Intifadah انتفض – La Revuelta de las Piedras – (+ Video)

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“(…) Porque Palestina no era en absoluto una tierra vacía de habitantes. Contaba con una veintena de ciudades y con cerca de ochocientos pueblos construidos de piedra. La mayor parte de la población vivía de la agricultura, pero en las ciudades se dedicaba al comercio y a la artesanía, algunos aseguraban el funcionamiento de la administración, otros ejercían profesiones liberales (…). Los palestinos, cristianos y musulmanes, formaban una comunidad viva y orgullosa que ya había cruzado el umbral de un renacimiento intelectual y nacional. Compartían y expresaban los valores culturales y políticos de las metrópolis árabes vecinas. Mantenían, desde siglos atrás, relaciones comerciales con Europa y estaban en contacto con los europeos llegados en peregrinación a Tierra Santa (…). En vísperas de la maniobra sionista, los palestinos estaban tan profundamente apegados a su tierra como cualquier población urbana o rural del mundo”. Walid Jalidi

La intifada comenzó en un campo de refugiados de Jabalya en Gaza el 9 de diciembre de 1987, cuando cuatro trabajadores árabes que volvían de su trabajo en los territorios ocupados murieron en una colisión con un camión israelí. Miles de personas en duelo iniciaron una marcha hacia un campo del ejército Israelí, convencidos de que el accidente había sido deliberado. (Tres días antes un comerciante israelí había sido asesinado en Gaza y sus habitantes creían que el conductor del camión era un pariente del comerciante dispuesto a vengar su suerte.) El ejército israelí disparó sobre los manifestantes. Cuatro palestinos murieron y la Franja de Gaza, una pequeña zona de tierra en la que se apiñan 6.50.000 habitantes, estalló en una lluvia de piedras, cócteles Molotov y neumáticos incendiados. La rebelión se extendió a los territorios de la Orilla Occidental del Jordán, donde, al igual que en la Franja, los campos de refugiados, y en particular las escuelas de la UNRWA, se convirtieron en la primera línea de la intifada.

Ese hecho de dimensiones globales fue el hartazgo de todo un pueblo que comienza una intifada o lucha general contra el invasor. Estamos en diciembre de 1987.

La intifada (“sublevación”) puede considerarse como una generalizada expresión de desobediencia civil ante un Estado colonizador, que va acompañada de los intentos de construcción de instituciones protoestatales propias. Levantamientos populares, manifestaciones por todos los Territorios Ocupados, negativas a colaborar con las autoridades israelíes, a acatar sus disposiciones, huelgas de los trabajadores industriales y agrícolas, de los comercios, paralización de las labores administrativas, son algunas de sus más importantes expresiones (secundadas a menudo por los palestinos residentes en territorio israelí, incluso por su representación parlamentaria en la Kneset o parlamento de Israel). Todo ello junto a permanentes luchas callejeras: barricadas, lanzamientos de piedras, cócteles, exhibición permanente de banderas palestinas, etc. Al tiempo que se procuran embrionarias formas organizativas de autogobierno.

Se trata, en definitiva, de un gigantesco acto de insubordinación, de valentía de un pueblo entero que se niega a seguir aceptando tanto sufrimiento y humillación. Es un ¡basta ya! que no admite más componendas. Con la especial particularidad, además,  de que se produce dentro de un sentimiento mayoritario de reconocimiento de la posibilidad de la coexistencia de los dos pueblos en el mismo territorio. La intifada es también, por tanto, un llamamiento a la paz.

La Intifada Palestina. Debats nº 33. Valencia, 1990

Los israelitas descubrieron estupefactos las imágenes retransmitidas por la televisión: soldados judíos disparando a niños árabes, rompiéndoles los brazos y las piernas. La revuelta comenzó a organizarse. Las primeras octavillas fueron deslizadas bajo las puertas de las casas y de las tiendas. En ellas se daban instrucciones precisas sobre los actos de desobediencia civil, como por ejemplo el boicot a las mercancías israelitas, el rechazo al pago de impuestos, el rechazo al trabajo; ya estaban hartos de ser explotados por patronos israelitas, de trabajar por salarios inferiores a las de los otros trabajadores. La meta planteada era la obstrucción económica y política de Israel. Estos llamamientos estaban financiados por los jefes del “Movimiento Nacional Unificado de la Intifada” (movimiento que agrupa a personas que pertenecen a instituciones nacionales y religiosas, de las cuales la mayoría aprueba el programa de la OLP).

