La cueva de la Mora – Gustavo Adolfo Bécquer

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Frente al establecimiento de baños de Fitero, y sobre unas rocas cortadas a pico, a cuyos pies corre el río Alhama, se ven todavía los restos abandonados de un castillo árabe, célebre en los fastos gloriosos de la Reconquista, por haber sido teatro de grandes y memorables hazañas, así por parte de los que defendieron, como de los que valerosamente clavaran sobre sus almenas el estandarte de la cruz.

De los muros no quedan más que algunos ruinosos vestigios; las piedras de la atalaya han caído sobre otras al foso y lo han cegado por completo; en el patio de armas crecen zarzales y matas de jaramago; por todas partes adonde se vuelven los ojos no se ven más que arcos rotos, sillares oscuros y carcomidos: aquí un lienzo de barbacana, entre cuyas hendiduras nace la hiedra; allí un torreón que aún se tiene en pie como por milagro; más allá los postes de argamasa, con las anillas de hierro que sostenían el puente colgante.

Durante mi estancia en los baños, ya por hacer ejercicio que, según me decían, era conveniente al estado de mi salud, ya arrastrado por la curiosidad, todas las tardes tomaba entre aquellos vericuetos el camino que conduce a las ruinas de la fortaleza árabe, allí me pasaba las horas y las horas escarbando el suelo por si encontraba algunas armas, dando golpes en los juros para observar si estaban huecos y sorprender el escondrijo de un tesoro, y metiéndome por los rincones con la idea de encontrar la entrada de algunos de esos subterráneos que es fama existen en todos los castillos de los moros.

Mis diligentes pesquisas fueron por demás infructuosas. Sin embargo, una tarde en que, ya desesperanzado de hallar algo nuevo y curioso en lo alto de la roca sobre la que se asienta el castillo, renuncié a subir a ella y limité mi paseo a las orillas del río, que corre a sus pies, andando, andando a lo largo de la ribera, vi una especie de boquerón abierto en la peña viva y medio oculto por frondosos y espesísimos matorrales. No sin mi poquito temor separé el ramaje que cubría la entrada de aquello que me pareció cueva formada por la naturaleza y que después que anduve algunos pasos vi era un subterráneo abierto a pico. No pudiendo penetrar hasta el fondo, que se perdía entre las sombras, me limité a observar cuidadosamente las particularidades de la bóveda y del piso, que me pareció que se elevaba formando como unos grandes peldaños en dirección a la altura en que se hallaba el castillo de que ya he hecho mención, y en cuyas ruinas recordé haber visto una poterna cegada. Sin duda había descubierto uno de esos caminos secretos tan comunes en las obras militares de aquella época, el cuál debió de servir para hacer salidas falsas o coger, durante el sitio, el agua del río que corre allí inmediato.

Para cerciorarme de la verdad que pudiera haber en mis inducciones, después que salí de la cueva por donde mismo había entrado, trabé conversación con un trabajador que andaba podando unas viñas en aquellos vericuetos, y al cual me acerqué so pretexto de pedirle lumbre para encender un cigarrillo.

Hablamos de varias cosas indiferentes, de las propiedades medicinales de las aguas de Fitero, de la cosecha pasada y la por venir, de las mujeres de Navarra y el cultivo de las viñas, hablamos, en fin, de todo lo que al buen hombre se le ocurrió, primero que de la cueva, objeto de mi curiosidad.

Cuando, por último, la conversación recayó sobre este punto, le pregunté si sabía de alguien que hubiese penetrado en ella y visto su fondo.

-¡Penetrar en la cueva de la mora!- me dijo como asombrado al oír mi pregunta-. ¿Quién había de atreverse? ¿No sabe usted que de esa sima sale todas las noches un ánima?

-¡Un ánima!- exclamé sonriéndome-, ¿el ánima de quien?

-El ánima de la hija de un alcaide moro que anda todavía penando por estos lugares, y se la ve todas las noches salir vestida de blanco de esa cueva, y llena en el río una jarrica de agua.

Por la explicación del buen hombre vine en conocimiento de que acerca del castillo árabe y del subterráneo que yo suponía en comunicación con él, había alguna historieta: y, como yo soy muy amigo de oír esas tradiciones, especialmente de labios de la gente del pueblo, le supliqué me la refiriese, lo cual hizo, poco más o menos, en los mismos términos que yo a la vez se la voy a referir a mis lectores.

Cuando el castillo, del que ahora sólo restan algunas informes ruinas, se tenía aún por los reyes moros, y sus torres, de las que ha quedado piedra sobre piedra, dominaban desde lo alto de la roca en que tiene asiento todo aquel fertilísimo valle que fecunda el río Alhama, ocurrió junto a la villa de Fitero una reñida batalla, en la cual cayó herido y prisionero de los árabes un famoso caballero cristiano, tan digno de renombre por su piedad como por su valentía.

Conducido a la fortaleza y cargado de hierros por sus enemigos, estuvo algunos días en el fondo del calabozo luchando entre la vida y la muerte hasta que, curado casi milagrosamente de sus heridas, sus deudos le rescataron a fuerza de oro.

Volvió el cautivo a su hogar, volvió a estrellas entre sus brazos a los que le dieron el ser. Sus hermanos de armas y sus hombres de guerra se alborotaron al verle, creyendo que llegaba la hora de emprender nuevos combates; pero el alma del caballero se había llenado de una profunda melancolía, y ni el cariño paterno ni los esfuerzos de la amistad eran parte a disipar su extraña melancolía.

