Los hanways – “sombrillas y paraguas “

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Emblema de rango y distinción, el paraguas se originó en Mesopota­mia hace 3.400 años como una extensión del abanico, ya que estos primeros paraguas no protegían de la lluvia, muy rara en aquellas tie­rras, sino que hacían de pantalla contra la cruda luz solar. Seguirían siendo parasoles o sombrillas durante siglos, e incluso hoy, en muchas sociedades africanas, el portador de la sombrilla camina detrás del jefe tribal para proteger del sol su cabeza, reflejando la antigua tradición egipcia y mesopotámica.

En 1.200 años a.C., el parasol egipcio había adquirido un significado reli­gioso. Se creía que toda la bóveda del cielo estaba formada por el cuerpo de la diosa celestial Nut, que, cubriendo la tierra como una vasta sombrilla, sólo tocaba el suelo con los dedos de los pies y de las manos. Su vientre, en el que se incrustaban las estrellas, creaba el cielo nocturno. Los parasoles pasaron a ser encarnaciones terrenales de Nut, que sólo podían amparar las cabezas de los nobles. Una invi­tación a situarse a la sombra del parasol real era un altísimo honor, ya que esta sombra simbolizaba la protección del monarca. Al igual que para los abanicos, frondas de palma, plumas y papiros tensados eran los materiales con que se confeccionaban las sombrillas.

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Griegos y romanos bebieron liberalmente en la cultura egipcia, pero consideraban afeminado el parasol, que rara vez utilizaban los hombres. Hay numerosas referencias burlonas de escritores griegos del siglo VI acerca de los hombres que usaban parasoles “como las mujeres”. Durante muchos siglos, la única ocasión que excusaba a un griego de mostrarse en público sosteniendo una sombrilla era cuando protegía la cabeza de una acompañante femenina.

La situación era totalmente opuesta en el caso de las mujeres. Las griegas de alto rango llevaban sombrillas blancas y una vez al año ce­lebraban la Fiesta de los Parasoles, una procesión de homenaje a la fertilidad, que tenía lugar en la Acrópolis.

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Sin embargo, fueron las romanas, con su fiesta del parasol, las que iniciaron la práctica de aceitar sombrillas de papel para impermeabili­zarlas. Señalaban los historiadores romanos que una llovizna en un anfiteatro al aire libre hada que cientos de mujeres alzaran sus som­brillas, con gran indignación de los espectadores varones, a los que obstruían la visión. Se abrió un debate sobre el uso de estos paraguas en los actos públicos, y en el siglo I d.C., la cuestión fue expuesta ante el emperador Domiciano, quien legisló en favor de que las mujeres se protegieran con sus parasoles impermeabilizados.

Parasoles y paraguas se mantuvieron predominantemente como ac­cesorios del atuendo femenino hasta bien entrado en siglo XVIII en Europa, y hasta más tarde en América. Los hombres llevaban sombre­ros y llegaban a empaparse, pero casi todo intento por su parte de es­capar a los elementos era juzgado como poco viril.

Fue un caballero británico, Jonas Hanway, quien hizo de los para­guas un elemento respetable para los hombres, y consiguió esta trans­formación con obstinada perseverancia, soportando humillaciones y poniéndose en ridículo públicamente. Hanway había amasado una fortuna comerciando con Rusia y Ex­tremo Oriente, pero se retiró de los negocios a la edad de treinta y ocho años para dedicarse a la fundación de hospitales y orfanatos. y para popularizar el paraguas, que era en él una pasión.

A partir del año 1750, rara vez salía Hanway sin paraguas, tanto si llovía como si lucía el sol, y siempre atraía la curiosidad. Ex socios comer­ciales suyos empezaron a mirarle con recelo, los golfillos de la calle se mofaban de él, y los cocheros, que veían amenazado su negocio por el paraguas y la protección que éste ofrecía contra la lluvia, procuraban salpicarle de barro.

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Imperturbable, Hanway llevó siempre paraguas durante los treinta últimos años de su vida. Gradualmente, los hombres comprendieron que invertir en un paraguas resultaba más barato que alquilar un co­che de punto cada vez que llovía. En Londres, sobre todo, constituía un ahorro muy considerable. Ya fuera por conveniencia económica o porque la familiaridad acabase por engendrar indiferencia, lo cierto es que el estigma de afeminamiento empezó a extinguirse. Antes de que Jonas Hanway muriese en el año 1786, los caballeros británicos sacaban a re­lucir sus paraguas en días lluviosos, y además los llamaban “hanways”.

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