A la firme resolución de los palestinos de decidir su propio destino, de reclamar sus derechos, su dignidad, los israelitas replicaron con una política de mano de hierro.

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Los niños de la Intifada. Von Benda, R. Madrid, 1992

El problema de Palestina también entró una nueva fase en 1988. A final del año anterior, la población de los territorios ocupados por los israelíes, la Orilla occidental y Gaza, organizó un movimiento de resistencia casi universal, unas veces pacífico y otras violento, aunque evitaba el uso de las armas. Los jefes locales mantenían vínculos con la OLP y otras organizaciones. Este movimiento, la intifada, continuó a lo largo de 1988, transformando las relaciones de los palestinos entre ellos y con el mundo exterior en los territorios ocupados. Reveló la existencia de un pueblo palestino unido y restableció la división entre los territorios bajo ocupación israelí y el propio Israel. El gobierno de este país no logró sofocar el movimiento, cada vez más defensivo ante la crítica exterior y enfrentado a un público profundamente dividido. El rey Husayn de Jordania, que tampoco fue capaz de controlar el levantamiento ni de hablar por los palestinos, se retiró de la participación activa en la búsqueda de un acuerdo. La OLP estaba en una situación de dar un paso en falso, pero su propia naturaleza sufrió un cambio. Debía tener en cuenta la opinión de los que se hallaban en los territorios ocupados y su deseo de poner fin a la ocupación. El Consejo Nacional Palestino, cuerpo representativo de los palestinos, se reunió en Argel y redactó una carta manifestando su disposición a aceptar la existencia de Israel y a negociar un acuerdo final con este país. Estos progresos se produjeron en una nueva situación creada por cierto grado de afirmación de la unidad árabe respecto al problema, el retorno de Egipto como partícipe en los asuntos árabes, y un cambio en las relaciones entre Estados Unidos y la URSS. Norteamérica accedió por primera vez a entrevistarse directamente con la OLP y los soviéticos iniciaron una intervención más activa en los asuntos del Próximo Oriente.

Hª de los pueblos árabes. Hourani, A. Barcelona, 1992.

Discriminación educativa

La población palestina del Estado de Israel (fronteras de 1948) constituye el 18% de la población total israelí. Son 800.000 “ciudadanos israelíes” en un Estado étnico que se define como “judío”.

Según el informe editado por la Arab Association form Human Right, padecen discriminación institucional en la esfera educativa. Según esta asociación, las autoridades israelíes; discriminan educativamente a la población palestina como mecanismo de dominación política y de asimilación de su identidad nacional.

“Discriminatíon in Education Against the Arab Palestinians in Israel”. Publicado por Arab Association for Human Rights, 23 pág., Nazareth, abril de 1994. Oriente Medio. Guerra y diplomacia. Nación Árabe nº 22. Madrid. 1994

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LOS PRESOS POLÍTICOS PALESTINOS

El Mandela Institute for Political Prisoners, organismo palestino de defensa de los derechos humanos. estimaba en febrero de este año que el número de presos políticos palestinos de los Territorios ocupados es, aproximadamente, 11.600, de ellos, 46 son mujeres (prisión del Telmon, cerca de Tel Aviv) y hasta una cuarta parte menores de 18 años.

En cárceles israelíes hay además 150 presos árabes no palestinos que deben ser considerados como prisioneros de guerra. En esa cifra de presos se incluyen tanto los detenidos por su pertenencia a organizaciones políticas, y militares de la OLP, todas ellas ilegales para Israel, como manifestantes de la Intifada contra el ejército de ocupación, condenados a 5 años por arrojar piedras o hasta 9 por lanzamientos de cócteles Molotov.

Según fuentes israelíes, antes de iniciarse la Intifada el número de presos palestinos era de 4.250. Desde el inicio de la Intifada, en diciembre de 1987, el número de detenidos palestinos se ha triplicado como consecuencia de detenciones masivas, alcanzando una cifra máxima de 15.000 encarcelados: 1 de cada 10 palestinos hombres entre 15 y 60 años ha estado encarcelado. Durante la Intifada, 100.000 palestinos han sido detenidos: cada familia palestina tiene o ha tenido al menos uno de sus miembros detenido.

