA MUERTE Y EL REY DE ISRAEL

Se cuenta de un rey de Israel que fue un tirano. Cierto día, mientras estaba sentado en el trono de su reino, vio que entraba un hombre por la puerta de palacio; tenía la pinta de un pordiosero y un semblante aterrador. Indignado por su aparición, asustado por el aspecto, el rey se puso en pie de un salto y preguntó:

—¿Quién eres? ¿Quién te ha permitido entrar? ¿Quién te ha mandado venir a mi casa?

—Me lo ha mandado el Dueño de la casa. A mí no me anuncian los chambelanes ni necesito permiso para presentarme ante reyes ni me asusta la autoridad de los sultanes ni sus numerosos soldados. Yo soy aquel que no respeta a los tiranos. Nadie puede escapar a mi abrazo; soy el destructor de las dulzuras, el separador de los amigos.

Cuando oyó estas palabras, el rey cayó al suelo, un estremecimiento recorrió todo su cuerpo y quedó sin sentido. Al volver en sí, dijo:

—¡Tú eres el Ángel de la Muerte!

—Sí.

—¡Te ruego, por Dios, que me concedas el aplazamiento de un día tan sólo para que pueda pedir perdón por mis culpas, buscar la absolución de mi Señor y devolver a sus legítimos dueños las riquezas que encierra mi tesoro; así no tendré que pasar las angustias del juicio ni el dolor del castigo!

—¡Ay! ¡Ay! No tienes medio de hacerlo. ¿Cómo te he de conceder un día si los de tu vida están contados, si tus respiros están inventariados, si tu plazo de vida está predeterminado y registrado?

—¡Concédeme una hora!

—La hora también está en la cuenta. Ha transcurrido mientras tú te mantenías en la ignorancia y no te dabas cuenta. Han terminado ya tus respiros: sólo te queda uno.

—¿Quién estará conmigo mientras sea llevado a la tumba?

—Únicamente tus obras.

—¡No tengo buenas obras!

—Pues, entonces, no cabe duda de que tu morada estará en el fuego, de que en el porvenir te espera la cólera del Todopoderoso.

A continuación le arrebató el alma y el rey cayó del trono al suelo.

Se oyeron los clamores de sus súbditos; se elevaron voces, gritos y llantos; pero si hubieran sabido lo que le preparaba la ira de su Señor, los lamentos y sollozos aún hubiesen sido mayores y más y más fuertes los llantos.

Continúa …

Notas

[1] Idris Shah (Tales of Dervishes, 1967), Cuentos de los derviches, trad. A.H.D. Halka, Barcelona, Paidós Ibérica, 1981, pág. 203.

[2] Yalal Al-Din-Rumi, (Le Mesnevi: 150 contes soufis, 1989) 150 cuentos sufíes, extraídos de Al-Matnawi y seleccionados por Ahmed Kudsi Erguner y Pierre Maniez, Barcelona, Paidós Ibérica, 1994, págs. 32-33.

[3] El Libro de la imaginación (1970), México, FCE, 1976, pág. 216.

Por Miguel Díez R.

Profesor de Lengua y Literatura Españolas. Además de manuales de Literatura Española y de Comentarios de Textos Literarios, ha publicado la edición de Jardín umbrío de Ramón del Valle-Inclán (Madrid, Espasa-Calpe, 1993), Antología del cuento literario (1985; Madrid, Alhambra-Longman, 2005) y Antología de cuentos e historias mínimas (2002; Madrid, Espasa-Calpe, 2008). En colaboración con su mujer, Paz Díez Taboada, ha publicado Antología de la poesía española del siglo XX (1991; Madrid, Istmo, 2005), La memoria de los cuentos (Madrid, Espasa-Calpe, 1998, reeditado recientemente en la misma editorial y colección con el título de Relatos populares del mundo) y Antología comentada de la poesía lírica española (2005; Madrid, Cátedra, 2006).