Durante su cautiverio logró ver a la hija del alcaide moro, de cuya hermosura tenía noticias por la fama antes de conocerla: pero cuando la hubo conocido la encontró tan superior a la idea que de ella se había formado, que no pudo resistir a la seducción de sus encantos y se enamoró perdidamente de un objeto para él imposible.

Meses y meses pasó el caballero forjando los proyectos más atrevidos y absurdos: ora se imaginaba un medio de romper las barreras que lo separaban de aquella mujer; ora hacía los mayores esfuerzos para olvidarla; ya se decidía por una cosa, ya se mostraba partidario de otra absolutamente opuesta, hasta que al fin un día reunió a sus hermanos y compañeros, mando llamar a sus hombres de guerra, y después de hacer con el mayor sigilo todos los aprestos necesario, cayó de improviso sobre la fortaleza que guardaba a la hermosura, objeto de su insensato amor.

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Al partir a esta expedición, todos creyeron que sólo movía a su caudillo el afán de vengarse de cuanto le habían hecho sufrir arrojándole al fondo de los calabozos; pero después de tomada la fortaleza, no se ocultó a ninguno la verdadera causa de aquella arrojada empresa, en que tantos buenos cristianos habían perecido para contribuir al logro de una pasión indigna.

El caballero, embriagado en el amor que al fin logró encender en el pecho de la hermosísima mora, ni hacía caso de los consejos de sus amigos, ni paraba mientes en las murmuraciones y las quejas de sus soldados. Unos y otros luchaban por salir cuanto antes de aquellos muros, sobre los cuales era natural que habían de caer nuevamente los árabes, repuestos del pánico de la sorpresa.

Y en efecto sucedió así: el alcaide allegó gentes de los lugares comarcanos; y una mañana el vigía que estaba puesto en la atalaya de la torre bajó a anunciar a los enamorados amantes que por toda la sierra que desde aquellas rocas se descubre se vía bajar tal nublado de guerreros, que bien podría asegurarse que iba a caer sobre el castillo la morisma entera.

La hija del alcaide se quedó al oírlo pálida como la muerte; el caballero pidió sus armas a grandes voces, y todo se puso en movimiento en la fortaleza. Los soldados salieron en tumulto de sus cuadras; los jefes comenzaron a dar órdenes; se bajaron los rastrillos, se levantó el puente colgante, y se coronaron de ballesteros las almenas.

Algunas horas después comenzó el asalto.

El castillo, con razón, podía llamarse inexpugnable. Sólo por sorpresa, como se apoderaron de él los cristianos, era posible rendirlo. Resistieron, pues, sus defensores, una, dos y hasta diez embestidas.

Los moros se limitaron, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, a cercarlo estrechamente para hacer capitular a sus defensores por hambre.

El hambre comenzó, en efecto, a hacer estragos horrorosos entre los cristianos; pero sabiendo que, una vez rendido el castillo, el precio de la vida de sus defensores era la cabeza de su jefe, ninguno quiso hacerle traición, y los mismos que habían reprobado su conducta, juraron perecer en su defensa.

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Los moros, impacientes, resolvieron dar un nuevo asalto al mediar la noche. La embestida fue rabiosa, la defensa desesperada y el choque horrible. Durante la pelea, el alcaide, partida la frente de un hachazo cayó al foso desde lo alto del muro, al que había logrado subir con ayuda de una escala, al mismo tiempo que el caballero recibía un golpe mortal en la brecha de la barbacana, en donde unos combatían cuerpo a cuerpo entre las sombras.

Los cristianos comenzaron a cejar y a desplegarse. En ese punto la mora se inclinó sobre su amante que yacía en el suelo y tomándolo en sus brazos con unas fuerzas que hacían mayores la desesperación y la idea del peligro, lo arrastró hasta el patio de armas. Allí tocó un resorte y por la boca que dejó ver una piedra al levantarse como movida de un impulso sobrenatural, desapareció con su preciosa carga y comenzó a descender hasta llegar al subterráneo.

Cuando el caballero volvió en sí, tendió a su alrededor una mirada llena de extravío y dijo:

¡Tengo sed! ¡Me muero!¡Me abraso!- y en su delirio, precursor de la muerte, de sus labios secos, por los cuales silbaba la respiración al pasar, sólo se oían salir estas palabras angustiosas: -¡Tengo sed! ¡Me abraso!¡Agua!¡Agua!

La mora sabía que aquel subterráneo tenía una salida al valle por donde corre el río. El valle y todas las alturas que lo coronan estaban llenos de soldados moros, que una vez rendida la fortaleza buscaban en vano por todas partes al caballero y a la nada, para saciar en ellos su sed de exterminio: sin embargo no vaciló un instante y tomando el casco del moribundo, se deslizó como una sombra por entre los matorrales que cubrían la boca de la cueva y bajó a la orilla del río.

Ya había tomado el agua, ya iba a incorporarse para volver de nuevo al lado de su amante, cuando silbó una saeta y resonó un grito.

Dos guerreros moros que velaban alrededor de la fortaleza habían disparado sus arcos en la dirección en que oyeron moverse las ramas.

