Palestina -Árabes e Israelíes – Una Historia Inconclusa

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“Algunos palestinos están muertos, algunos están vivos, pero la mayoría aún no han nacido ” …

(Fragmento de un texto aprobado por el Parlamento Palestino).

Desde Occidente se tiene una visión distorsionada de lo que sucede en Medio Oriente lo cual lleva al común de la gente a desentenderse de un problema que no alcanza a comprender. Una incomprensión que no tiene su raíz en la lejanía espacial y cultural sino, fundamentalmente, en la desinformación y la deformación de los orígenes mismos de este conflicto.

Por otro lado, el carácter mismo de las argumentaciones que ambos pueblos esgrimen para hacer valer sus derechos, nos remite inevitablemente a la manera en que puede gestarse en el imaginario social una determinada forma de aprehender la realidad. Creer que esta guerra es producto de un enfrentamiento por la mera posesión de un “pedazo” de tierra es no comprender el conflicto en su verdadera dimensión. Otra vez le toca a la historia bucear en el pasado para encontrar una clave que permita abordar, con mayor rigurosidad, acontecimientos que tienen lugar en el presente.

La complejidad del material con el que trabaja el historiador no admite explicaciones unívocas, sin embargo sería imposible siquiera esbozar un intento de comprensión sin revisar los antecedentes históricos que dan origen al conflicto. Un trabajo de estas características deberá trascender la mera enumeración cronológica de los acontecimientos para incluir la lectura que de los mismos hace el historiador desde el presente así como la percepción que los propios actores históricos tienen de su realidad y de su tiempo, expresada en producciones de sentido que, ideológicamente, sustentan sus acciones

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Historia y mito

La inmigración judía a territorio Palestino impulsada por el sionismo buscó su legitimación en la tradición bíblica, según la cual primero, llegaron los canaanitas y más tarde, en el siglo XII antes de Cristo, los hebreos, como producto del éxodo desde Egipto. Dos mil años antes de Cristo, Saúl fundó su reino que posteriormente se partiría en dos: el reino de Israel al norte y el reino de Judea al sur. 700 años pasaron, aproximadamente, hasta que Israel fuera abatido por los Asirios y algunos años más tarde los judíos eran derrotados por los Babilonios. La invasión Persa que se originó en el año 538 antes de Cristo permitió el regreso de los exiliados judíos desde Babilonia. En el año 70 de nuestra Era ,Jerusalén sería destruido por los romanos.

Con la destrucción de Jerusalén, se dio inicio a la diáspora judía. Sólo a fines del siglo XIX se comenzó a plantear la idea del retorno que asume su forma política e ideológica en el sionismo y que se cristalizó en la Organización Mundial Sionista que, de la mano de su líder, el periodista de Budapest, Theodoro Herzl, alentó la emigración masiva de los judíos diseminados por el mundo a Palestina. Ya Moses Hess en 1862 asentaba los pilares sobre la que se construiría la idea sionista pero es en 1897 que el sionismo se lanza como un movimiento político e ideológico para dar respuesta al surgimiento de un antisemitismo “moderno” que se desarrolla en Occidente, en el seno de las sociedades democráticas y el creciente antisemitismo de tipo “tradicional” en Rusia. Este sionismo que nacía se oponía a la asimilación progresiva de los judíos en sus países de residencia y a la tradición religiosa ortodoxa que rechazaba cualquier confusión entre lo profano y lo sagrado, es decir, entre el retorno espiritual a Jerusalén y el proyecto político de construir un Estado-Nación judío.

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En el Congreso de Basilea, durante el año 1897, el sionismo abandonó sus primeras fantasías: la que consistía en un refugio para los perseguidos en cualquier parte del mundo, para designar a Palestina como la patria natural del judaísmo.

Las primeras migraciones de 1883 no provocaron la desconfianza de los árabes, sin embargo, ocho años después, desde Jerusalén pidieron al Imperio Otomano que gobernaba Palestina que prohibiera la inmigración Judía. Sin embargo, la corrupción de los funcionarios turcos y los terratenientes árabes provocó que, para 1907, se estableciera el primer Kibutz: granja colectiva que desde el principio excluyó al trabajador árabe.

En 1917 el ministro británico Balfour, declaró que el gobierno británico encontraba favorable el establecimiento de un hogar nacional para el pueblo Judío en Palestina. Palestina permaneció bajo mandato británico desde 1922 hasta 1947, año en que la ONU aprobó la formación del Estado de Israel al norte y el Palestino al sur. En 1948 se concretó la división. Al día siguiente el sionismo lanzó todo el peso del terror para despojar a los árabes del territorio que le había otorgado el Plan de Partición; esta guerra desatada por la organización terrorista Haganah, acompañada por las otras dos fuerzas el Irgun y Stern culminó con la ocupación de Haifa, Jaffa, Beisan, Acre (un barrio residencial de Jerusalén) y otras poblaciones menores, dejando como resultado un Estado palestino inexistente. Esto provocó que casi 900 000 Palestinos se amontonaran en los campamentos de refugiados en Jordania, Siria, Líbano, Gaza, alimentándose con el socorro de la ONU. En 1956, estos desterrados vieron cómo los tanques israelíes se lanzaban sobre el Sinaí, mientras los británicos y franceses ocupaban el canal de Suez. En 1967, la guerra volvió a sentirse en los escuálidos campamentos de Pueblo de las Tiendas.

La creación de una “verdad”

Es indudable que, como señala Foucault:

“Las relaciones de poder no pueden disociarse, ni establecerse, ni funcionar sin una producción, una acumulación, una circulación, un funcionamiento del discurso. (…) estamos sometidos a la producción de la verdad desde el poder y no podemos ejercitar el poder más que a través de la producción de verdad.”(1)

El sionismo no escatimó esfuerzos para “construir su verdad” y para ello contó, desde el comienzo, con dispositivos propagandísticos con los que no podía soñar el pueblo árabe. Israel, como parte de Occidente tuvo acceso a los medios periodísticos internacionales para contar su versión de la “historia”, por lo que no es de extrañar el importante grado de efectividad alcanzado por su discurso, sobre todo si consideramos que ha logrado, cuando no el apoyo, al menos la pasividad de la comunidad internacional ante acciones que, consumadas por cualquier otro país del planeta, hubieran merecido no sólo el más amplio repudio sino, y sobre todo, medidas concretas para detener definitivamente los atropellos perpetrados contra los palestinos en su propia tierra.

Dentro de estas representaciones simbólicas -cuya incidencia en el desarrollo mismo de las estructuras materiales de una sociedad de la que a su vez son producto es innegable- ocupa un lugar preponderante la construcción de un otro a partir del cual oponer una identidad. La realidad israelí ofrece, en este sentido, una interesante peculiaridad. La inmigración masiva y la posterior ocupación apelaron para su justificación a la negación de ese otro, en un principio, y la conversión, después, de aquel ser “inexistente” en un enemigo: “el terrorista árabe”.

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