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Nueva Cruzada contra los moros – España y sus Ejidos – Juan Goytisolo


Sin la llegada providencial de los inmigrantes el ‘milagro almeriense’ no habría sido posible

Nadie es racista en España: ni el señor Arzalluz, aunque tan a menudo hable de la raza y pureza racial de los vascos; ni el alcalde y los vecinos de Albadalejo, en Ciudad Real, que reclamaron todos a una y durante un mes entero la libertad de los “inocentes” agresores de un “sospechoso” de etnia gitana; ni el señor Juan Enciso, que tras cuatro días de una despiadada “caza al moro” cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo, afirma serenamente: “Hay que dejar bien claro que el pueblo de El Ejido no es racista ni xenófobo”; ni desde luego los habitantes de este municipio cuando proclaman que están hartos de que se les tilde de racistas y achacan a “los escritores seudoprogresistas y los medios de comunicación la mala imagen de un pueblo hospitalario”. Puestos a puntuarse a sí mismo, los españoles obtienen -¡oh, maravilla!- la nota más alta.

Para desenredar la enmarañada madeja de contradicciones creadas por la mutación de una pedanía semidesierta en el municipio de mayor renta per cápita de la Península resulta indispensable el manejo de algunas cifras: la superficie actual de las explotaciones agrarias en El Ejido es de 17.000 hectáreas; el número de explotaciones ronda las 6.000; la población total del Poniente almeriense, venida en su mayoría de otras partes de Andalucía, suma unos 138.000 habitantes; los beneficios anuales de los cultivos de hortalizas y frutas bajo el plástico asciende a 312.000 millones de pesetas; el número de inmigrantes en situación legal o sin documentos de toda la zona, de Adra a Roquetas de Mar, se sitúa en los 40.000.

Todo empezó a comienzos de los ochenta. Alentados por las multinacionales belgas y holandesas, los agricultores de la pedanía, dependiente aún del Ayuntamiento de Dalías, se lanzaron al cultivo intensivo de hortalizas en lo que pronto sería ese mar de plástico que reverbera al sol como un alucinador espejismo. La afortunada conjunción de calor, regadío y “mejora genética” permitía, permite todavía, incrementar la productividad y el número anual de cosechas. El trabajo familiar a destajo en El Ejido, Roquetas y La Mojonera enseguida resultó insuficiente. A medida que los agricultores y empresarios agrícolas se enriquecían de forma vertiginosa, hubo que recurrir a mano de obra de fuera; ningún español quería trabajar en los invernaderos. Los inmigrantes del Magreb y África subsahariana comenzaron a llegar a fines de la década. En 1991 había casi 3.000 regularizados. Ocho años después, sólo en El Ejido, la cifra ascendía a 21.000; a la que habría que añadir la de alrededor de 5.000 ilegales. Sin su llegada providencial, el milagro almeriense no habría sido posible.

En este edén de puertas afuera -e infierno dentro, al menos para los inmigrantes- el flujo rápido de bienes, capitales y recursos humanos originó contrastes espectaculares. Los artífices manuales de esa riqueza fueron tratados como mercancía desechable. Los empresarios del plástico ignoraron desde el principio las necesidades más elementales de una mano de obra barata y sumisa: nadie pensó en procurarles vivienda y condiciones de vida digna. Junto al fraude empresarial y las ganancias de los bancos, grandes empresas agrícolas y multinacionales de semillas, fertilizantes y pesticidas, aparecieron las secuelas de la economía sumergida: el hacinamiento infrahumano en chabolas y cortijos abandonados, la explotación más aberrante y salvaje. Los gérmenes de la explosión de los bantustanes creados por una segregación similar a la que existía en Suráfrica -señalados ya en 1995 por Ubaldo Martínez Vega, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid- eran visibles para cualquier observador sin anteojeras. En febrero de 1998 fui declarado persona non grata por la corporación municipal de El Ejido por mi retrato (“Quién te ha visto y quién te ve”, EL PAÍS, 2-1998) de la disparidad económica y social engendrada por el maná de los invernaderos: encomenderos y esclavos, proliferación de entidades bancarias y guetos infames, casinos de juego y pintadas xenófobas, prostíbulos de lujo y hostilidad generalizada al “moro”. La mayoría de los magrebíes dormían en el tajo o en chabolas de plástico adjuntas a éste.