La mora, herida de muerte, logró sin embargo, arrastrarse a la entrada del subterráneo y penetrar hasta el fondo, donde se encontraba el caballero. Éste, al verla cubierta de sangre y próxima a morir, volvió en razón; y conociendo la enormidad del pecado que tan duramente expiaban, volvió los ojos al cielo, tomó el agua que su amante le ofrecía, y sin acercársela a los labios, preguntó a la mora: ¿Quieres ser cristiana?¿ Quieres morir en mi religión, y si me salvo salvarte conmigo?- La mora, que había caído al suelo desvanecida con la falta de la sangre, hizo un movimiento imperceptible con la cabeza, sobre la cual derramó el caballero el agua bautismal, invocando el nombre del Todopoderoso.

Al otro día, el soldado que disparó la saeta vio un rastro de sangre a la orilla del río, y siguiéndolo, entró en la cueva, donde encontró los cadáveres del caballero y su amada, que aún vienen por las noches a vagar por estos contornos.

Gustavo Adolfo Bécquer

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El ayuno de Ramadán

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“Ha llegado Ramadán, un mes bendito, durante el cual Allah os ha prescrito el ayuno. Durante él las puertas del Jardín están abiertas, las puertas del Fuego cerradas y el rebelde satanás encadenado. Durante él Allah tiene una noche que es mejor que mil meses. Quien se ve privado de su bondad sufre una gran pérdida.”

“Toda buena acción se recompensará aumentada de diez a setecientas veces, excepto el ayuno que se observa por Mí, el cual recompensaré Yo”. Hadith Qudsi, Sahih al-Bukhari

1.1.- MARCO CULTURAL DEL RAMADÁN

La vida musulmana esta regida por 5 pilares básicos (arkán ed-din ) (Al`ala al-maududi 2003) que son:
– La aceptación de la Unicidad Divina o profesión de fé (shahada).
– La oración (salat).
– La preocupación por los necesitados (Zaqat)
– El ayuno (Ramadan).
– La peregrinación a la Meca. (Al Hayi)

El Ramadán constituye, pues, uno de los preceptos ineludibles de la confesión islámica que, a partir de una cierta edad, obliga a todos por igual, sin distinción de sexo o condición, con algunas salvedades especiales.

1.1.1.- CRONOLOGÍA DEL RAMADÁN: (Tarrés, S 1998; Tarrés, S 1999;Durán, P 2004).

El calendario islámico consta de 12 meses lunares teniendo cada uno de ellos una duración de 29 días, 5 horas, 5 minutos y 35 segundos. El mes se considera comenzado cuando es visible el primer cuarto creciente de la luna nueva, 2 días después de esta.

El ayuno se realiza durante el noveno mes lunar del calendario musulmán,llamado mes de Ramadán, quedando instituido como mes de ayuno obligatorio en el segundo año de la Hégira (comienzo del calendario islámico 622d.C). El inicio del Ramadán es causa de confusión entre los occidentales, ya que cada año varia, debido a que el año musulmán al guiarse por el calendario lunar, es de 11 a 12 días más corto que el calendario solar, es por ello que el mes sagrado no coincide siempre en la misma fecha del calendario occidental.

El comienzo lo marca la aparición de la luna nueva, el cual se basa en la visión directa de la misma. La noche del comienzo se denomina lailat ech-chek, o noche de la duda, ya que es el periodo donde se espera el avistamiento de la luna para comenzar el ayuno. En Europa los musulmanes de origen extranjero suelen comenzar el mes de Ramadán siguiendo el calendario de sus países de origen (Marruecos, Libia, Senegal,  Líbano, Malí, etc.)

Tras el comienzo, se procede a la abstinencia durante el día y cambiando el ritmo del día, se produce la ruptura del ayuno por la noche. Una vez roto, se realiza en la mezquita el salat at tarauih (la oración del descanso). En los países musulmanes la ruptura del ayuno se suele marcar con cañonazos, sonido de tambores o sirenas.

La vigésima séptima noche del mes es la de lailat al-kadr o noche del destino,donde los musulmanes permanecerán en las mezquitas rezando o leyendo el Corán. En esta noche los musulmanes celebran la aparición del arcángel Gabriel a Muhammad para revelarle el Corán. Esta noche los musulmanes la consideran que “vale más que mil meses” por lo que las buenas acciones que se realicen durante la misma serán recompensadas como tantas se puedan realizar en mil meses. En este día algunos islámicos suelen pasar la noche en sus terrazas o patios al aire libre, esperando recibir su baraka (gracia especial divina). El mes tiene una duración de 29 noches, pero no se puede romper el ayuno sin haber observado la luna; si las nubes no permitieran hacerlo, éste se prolongará hasta el día 30.

Posteriormente el Aid el-fitr o pascua menor, es la fiesta que marca el fin del Ramadán, que da su comienzo sobre las 9 o 10 de la mañana con una oración en las mezquitas. En este día los musulmanes acostumbran a estrenar ropa, visitar a parientes o amigos y entregar el Zakat (entrega del 2,5% de los beneficios excedentes), que puede ser antes de romper el último día de ayuno del Ramadán, lo que es considerado como lo más conveniente, o se puede entregar a lo largo de este mes). El clima de fiesta se suele prolongar durante tres días, en los cuales los fieles se sienten orgullosos de que lo realizado va a ser tenido en cuenta por Dios. Tras el Aid, se vuelve a la normalidad.(Santoni, E 1996).