En 1985, Israel reintrodujo la “detención administrativa”, derivada de las leyes británicas de la época del Mandato sobre Palestina: encarcelamiento sin cargo ni juicio por decisión del comandante militar de la zona. Según el Instituto Mandela, hay 120 detenidos administrativos en Ansar III, además de otros repartidos en otros cetros en número difícil de establecer.

Ya en el segundo mes de Intifada, el entonces ministro de Defensa, Rabin, anticipó la apertura de nuevos centros militares de detención. Los presos palestinos se reparten en 18 cárceles, 7 centros militares de detención y 5 centros de policía, todos ellos esparcidos tanto por Gaza y Cisjordania como por el Estado de Israel. El encarcelamiento de palestinos de Gaza y Cisjordania en cárceles en el Estado de Israel viola la IV Convención de Ginebra en sus artículos 49 y 76, que prohiben la transferencia de los detenidos del país ocupado al territorio del poder ocupante.

Desde la invasión del Líbano de 1982, en la zona ocupada por Israel, el ejército israelí y su milicia aliada mantienen el campo de detención de Ansar, algunos de cuyos presos han sido trasladados a Israel.

A pesar de que los centros de internamiento se han duplicado para absorber los detenidos de las redadas de la Intifada, el hacinamiento de los presos palestinos es la norma.

El mayor centro de detención abierto por el ejército a consecuencia de la Intifada en marzo de 1988) y el que mayores críticas internacionales ha levantado es Ansar III -Ketziot, un campo de concentración en el desierto El Negev- cerca de la frontera con Egipto, con más de 5.000 presos. Los presos palestinos se hacinan en tiendas, padeciendo temperaturas extremas, sin agua ni comida suficiente, en régimen de aislamiento colectivo y con prohibición de visita de familiares hasta octubre de 1991. Sin asistencia sanitaria adecuada, los detenidos de Ansar III padecen deshidratación y pérdida de peso de 20 a 40 Kg., enfermedades de piel, crónicas e infecciosas.

Además de las penosas condiciones de encarcelamiento en todos los centros de detención, la práctica de la tortura es generalizada la muerte de presos durante su interrogatorio es irregular. Las regulaciones militares facilitan la tortura: un palestino detenido permanecerá incomunicado durante 14 días y por “razones especiales de seguridad” el ejército puede negarle asistencia letrada durante 90 días.

En 1987 se realizó la primera huelga de hambre en el conjunto de las cárceles. Desde entonces, los motines y protestas se han sucedido en cárceles y centros, siendo siempre brutalmente reprimidos, como en Asqelan en diciembre de 1991. Durante septiembre y octubre de 1992 los presos palestinos mantuvieron una nueva huelga de hambre conjunta por la mejora de sus condiciones de internamiento y, concretamente, contra la práctica del confinamiento en solitario en las secciones especiales de Nitsam (Ramle), Beersheba, Megido (Nazaret) o Ansar III. El movimiento de presos se ha reactivado tras la firma de la Declaración de Washington del 13 de septiembre.

Proceso de Negociación OLP-Israel. Nación Árabe nº 21. Madrid 1994

Las fuerzas de seguridad israelíes, que protagonizaron la semana pasada la masacre de la mezquita de Al Aksa, en la que resultaron muertos veintidós palestinos, utilizan armas de fabricación española. Se trata de pistolas “Star” 9 milímetros, suministrados legalmente por España al ministerio de Defensa de Tel Aviv a mediados de 1988. El primer contrato para la venta de material bélico español al estado judío fue ofrecido en “bandeja de plata” a los fabricantes de armas por las autoridades israelíes, pocos meses después del inicio de la Intifada.

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Heridas físicas y psicológicas

Cuando la televisión mostró a los cuatro soldados golpeando y rompiendo los brazos a los jóvenes palestinos en Nablus, el Gobierno israelí intentó presentar aquellas imágenes como algo excepcional. Pero el doctor Ummaia Khammash, del hospital Beit Hanina de Jerusalén, asegura que durante una etapa de la Intifada “era normal romper los brazos de los que tiraban piedras”. Se trataba de “causar el mayor daño con el mínimo riesgo de muerte”, dice este doctor.