Me he equivocado a menudo a lo largo de mi vida, mas no erré cuando hacia 1966 escribía: “Con la excitación y las prisas del último comensal llegado al banquete, los españoles procuran atrapar como pueden y se esfuerzan en alcanzar en unos meses el nivel técnico y social que los pueblos europeos han conquistado pacientemente, como resultado de una experiencia lenta e ininterrumpida. Gracias al turismo y a la emigración, han descubierto los valores de las sociedades más avanzadas y los cultivan con celo de neófito. Enriquecerse, ascender, sin tener en cuenta los obstáculos, tales son las normas de la nueva religión monetaria (hoy diría calvinista) que gana todos los años centenares de miles de adeptos. El fracaso, la pobreza, son condenados ya moralmente por el español medio y, al paso que vamos, con el extremismo que nos es propio, quemaremos públicamente a los mendigos y pordioseros con idéntico ardor al que, siglos atrás, quemamos a herejes y protestantes” (“Examen de conciencia” en El furgón de cola, París, 1967).

En lo social como en lo económico hemos querido quemar las etapas sin percatarnos de que ni las costumbres ni los valores ciudadanos pueden improvisarse de la mañana a la noche. En nuestro país de nuevos ricos, nuevos libres y nuevos europeos, la clase política ni ha intentado aclimatar una cultura moral ni fomentar un civismo que sirvan de contrapeso a la ignorancia y al desprecio de lo ajeno. El 56% de los beneficiarios de la prosperidad económica de El Ejido son analfabetos funcionales. Como me escribe un almeriense, buen conocedor de la zona, “los que apalearon al subdelegado del Gobierno no saben leer, apenas escribir, y tienen en muchos casos dificultades para expresarse y hacerse entender oralmente… Sus códigos son muy primarios: darían un brazo por un amigo, pero se lo cortarían a un moro, a un negro o a un gitano si alguien de su raza hubiese quitado un adoquín de su acera… La simple lectura es considerada allí como un fenómeno sospechoso cuando no afeminado, o una pérdida de tiempo. Impera la ley del más fuerte, el más bruto”.

Todas estas características sociales o, por mejor decir tribales, de las llamadas peyorativamente sociedades del Tercer Mundo afloran, no sólo en el Poniente almeriense, sino también en Níjar, el Campo de Cartagena y algunas comarcas de Cataluña. Después de veinte años de democracia, el fracaso educativo de los sucesivos Gobiernos de UCD, PSOE y PP no puede ser más palmario.

Los niveles de explotación inhumana del emigrante son consecuencia directa de la súbita aceleración de los cambios sociales, de la incapacidad ética y cultural de los horticultores del Poniente almeriense para asumir su nuevo estatus. A mayor número de Mercedes por habitante, mayor desprecio al “moro” esclavizado en los invernaderos. Paradoja cruel: el inmigrante necesario dentro de ellos es indeseable fuera. Su mera presencia ofende e inquieta. Sin la menor ironía, el alcalde de Roquetas aconseja a sus senegaleses que procuren pasar inadvertidos (¡algo extraordinariamente difícil para un grupo humano cuya altura media es de alrededor de un metro ochenta!).