1.1. 2.- CONTEXTO ESPIRITUAL, RELIGIOSO, CULTURAL Y SOCIAL:

El Ramadán puede considerarse como un ayuno intermitente, situación que no es vivida de forma negativa o restrictiva por los musulmanes, sino más bien, es sentida como un tiempo de autodominio lo cual explica los periodos de abstinencia durante el día y el recreo de la noche, situación que de otra forma seria inexplicable. (Goytisolo, J 1997)

Con todo, el ayuno no es más que una de las características del Ramadán (la fisiológica); centrarse sólo en ella sería como observar una parte del mismo, es decir,fijarse en lo que resulta más evidente para las personas ajenas al mes del ayuno. Para los musulmanes, sin embargo, hay otras dimensiones, espiritual, social, religiosa que lo completan y le dan sentido.

1.1.2.1.-Dimensión espiritual del ayuno:

El ayuno del mes de Ramadán no es utilizado por los musulmanes para el arrepentimiento, ni es considerado como un castigo. El mes de Ramadán adquiere una importancia mayor que el de ser un acto en el que se ayuna. Se considera a este mes como generoso, donde fue revelado el Corán a su Profeta, lo que hace que otros aspectos del ayuno lleguen a ser incluso más importantes, como puede ser lo que se asume como “ayuno a nivel espiritual” que consiste en: no mentir, no enfadarse, no calumniar, no gritar, no ser irrespetuoso, no hablar de nadie que no esté presente, etc…

Durante este mes un musulmán intenta cambiar para ser mejor persona reprimiendo las pasiones y deseos dejando todo por la ley divina. Los musulmanes intentan privarse de todos sus caprichos, demostrándose que pueden tener un control total sobre el cuerpo, de modo que tienen que desarrollar la capacidad de autocontrol y paciencia. En definitiva, este periodo es considerado como un mes válido para que el musulmán refuerce el alma y el espíritu, a través del refuerzo de la voluntad. Al final del mes el musulmán que ha realizado el Ramadán espera haberse convertido en una persona espiritualmente más fuerte y recompensado por Allâh.

Uno de los motivos que aducen los musulmanes, sobre la realización de la abstinencia durante el Ramadán, es que se trata de un precepto divino, sin embargo existen otras razones por las que cumplir con las obligaciones de este mes, con independencia del contexto en el que se encuentren. El mes del Ramadán no solo es no comer o beber sino que abarca más dimensiones del ser humano. Para un musulmán el cumplir con el mes del Ramadán es sinónimo de estar más cerca de Allah, de ser capaz de reconocer sus propios caprichos y egoísmos y corregirlos, de participar en la unión de los musulmanes, es un medio de aprender disciplina, de ser solidarios. (Goytisolo, J 1997)

Por ello para todo musulmán el cumplir con el mes de Ramadán, es considerado como una forma de devolverle a Allah todos lo que les ha ofrecido y les ha dado. Es por ello que la persona que no lo hace de forma voluntaria, se pierde todos estos beneficios,alejándose de su cultura y del Islam. El mes de Ramadán es vivido como un mes de alegría, ya que para un creyente representa sobretodo limpieza espiritual, afirmando que cuando un no islámico lo realiza dicen no sentir esa limpieza espiritual o de acercamiento a un ser divino, pero si la satisfacción personal de autocontrol y superación.

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1.1.2.2.- Dimensión Religiosa del Ramadán:

El Ramadán, para un musulmán, no solo es el mes donde se prescribe el ayuno (El Corán, 1995), sino que también se producen acontecimientos que hace de éste un mes especial, desde el punto de vista religioso. Durante este periodo, fueron reveladas las primeras ayats del Corán a Muhammad, en la soledad de la cueva Hira. También en el Corán se describe como durante el mes Ramadán “se hizo descender el Corán para guía de los hombres”. Según la tradición musulmana, la revelación divina acaeció exactamente en la noche del 27, denominada Laylat-al-Quadr o noche del destino, en la que, según el Corán, Allâh determina el curso del mundo durante un año. Así mismo en el segundo año de la hégira durante el mes del Ramadán, se produce la batalla de Badr,victoria crucial para la misión profética del Islam.

El Ramadán por lo tanto tiene un claro carácter religioso que se sustenta no solo en los hechos mencionados sino que también en la oración, expresión, y reafirmación de los valores y normas del Islam, así como en su expresión pública. Hoy en día, con la presencia de colectivos musulmanes en todos los países, también puede ser considerado como una forma de confirmación de la fe musulmana en el mundo, una manera de identificarse socialmente y de reivindicar la fe islámica. (Tarrés, S 1999)

1.1.2.3.- Dimensión social del ayuno:

Para los musulmanes, este periodo tiene un claro carácter social, pues consideran que durante los primeros días del Ramadán en los cuales están hambrientos y sedientos,comprenderán mejor el sufrimiento al que se ven sometidos los pobres. Esto despierta en las personas de religión islámica un sentimiento de caridad y de compartir con los demás. (Goytisolo, J 1997)

A nivel colectivo el Ramadán, supone para los islámicos la igualdad entre todos los seres humanos, ya que afecta a todos por igual con independencia de su nivel económico. En definitiva, el índole social del ayuno fortalece por otra parte los vínculos de solidaridad y conciencia identificatoria de los creyentes, sus cambios de ritmo trastornan por completo los horarios y costumbres tanto individuales como colectivos.