Posteriormente, el uso de balas de alta velocidad y, de proyectiles que se fragmentan cuando entran en contacto con el cuerpo, provocaron miles de heridos. Tanto Khammash como el doctor Ibrahim Ladá, del hospital Makassed coinciden en que la mayoría de los heridos y muertos recibió el impacto de la bala en la parte superior del cuerpo. “Tiran a matar”, afirma Khammash.

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El Retorno Del Amado – Gibrán Khalil Gibrán


Al caer la noche el enemigo huyó con cortes de espada y heridas de lanza grabados en su espalda. Nuestros héroes hicieron ondear banderas de triunfo y entonaron cantos de victoria al ritmo de los cascos de sus caballos, que resonaban en; las piedras del valle.

La luna ya se había levantado de atrás de Fam El Mizab. Las rocas, enormes y elevadas, parecían alzarse con el espíritu del pueblo, y el bosque de cedros semejaba una medalla de honor en el pecho del Líbano.

Continuaron su marcha, y la luna brilló por encima de sus armas. Las lejanas cavernas resonaron repitiendo sus cánticos de alabanza y victoria hasta que, al pie de una cuesta, los detuvo el relincho de un caballo que se erguía entre las rocas grises como esculpido en ellas.

En las cercanías del caballo encontraron un cuerpo, cuya sangre había manchado la tierra en que yacía.

.Mostradme su espada y os diré quién es su dueño -gritó el jefe del escuadrón.

Algunos soldados desmontaron y rodearon al muerto. Uno de ellos dijo al jefe:

-Sus dedos cogen la empuñadura con toda su fuerza. Sería afrentoso quitarle la espada.

Otro dijo:

-La espada está cubierta por la sangre de la vida que huía y que ahora oculta su metal.

Un tercero agregó:

-La sangre coaguló tanto sobre la mano como sobre la empuñadura, e hizo de ellas una sola pieza.

El jefe, entonces, desmontó y caminó hacia el cuerpo.

-Levantad su cabeza -dijo-, y dejad que la luna ilumine su rostro, de modo que podamos saber quién es.

Los hombres hicieron lo ordenado y el rostro del muerto apareció detrás del Velo de la Muerte, con signos de valor y nobleza. Era el rostro de un poderoso caballero y trasuntaba virilidad. Era el rostro de alguien que había chocado valientemente contra el enemigo y se enfrentaba a la muerte sonriendo. El rostro de un héroe libanés que, ese día, había dado testimonio del triunfo pero no había vivido para marchar y cantar y celebrar la victoria con sus camaradas.

Cuando sacaron el paño de seda de su pálido rostro y le limpiaron el polvo de la batalla, el jefe, como en agonía, gritó:

– ¡Es el hijo de Assaaby! ¡Qué terrible pérdida!

Y los hombres repitieron ese nombre, suspirando. El silencio, entonces, los cubrió, y sus corazones, embriagados por el néctar de la victoria, recuperaron la sobriedad, porque habían visto algo más grande que la gloria del triunfo en la pérdida de un héroe.

En esa escena de espanto se erguían como estatuas de mármol, y sus lenguas, tiesas, se encontraban mudas y sin voz. Esto es lo que la muerte hace con las almas de los héroes: llorar y lamentarse es cosa de mujeres, quejarse y gritar es propio de niños. Para el dolor de los hombres de armas lo único digno es el silencio, que atenaza el corazón con tanta fuerza como las garras del águila la garganta de su presa. Es ese silencio que se eleva por encima de las lágrimas y gemidos el que, en su majestad, agrega pavor y angustia a la desgracia, ese silencio que hace que el alma descienda de la cima de la montaña al abismo. Ese silencio que anuncia la llegada de la tempestad. Y cuando la tempestad no se hace presente es porque el silencio resulta más fuerte que ella.

Quitaron entonces la ropa al joven héroe para ver dónde había clavado la muerte sus aceradas garras y en, su pecho aparecieron las heridas, como labios que hablaban en la serenidad de la noche proclamando la valentía de los hombres.