Como resultado de tal segregación, los magrebíes viven en chamizos sin agua y sin luz, en cobertizos inmundos o alquerías ruinosas o abandonadas en los que se guardan los aperos o se depositan los fertilizantes. Otros duermen en petates en el interior mismo del tajo. Casi nadie les alquila una vivienda en el perímetro urbano de El Ejido ni les sirve en los cafés y los bares. Relegados en el mar de plástico, en zonas carentes de la menor infraestructura, no disponían siquiera, hasta su primera huelga reivindicativa, de medios de transporte para ir a los supermercados donde se les sirve a regañadientes. Las pintadas de “moros fuera” y “marroquíes, no; rusas, sí” les dan la bienvenida por doquier. Son, como escribe un internauta local, “una simple herramienta que permite mantener la producción, igual que la maquinaria o los abonos, y, fuera de este papel, todo les está negado”. La explotación despiadada descrita por Marx se ha trasladado de Manchester al Poniente almeriense. Algunos empresarios alquilan sus alhóndigas a 15.000 pesetas por barba. El país de sueño de millares de marroquíes se ha transformado así en el país de las pesadillas. El trato que reciben, declaran a la prensa, es peor que el de los animales.

El estallido de furia xenófoba tras el homicidio de dos dueños de invernaderos por el jornalero de uno de ellos y el de la joven Encarna López a manos de un perturbado marroquí en tratamiento psiquiátrico venía gestándose desde hacía tiempo; sólo requería un detonador. La violencia de los autóctonos contra los generadores de su riqueza se remonta a mediados de los noventa: desalojo a la fuerza de decenas de inmigrantes de una vivienda del Instituto Andaluz de la Reforma Agraria, obligados a refugiarse en una iglesia de la que tuvieron también que huir tras el lanzamiento de cócteles mólotov contra ella; muerte a tiros de un inmigrante en la barriada de Matagorda por unos encapuchados; incendios provocados de chabolas ocupadas por magrebíes; expulsión por orden municipal de los mismos de cortijos ruinosos; paliza brutal a dos “moros” por parte de un empresario agrícola… La identificación y encarcelamiento de uno de los justicieros del Ku-Klux-Kan por la policía local provocó -como en Albadalejo con respecto a los agresores de su convecino gitano- una manifestación de ejidenses solidarios con el “héroe”.


Los agravios expuestos por los habitantes de El Ejido a Joaquina Prades (EL PAÍS, 13-2-2000) no tienen desperdicio: no guardan la cola como los demás, manosean los alimentos, orinan en la calle, se amontonan en los -escasos- pisos de alquiler, alborotan a las cuatro de la mañana cuando se levantan para ir a los invernaderos, no se lavan (¿dónde podrían hacerlo?), rezan cánticos a horas extrañas, caminan cogidos de la mano sin ceder el paso a los nativos (hace cuarenta y pico años, los reclutas almerienses del cuartel de Mataró paseaban cogidos del meñique y eran objetos de burla para los catalanes), son impertinentes, chulos y agresivos, no saben beber… Desde el 22 de enero, fecha del doble crimen, los enfrentamientos entre autóctonos e inmigrantes se multiplican: miles de vecinos desfilan por las calles de El Ejido con gritos y silbidos a la vista de letreros escritos en árabe; los “moros” son tratados de “hijos de puta” por los manifestantes en la capital provincial, la Asociación Agraria Jóvenes Agricultores (Asaja) exhorta a los productores agrícolas a denunciar las amenazas que reciban por parte de los magrebíes, ataques a la sede local de Almería Acoge e insultos a la presidenta de la Asociación de Mujeres Progresistas de El Ejido, acusada de “inventar historias de supuestas palizas a inmigrantes”.

Un ejidense declara a la prensa local: “Las mujeres tienen miedo de ir solas al trabajo por miedo a las violaciones. Hay muchas violaciones que no salen a la luz pública por miedo a que se conozcan. Llevamos cinco años así”. Pero estas violaciones sólo existen en la imaginación calenturienta de algunos individuos. Más circunspecto, otro vecino declara que “los moros hacen gestos obscenos a las mujeres y las miran con lascivia”.