Todo el mundo se ve afectado de un modo u otro por él (en especial en los países islámicos): cierre de restaurantes y cafés, modificación de jornadas laborales, diferentes horas de reposo y esparcimiento. Este ritmo igualitario, unificador, afecta por igual a todo aquel que se haga llamar musulmán. (Lacomba, J 2001) Si bien durante el ayuno,los musulmanes pueden llevar a cabo sus asuntos cotidianos como de costumbre. Durante las noches del mes de Ramadán, las personas que realizan la abstinencia suelen reunirse entorno a la familia, existiendo menús más elaborados de lo habitual.

1.1.3.- OBLIGACIONES DEL MES DEL RAMADÁN

Las obligaciones del Ramadán hacen referencia a abstenerse de realizar ciertas actividades entre la salida y la puesta del sol, manteniendo durante todo el día un espíritu de reflexión y oración. Están obligados a realizarlo los mayores de edad , haber llegado a la pubertad y poseer capacidad de razonamiento, alrededor de los 14 años,aunque se debe estimular a los niños menores a realizarlo, aunque sea solo de forma parcial, para cuando lleguen a la pubertad se encuentren mental y psíquicamente preparados para el ayuno.

Quedan exentos de realizarlo:

1- Las embarazadas y las mujeres en periodo de lactancia, si su médico así se lo recomendase.

2- Las personas enfermas (los cuales deberán alimentar a una persona por cada día que no ayunen).

3- Los viajeros

4- Las mujeres durante los días que dure la menstruación o el puerperio.

5- Personas con problemas de demencia o problemas mentales.

6- Las personas de edad muy avanzada que han perdido el control de sus facultades.

7- Personas que tengan que socorrer a alguien que este en peligro (aunque deberán realizar un día de ayuno por cada día que hayan roto el ayuno del Ramadán).

El ayuno del Ramadán se divide en condiciones u obligaciones externas del ayuno y condiciones internas:

Las condiciones externas del Ramadán son las siguientes (Al Gazali 1999):

1- La primera obligación es vigilar el comienzo del mes del Ramadán y anunciarlo al observar la luna nueva. Si esto fuera imposible por las condiciones meteorológicas el mes del ayuno se debería prolongar durante 30 días. La fecha exacta de su comienzo presenta algunos problemas a los musulmanes, debido principalmente, a que el inicio debe fundarse en una visión directa de la luna y a pesar de que el cálculo astronómico marca el momento exacto, no se reconoce el valor de esta ciencia más que a título indicativo. Se denomina lailat ech-chek o noche de la duda a este período en el que se espera la vista de la luna para comenzar el ayuno

2- La segunda obligación es la intención. EL musulmán debe hacer intención la primera noche que precede al ayuno y después cada noche antes del alba se debe mantener la intención de ayunar de forma específica y deliberada; si esto no se cumpliese el ayuno no sería valido.

3- La tercera obligación es que mientras la persona recuerde que está ayunando debe impedir la entrada en su sangre de comida, bebida, tabaco o enema. De todas formas si la persona en Ramadán por accidente, por olvido o si es forzada, comiese ese día, el ayuno quedaría intacto.

4- Durante el mes del Ramadán, los musulmanes deben abstenerse de intercambio sexual y solo se les permite tomar a sus esposas durante las noches. La tradición religiosa islámica aconseja el retiro espiritual en las nueve últimas noches del mes sagrado: en este caso, los hombres devotos se abstienen de todo contacto con sus esposas y se recogen a orar y meditar en las mezquitas.

5- Abstenerse de emitir semen voluntariamente. Los besos y caricias entre los esposos que no supongan eyaculación de semen, no anulan el ayuno, si bien, son desaconsejados sobre todo entre los más jóvenes.

6- La última obligación externa es abstenerse de vomitar. Aunque si el vómito es involuntario el ayuno sigue intacto.

En lo referente a las condiciones internas, estas hacen alusión a los distintos grados del Ramadán, es decir, a mantener el pensamiento en un estado de reflexión espiritual y libre de malas intenciones.

En las horas nocturnas, está autorizada la comida, bebida y copulación, siempre que sea con el cónyuge legal. A estas prácticas la tradición ha añadido otras muchas como son la total limpieza corporal, mantenerse con la ablución hecha, la prohibición en el uso del maquillaje para las mujeres, abstenerse de la crítica a los demás, etc.

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1.1.4.- CONTEXTO DONDE SE REALIZA EL RAMADÁN

Debido a las características del mundo actual los fenómenos migratorios han hecho que numerosos musulmanes (en Europa hay alrededor de doce millones de musulmanes) tengan que realizar el ayuno del mes de Ramadán en un contexto occidental. Esta circunstancia puede llegar a producir un Ramadán completamente diferente al que se realiza en los países islámicos ya que los hábitos de vida occidentales no se modifican durante el mes del ayuno.

En los países islámicos durante el mes de Ramadán la actividad económica,social y cultural se traslada a la noche, de esta forma los bancos y la administración pública suele atender solo hasta las 2 de la tarde, los centros comerciales suelen permanecer abiertos hasta altas horas de la madrugada y los restaurantes abren por la noche, ya que durante el mes de Ramadán en los países islámicos esta prohibido comer en la calle o en algún lugar público a la vista de las personas que están realizando el ayuno, si los restaurantes abren durante el día deben hacerlo con las puertas cerradas, ya que esta norma afecta también a los no musulmanes. El ambiente que se vive es religioso y por lo tanto los hábitos de los ciudadanos en los países islámicos se adaptan para tal fin durante la duración del mes de Ramadán.