El jefe se acercó al cuerpo y cayó de rodillas. Mirando mejor al guerrero muerto encontró un pañuelo bordado cofa hilos de oro atado en torno a su brazo y reconoció la mano que había hilado la seda, y los dedos que habían tejido su hebra. Lo guardó debajo de sus ropas y se apartó lentamente, ocultando con mano temblorosa su rostro agobiado. Hasta entonces esa mano había arrancado, con su fuerza, las cabezas del enemigo. Pero en ese momento temblaba porque había tocado el borde de un pañuelo atado por dedos amantes en torno del brazo de un héroe ya muerto, un héroe que volvería a ella sin vida, sobre las espaldas de sus camaradas.

Mientras el espíritu del jefe fluctuaba analizando tanto la tiranía de la muerte cuanto los secretos del amor, uno delos hombres propuso:

-Cavemos una tumba debajo de aquel roble, para que las raíces puedan beber su sangre y las ramas reciban alimento de- sus despojos. Ganará en fuerza y se volverá inmortal; quedará como símbolo que proclame a montes y valles su valentía y su fuerza.


-Llevémoslo al bosque de cedros y sepultémoslo al lado de la iglesia -agregó otro-: allí sus huesos estarán eternamente custodiados por la sombra de la cruz.

-Enterrémoslo aquí -dijo otro-, donde su sangre ya se ha mezclado con la tierra. Y dejemos que la espada permanezca en su diestra. Coloquemos su lanza a su lado y sacrifiquemos su caballo sobre la tumba. Y que sus armas sean su alegría en la soledad.

Pero uno objetó:

-No enterremos una espada manchada con la sangre del enemigo ni sacrifiquemos un corcel que resistió a la muerte en el campo de batalla. No abandonemos en la soledad armas habituadas a la acción y a la fuerza: llevémosles a sus parientes como buena y grande herencia.

-Arrodillémonos a su lado y recemos las plegarias del Nazareno para que Dios quiera perdonarlo y bendecir nuestra victoria -dijo otro.

-Levantémoslo sobre nuestras espaldas en un féretro formado por nuestros escudos y lanzas y recorramos otra vez este valle de nuestra victoria con él en andas para que los labios de sus heridas sonrían antes de verse envueltos por la tierra de la tumba -propuso un camarada.

Y otro:

-Montémoslo en su corcel y, sosteniéndolo con las calaveras de los enemigos muertos y ciñéndoles su lanza, conduzcámoslo a la aldea como vencedor. No cedió a la muerte hasta después de cargarla con el peso de las almas de los enemigos.

-Vamos -dijo uno-, enterrémoslo al pie de esta montaña. El eco de las grutas será su acompañante y el murmullo del arroyo su trovador. Sus huesos deben reposar en el desierto, donde los pasos de la noche silenciosa son leves y suaves.

Otro objetó:

-No. No lo dejemos aquí, porque aquí habitan el tedio y la soledad. Llevémoslo al camposanto de la aldea. Los espíritus de nuestros antepasados lo acompañarán y hablarán con él en el silencio de la noche, y le narrarán las historias de sus guerras y las sagas de sus glorias.

El jefe caminó entonces hacia el centro y pidió silencio. Suspiró y dijo:

-No lo fastidiemos con historias de guerra ni repitamos a los oídos de su alma, que ronda por encima de nosotros, las narraciones de espadas y lanzas. Mejor llevémoslo tranquila y silenciosamente a su lugar de nacimiento, donde un alma amorosa espera su regreso al hogar… el alma de una doncella que espera su retorno del campo de batalla. Devolvámoslo para que no pierda la última mirada a su rostro y el último beso a su frente.

Así, lo cargaron sobre sus espaldas y marcharon en silencio, gachas las cabezas y caídos los ojos. Su caballo, apenado, se afanaba detrás de ellos arrastrando las riendas por el suelo y profiriendo, de tanto en tanto, un relincho desolado que retumbaba en las cavernas como si ellas tuviesen corazón y compartieran su tristeza.

El cortejo triunfal marchó tras la cabalgata de la muerte por el espinoso sendero del valle, iluminado por la luna, y el espíritu del Amor señaló el camino arrastrando sus alas rotas.

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