Una ojeada a la prensa local -como a la de Ciudad Real en el Fuenteovejuna de Albadalejo- nos muestra el papel desempeñado por los medios de información en la propagación quizás involuntaria de los sentimientos xenófobos y racistas. Algunos títulos espigados entre el 22 de enero y el 5 de febrero, esto es, entre las fechas del brutal homicidio de los tres ejidenses, revela en efecto la existencia de un doble patrón: “Detenido un árabe de 24 años por la muerte de dos agricultores en un cortijo de El Ejido”, “El homicida era de raza árabe”, “Arrastra a un anciano de 74 años para arrebatarle un bolso de mano” (no precisa su raza ni origen étnico), “Arrestados dos hermanos por tentativa de homicidio a un empresario y daños a un local” (tampoco), “Apresado un marroquí por arrojar piedras contra el albergue municipal de la capital”, “Detenido un senegalés por robar una motocicleta”, etcétera.

Para encrespar todavía más los ánimos, la llamada “batalla del tomate” alienta titulares bélicos sin que nadie, con la excepción de Antonio Puertas, presidente de Almería Acoge, señale la contradicción existente entre condenar con vehemencia la hostilidad de los agricultores franceses a la entrada de nuestros productos en la Unión Europea y aplaudir con igual brío la misma actitud pendenciera cuando se trata de los de nuestros vecinos de la otra orilla. Un comentarista de esos desafueros (arrojar toneladas de pescado, naranjas y clementinas a las aguas del puerto) titulaba con manifiesta aprobación: “Almería toma las riendas” y aducía para justificar la actuación de sus paisanos que éstos “sufren en sus carnes el hundimiento del mercado del tomate debido a las cuantiosas partidas que llegan a la UE procedentes del país magrebí”. Para quien así se expresa, los inmigrantes coartífices de la riqueza de El Ejido no sufren en sus carnes los horarios abusivos de trabajo ni las temperaturas de más de 45 grados en los tempranales, ni el hacinamiento en chozas y cobertizos insalubres ni un régimen de segregación digno de la “negrada” de los centrales azucareros cubanos del siglo XIX… Los “moros” no tienen derecho ni a sufrir. Son los autóctonos quienes sufren de su molesta presencia.


La descripción de los sucesos de El Ejido dio la vuelta al mundo y no me demoraré en ella sino para tocar algunos puntos insuficientemente esclarecidos. Las bandas de nativos descritas por un internauta del lugar, armados con palos, bates de béisbol (a propósito, ¿quién los distribuyó?), machetes y barras de hierro, “enloquecidos -le cito- por el odio irracional a los ‘moros”, eran encuadrados en grupos dirigidos por destacados militantes del PP, entre ellos “dos hermanos del alcalde Juan Enciso, con coches, megafonía y teléfonos portátiles. Las escenas de saqueo de los pequeños negocios de los inmigrantes, incendios de chabolas y oratorios por encapuchados, caza despiadada de magrebíes, patrullas armadas de agricultores por el laberinto de caminos rurales de plástico, la huida de los nuevos cimarrones a las montañas de la sierra de Gádor evocan las de un pasado indigesto que arrastramos aún, como dice de los alemanes Günter Grass, “cual una rueda de molino sujeta al cuello”. Los miles de personas congregadas detrás de la pancarta Plataforma España 2000 y de su dirigente Antonio Martínez Cayuela coreaban consignas racistas muy similares a las de sus compadres de Misuri o Luisiana: puro Faulkner.

Si, como me escribió un intelectual almeriense, el objeto de la salvaje tentativa de linchamiento en vez de ser el subdelegado del Gobierno hubiera sido el presidente de Almería Acoge, con quien fue confundido por el extraordinario parecido entre ambos (“ése es el que firma los papeles a los inmigrantes”, gritó alguien), “a estas horas el panorama sería muy distinto, porque sé cómo se las gastan por la zona: sencillamente lo habrían ahorcado desde el Ayuntamiento y una masa delirante de dos mil personas habría aplaudido la ejecución”.