En estos países, se suele apreciar una inactividad forzada durante el día donde se observan a muchas personas comprando alimentos en grandes cantidades, así como tradiciones culinarias familiares, ansiedad en los minutos que preceden a la ruptura del ayuno, donde la animación callejera producida por las personas que se dirigen a sus casas para romper el ayuno, precede a un periodo de soledad en las calles en los minutos previos al desayuno. Una vez roto el ayuno se observa una reapertura paulatina de los comercios y de salida de personas a la calle. (Goytisolo, J 1997)

Por el contrario, en los países occidentales el día a día continúa inalterable siguiendo con su ritmo normal de vida por lo que es común encontrar personas comiendo o fumando mezclados con musulmanes que están realizando la abstinencia.

Los centros comerciales colegios, bancos, restaurantes, etc., mantienen sus horarios habituales, en tanto que las personas de religión musulmana siguen cumpliendo con su precepto en estos países, lo que implica que el cumplimiento del mismo sea más difícil debiendo adaptarse a este contexto no islámico, lo que sirve al musulmán para reafirmar sus creencias y valores. (Tarrés, S. 1999).

Fuente:

ESCUELA DE ENFERMERÍA CEUTA – UNIVERSIDAD DE GRANADA

TESIS DOCTORAL: ANÁLISIS NUTRICIONAL Y MECANISMO DE ADAPTACIÓN A LA RESTRICCIÓN HÍDRICA, DURANTE EL AYUNO DEL RAMADÁN, EN JÓVENES MUSULMANES DE CEUTA

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El Laúd de Plata

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Después que los Reyes Católicos conquistaron Granada a los moros, esa hermosa ciudad fue durante muchos años residencia habitual de los soberanos españoles. Pero una serie de terremotos asoló la región, derribando muchos edificios, con lo cual cundió el pánico entre los habitantes y los monarcas decidieron abandonar aquel lugar que consideraban peligroso, seguidos, naturalmente, por toda la Corte.

Así transcurrieron muchos, muchos años, sin que ningún personaje real pisara la ciudad. La Alhambra, aquella maravilla mora, quedó sumida en el más completo abandono, y la famosísima Torre de las Infantas, que en otro tiempo habitaran las bellísima Zaida, Zoraida y Zorahaida, se convirtió en el refugio de arañas, murciélagos y lechuzas, y sus cámaras y aposentos perdieron todo su brillo, así como sus jardines todo su esplendor.

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Claro que al abandono de la Torre contribuían sin duda las muchas leyendas que sobre ella se contaban, siempre al oído y en voz baja. Se decía que, a menudo, por las noches se encendía una luz en la que fue habitación de la más pequeña de las tres princesas, y el espíritu de la tímida y dulce Zorahaida se paseaba por los pasillos y por las escaleras, sentándose en ocasiones a llorar su soledad y pulsando en otras su laúd de plata, al que arrancaba dulces y nostálgicas notas.

El tiempo, sin embargo, hizo borrar todos los recuerdos. Y un buen día, el entonces rey de España, Felipe V, el primero de la dinastía de los Borbones, decidió pasar una temporada en Granada, en compañía de su joven y bella esposa la reina Isabel, princesa italiana de la casa de Parma, célebre no sólo por su hermosura, sino también por su elegancia y su espíritu cultivado y refinado.

Los obreros realizaron a toda prisa su trabajo y pronto la Alhambra volvió a resplandecer como en sus mejores tiempos, para dar la bienvenida a la real pareja. Y el redoble de los tambores y los sones de las trompetas anunciaron con alegría la llegada de la comitiva regia, mientras los aposentos y las estancias se llenaban con el rumor de las voces de los cortesanos, el crujir de las sedas de los trajes de las damas y las pisadas de los guardias, mientras en los patios se oía el ruido de las armas y el piafar de los caballos.

Entre el séquito real habla un paje que se llamaba Ruiz de Alarcón. Era joven, contaba sólo dieciocho años, y era de noble cuna, descendiente de una aristocrática y linajuda familia. Además, era muy inteligente y avispado, y a esas cualidades se unía también un físico muy agradable por todo lo cual se había convertido en el paje favorito de la reina Isabel.

¡Y grandes habían de ser en verdad su inteligencia, su gracia y su belleza, para merecer la particular atención de la soberana que, como ya dijimos, poseía un espíritu culto y refinado, y habiendo tantos otros pajes jóvenes y de noble cuna en la corte!

Una mañana, se hallaba el paje paseando por los alrededores de la Alhambra, adiestrando al halcón favorito de la reina, cuando vio a un pájaro que se elevaba hacia el cielo desde las ramas de un árbol próximo.

El paje lanzó el halcón en persecución de la avecilla, pero ésta, con gran astucia, consiguió escapar mientras el halcón, satisfecho sin duda de sentirse en libertad, siguió volando tranquilamente. Al fin se posó en las altas almenas de una torre que se levantaba en el extremo de las murallas de la Alhambra.

El paje experimentó un gran sobresalto, porque sabía que la reina le reprendería muy severamente si regresaba sin su halcón preferido. Incluso, por ese incidente, podía perder el favor real. Por eso se apresuró a llegar al pie de la torre, que no era otra que la famosísima Torre de las Infantas. Descendió al barranco y subió después por el otro lado, pero no vio ninguna puerta ni ventana lo suficientemente baja por la que poder penetrar.