Mientras contemplaba las imágenes del frenesí colectivo en diversas televisiones nacionales y extranjeras, me acordé del poblado del Far West del valle almeriense de Tabernas en el que rodaban antaño los westerns (reconvertido hoy en atracción turística), con sus sheriffs, justicieros, bares, tribunal y patíbulo listo para los ahorcamientos: la parodia de la ficción se había transmutado en escenario y guión de una brutal realidad.

Tras lo ocurrido, un Gobierno como el español, miembro de la Unión Europea, debe pedir cuentas a quienes permitieron y aun alentaron la orgía de violencia antes de que se extienda al Campo de Cartagena, las pedanías de Níjar o las zonas conflictivas de Cataluña. Pues el alcalde de El Ejido, amenazado en su derecha por los tres partidos coaligados en la Plataforma España 2000, no sólo no asume su responsabilidad tocante a los daños ocasionados por los ataques a las personas y los bienes de los inmigrantes, sino que se niega a aplicar los acuerdos alcanzados en la mesa de negociación con ATIME (Asociación de Trabajadores Inmigrados Marroquíes en España) y los demás representantes del colectivo magrebí: instalación de tiendas de campaña por la Cruz Roja en tierras municipales, reconstrucción de las mezquitas incendiadas, etcétera. Peor aún: afirma que la nueva Ley de Extranjería votada por los diputados de su partido (y suspendida luego por Aznar) traería únicamente “más sirvengüenzas” a España y esgrime miles de firmas de vecinos y su cantada victoria electoral para reformar el régimen de apartheid de los magrebíes en los invernaderos. ¡Unas medidas que, según él, no tienen el menor tinte racista!


Con la notable excepción del ministro de Trabajo, Manuel Pimentel (“Sabíamos lo que pasaba y la respuesta de los vecinos ha sido grave e ilícita”), la actitud del PP en el asunto peca de bajeza y oportunismo. El apoyo de Aznar y Rodrigo Rato al alcalde en función de cálculos políticos, financieros y electorales (por miedo a que el señor Enciso cumpliera su amenaza de crear un partido comarcal y se erigiera en el Jesús Gil de El Ejido) muestra la fibra moral de quienes representan a España en el concierto de las naciones. Nadie habló de racismo en la campaña electoral: los inmigrantes no votan. Y mientras el Gobierno se alinea, muy liberal él, a la europea con respecto a Haider, sostiene sin rubor alguno a un regidor junto al cual, en un elemental juicio comparativo, el líder populista austriaco parece un querubín celeste. Las disculpas de Aznar, “eso hay que vivirlo desde dentro para opinar” (cito de memoria), me sumen en la perplejidad: ¿sólo los esclavistas incultos y esclavos negros podían opinar sobre lo que acaecía en los centrales azucareros? Hace poco menos de 40 años las autoridades franquistas de Almería decían lo mismo: que ese señor (un servidor de ustedes) “en vez de hablar fuera, venga a decir esas cosas aquí”. Mas como nadie hablaba de la miseria entonces reinante en una provincia cuya renta per cápita era cuatro veces inferior a la de Barcelona, la invitación a hablar en Almería era en realidad una invitación a callar como los demás.

Si tenemos presente que, según los expertos de la ONU, España requiere un cupo de 240.000 inmigrantes anuales para mantener el actual nivel de vida y la proporción de cuatro trabajadores activos por un jubilado, ¿cómo compaginar dicha realidad con las proclamas del regidor de El Ejido y la decisión del victorioso Aznar de restingir la Ley de Extranjería? La naturaleza tiene horror al vacío: los empleos más duros y peor remunerados que los españoles desdeñan imantarán a inmigrantes magrebíes, africanos, asiáticos o de Iberoamérica conforme a las necesidades del mercado laboral. Los huecos abiertos en los cultivos de secano, el pastoreo, las minas, la construcción y el servicio doméstico serán colmados ineluctablemente por ellos, por mucho que interceptemos pateras y blindemos el perímetro de los dos enclaves norteafricanos.


Contra toda razón e interés egoísta, la atmósfera hostil a la inmigración se acentúa sin que casi ningún responsable político se atreva a hablar claro. Hoy por hoy, el porcentaje de los extracomunitarios es sólo el 0,7%, incluidos legalizados e “irregulares”. ¿Qué ocurrirá el día en que su proporción con respecto a los autóctonos sea la de Alemania o Francia? ¿Lograremos crear antes el marco abierto e integrador de la tradición republicana francesa y de la reciente Ley de Ciudadanía alemana o nos sumiremos en los conflictos étnicos del pasado español y de los azuzados por Milosevics y Tudjmans de la ex Federación Yugoslava? La primera y obviamente más deseable opción exige fomentar desde ahora una cultura étnica y democrática desdichadamente inexistente en las escuelas y aulas universitarias. Para ello debemos advertir la incongruencia, señalada por José María Ridao, de que nuestra historia normal sea homologable con la europea, no por haber compartido con ésta los mismos valores democráticos, sino por haber cometido las mismas atrocidades.

El clamor unánime de los ejidenses contra los “moros” y del pueblo de Albadalejo contra los gitanos recuerdan demasiado a Fuenteovejuna para que lo pasemos por alto. Si a esa unanimidad tan castiza agregamos la “defensa calderoniana de la honra femenina” oportunamente evocada por Joaquina Prades en su ya citado reportaje sobre El Ejido, vemos aflorar a la superficie de la España 2000 unos sentimientos representativos de las vivencias populares del siglo XVII: los de los cristianos viejos disfrazados de europeos nuevos. Un sorprendente remake de Bienvenido Mr. Marshall.

¿Quién dice que los españoles son racistas? Los autóctonos de El Ejido, ¿no se autocalifican de pueblo acogedor y hospitalario? Sin embargo, la clasificación de los grupos de inmigrantes en un estudio titulado Los españoles y la inmigración, publicado hace apenas dos meses por el Ministerio de Asuntos Sociales, revela la vigencia tenaz del pasado en el subconsciente colectivo hispano, las profundas raíces de los odios y antipatías: la puntuación más baja corresponde a los gitanos, clasificados aún entre los inmigrantes ¡después de cinco siglos y medio de presencia ininterrumpida en la Península!; la inmediatamente superior, cómo no, a los árabes y musulmanes (léase “moros”), y la tercera, en este singular palmarés de la infamia -¡agárrese el lector al asiento!-, nada menos que a los judíos (¿hay inmigrantes judíos en España? Y, en caso de que los haya, ¿son identificables? ¿No se trata más bien de judíos mentales, fruto de la sobada “conspiración judeo-masónica” de tiempos del franquismo?).

La encuesta sobre el racismo y la xenofobia en la Comunidad de Madrid (EL PAÍS, 21 de diciembre de 1999) muestra aborrecimiento y rechazos distintos pero alarmantes, en la medida en que reflejan la opinión de los universitarios y escolares. Entre los primeros, la proporción de la malquerencia a los gitanos es del 36,5%, a los “moros” del 26,5% y a los judíos del 6,4% (¡las feministas suscitan la ojeriza del 27,1% y los catalanes del 23,5%!). Entre los escolares de 14 a 16 años los porcentajes de animadversión a todos ellos es todavía mayor.

No, no somos racistas, y, desde las tribunas y escaños del partido del Gobierno, los amigos del señor Enciso pueden condenar virtuosamente el extremismo de Haider y Le Pen porque, a diferencia de Francia y Austria, los portavoces de aquél no venden su ideología en las afueras del espectro político, sino que la toleran o transigen con ella desde su mismísimo centro.

JUAN GOYTISOLO


Fuente:El País digital – Marzo 2000

Nota de Páginas Árabes: la presente nota no es de la fecha,pero cobra actualidad ante los hechos acaecidos en El Ejido de Almería,y recordamos el excelente artículo de Juan Goytisolo.