Sin embargo, estaba decidido a penetrar en la torre, y dio un gran rodeo por el lado que daba al interior de las murallas.

En aquella parte descubrió un pequeño jardín, rodeado de un cerco de cañas, por las que subían deliciosas y frescas enredaderas.

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Decidido, cruzó un portillo y llegó hasta la puerta, pasando entre macizos de rosas y otras flores, que llenaban el aire con sus perfumes. Comprobó que la puerta estaba cerrada, pero, por una hendidura en la madera, pudo ver el interior, que le asombró por lo bien cuidado y por el encanto que de él se desprendía.

La puerta se abría sobre un saloncito de estilo moro, de paredes muy blancas y adornadas con finas columnas. En el centro había una hermosísima fuente de alabastro, rodeada de flores; a un lado se veía una jaula en la que se hallaba encerrado un pájaro, mientras, en una silla, dormitaba un gato que llevaba un primoroso lazo rosa atado al cuello, junto a un cesto de labor femenina. Allí podían verse ovillos de seda de distintos colores; y, apoyada en el respaldo de la silla, una guitarra.

Al punto acordóse Ruiz de Alarcón de las muchas leyendas que, desde que estaba en Granada, le habían contado acerca de princesas moras y otros cuentos maravillosos. ¿Sería quizá aquel gato una princesa hechizada por un mago envidioso de su belleza…? Pero al punto se rió de sus pensamientos y llamó suavemente a la puerta.

Nadie contestó a la llamada. Sólo, por un instante, le pareció que un rostro de mujer se asomaba a una de las ventanas que se abrían encima de la puerta. Pero fue tan corto ese instante, que casi no podía asegurar si la fugaz visión había sido fruto de su imaginación.

Por éso, viendo que transcurría el tiempo sin que ningún rumor llegase del interior, repitió la llamada, esta vez con mayor fuerza. Y de nuevo apareció el rostro de mujer en aquella ventana, y esta vez el paje pudo convencerse de que era realidad, y que pertenecía a una joven que apenas tendría quince años y de belleza excepcional.

El paje Ruiz de Alarcón, sobreponiéndose a la impresión que la hermosura de la joven le había hecho, se quitó el gorro de plumas que llevaba y, con él en la mano, hizo una graciosa reverencia.

– Perdonadme si os molesto, bella doncella, pero necesito que me permitáis entrar en la torre, para recoger un halcón que se ha posado en sus almenas.

– Imposible, señor -contestó la muchacha con dulce y encantadora voz-. Mi tía, con quien vivo, me tiene prohibido que abra la puerta a desconocidos.

– Por favor, os lo suplico, no desentendáis mi ruego. Soy uno de los pajes reales y ese halcón que se me ha escapado es el favorito de la reina. ¡No me atrevo a regresar a palacio sin llevarlo conmigo!

– ¡Oh, señor! Si sois uno de esos caballeros de la corte, aún menos puedo permitiros la entrada. Mi tía me ha advertido especialmente en contra de ellos.

– Y lo comprendo, porque existen malos caballeros, por desgracia. Pero yo no soy de esos, fijaos en mí: soy un sencillo paje, que perderá el favor de la reina y puede verse sumido en la desventura, si vos seguís negándome ese pequeño favor que con tanta humildad os solicito.

Por fin, el bondadoso corazón de la muchacha, se conmovió ante tantas súplicas y terminó abriendo la puerta al paje. ¡Eran tan amables sus palabras, tan educado su gesto, que no podía creer que fuese uno de los caballeros contra los que su tía la había prevenido! ¡No, imposible! ¿Cómo podía ser malo un muchacho tan gentil, tan amable…?

Cuando Ruiz de Alarcón vio a la muchacha ante él, después qué ella le hubo abierto la puerta, quedó todavía más admirado ante su belleza. Porque si perfecto y encantador era su rostro, aún más lo era su figura, y su andar grácil y suave le añadía un nuevo encanto.

«¡Es más hermosa que la más hermosa dama de la corte!», pensó el paje.

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Y en efecto, el traje andaluz que llevaba la muchacha le prestaba una, gracia que no podían igualar las mejores telas ni los brocados más valiosos, así como su pelo, cuidadosamente peinado y adornado con una rosa fresca y fragante, resultaba mucho más encantador que con los tocados más complicados o ricos.

Claro está que el paje apreció todos esos detalles en una sola ojeada. Le convenía apresurarse si quería coger el halcón. Y así, tras una breve inclinación ante la muchacha, subió a toda velocidad las escaleras de la torre.

Cuando bajó, con el pájaro en la mano, encontró a la joven sentada en el saloncito de estilo moro, devanando una madeja de seda azul. Pero en su turbación al verle de nuevo ante ella, el ovillo se le escapó de las manos, yendo a caer a los pies del paje.

Ruiz de Alarcón se apresuró a recogerlo, y doblando una rodilla en tierra, como si de una reina o de una princesa hija de reyes se tratara, se lo ofreció con una sonrisa.

Al punto aumentó la turbación de la muchacha, turbación que se convirtió en enojo cuando el paje depositó un beso en la mano que ella le tendía para recoger el ovillo.

– ¡Por favor, señor, os creía un caballero de bien! -exclamó.

– No os molestéis, hermosa doncella. En la corte, todos los caballeros bien nacidos besan la mano de las damas, como testimonio de su más profundo respeto y homenaje -se apresuró a explicar el joven Ruiz de Alarcón.

Así se tranquilizó de nuevo la muchacha, aunque seguía mostrándose turbada por la presencia del paje. Y ese, a su vez, a pesar de lo acostumbrado que estaba a los galanteos de la corte y a pesar de ser inteligente y avispado, se sentía también turbado ante el juvenil, fresco e inocente encanto de aquella hermosa jovencita.

Entonces, de pronto, cuando ya ambos comenzaban a hablar con menos cortedad, se oyó a lo lejos una voz que sobresaltó a la joven.

– Apresuraos, marchad enseguida, señor -exclamó-. ¡Marchad, os lo ruego, lo más rápidamente que podáis! Mi tía vuelve de misa, y se enojaría y me reñiría mucho si os encontrase aquí.

– Entregadme, os lo ruego, ésa flor que lleváis en el pelo. No quiero marcharme sin llevarme un recuerdo de vos. De lo contrario, quizá mañana pensara que vuestra hermosa imagen fue sólo un sueño, fruto de mi imaginación.

Separó ella la flor que adornaba sus negras trenzas y se la entregó.

– Tomadla -dijo-. Pero no os entretengáis, por favor.

Y el paje se apresuró a partir, después de haber prendido la rosa en su cinto y no sin antes volver a besar la mano de la encantadora Jacinta, que así se llamaba la muchacha.

Cuando la tía llegó a la torre, advirtió que su sobrina estaba agitada, y se apresuró a preguntarle qué le sucedía.

– Durante vuestra ausencia, tía, penetró un halcón en la torre -dijo Jacinta.

– ¡Qué atrevido! ¿Es que nuestro pobre pajarito no podrá estar tranquilo, ni aun dentro de su propia jaula…?

Fredegunda, la tía de Jacinta, era una solterona que, por sus muchos años y por haber vivido sola durante mucho tiempo, sentía una gran desconfianza y animadversión hacia todas las personas desconocidas, en especial si eran hombres, y más aún si eran caballeros de la corte, porque acerca de ellos había oído contar muchas historias.

Y ahora su desconfianza y sus continuos temores habían aumentado, al tener en su casa a su sobrina, huérfana de un noble oficial que murió en la guerra. Jacinta se había educado en un convento, y siendo huérfana también de madre, terminada su educación había pasado a vivir con su tía, la cual, precisamente por lo mucho que la quería, se sentía responsable de cuanto pudiera sucederle. ¡Apenas si le permitía salir de la casa una o dos veces a la semana, y siempre en su compañía, naturalmente, y aun para ir a la iglesia!

Pero las buenas gentes de los alrededores, al verla, habían quedado prendadas de su gracia y hermosura, hasta el punto que los campesinos, con esa imaginación poética tan generalizada entre los andaluces, le habían dado el sobrenombre de «La rosa de la Alhambra», y acerca de su belleza y encanto se hablaba en varias leguas a la redonda.

Esa explicación sobre el halcón, que su sobrina le dio, tranquilizó por completo a la buena señora. Y aunque desde aquel día oía a menudo rasgueo de guitarras en las frondas que rodeaban su casa, jamás pensó que las canciones, sentimentales en ocasiones, nostálgicas o románticas en otras, iban dedicadas a Jacinta. Pero así era en realidad.

El paje Ruiz de Alarcón no había olvidado a la muchacha. Y aunque ya no volvió a hablar con ella, se las ingeniaba para verla, aunque fuese desde lejos, y siempre que podía se acercaba a su casa para cantarle dulces canciones, que llenaban de ilusión y de felicidad el tímido corazón de Jacinta.

Los días pasaban sin que los dos jóvenes se dieran cuenta. Y el tiempo empezó a tejer ilusiones y esperanzas en sus corazones, que no querían reconocer el abismo social y jerárquico que les separaba.

Pero un día los monarcas decidieron dar por terminada su estancia en Granada. Y rápidamente se organizó la partida, que Fredegunda, curiosa, quiso ver, para lo cual dejó a su sobrina sola en la casa, no sin recomendarle, como siempre hacía, que no abriera la puerta a desconocidos.

Cuando ya todo el cortejo real hubo traspuesto las puertas de la ciudad, entre los aplausos de la multitud, que había colgado gallardetes y banderas en todos los balcones y ventanas, y entre redobles de tambores y sones de trompetas, la buena mujer regresó a su casa.

Pero, ¡cuál no fue su asombro al advertir que un hermoso caballo árabe piafaba inquieto, atado en el portillo de su propia casa, mientras en el jardín, un apuesto joven, vestido con el uniforme de los pajes reales, estaba arrodillado a los pies de su sobrina que, al parecer, le escuchaba con gran complacencia, encendidas de rubor las mejillas…

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El alazán, como si quisiera advertir a su amo de la presencia de la tía, lanzó un fuerte relincho y al punto el paje se levantó y, no sin antes posar delicadamente sus labios sobre la blanca mano de Jacinta, saltó sobre su caballo desapareciendo velozmente entre los árboles.

Fredegunda se disponía a reñir severamente a su sobrina, pero la muchacha se adelantó a su reprimenda, refugiándose en sus brazos, lanzando profundos sollozos, mientras ardientes lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

– Se ha ido, tía, se ha ido. ¡Jamás, jamás volveré a verle y mi corazón se morirá! -exclamaba, acongojada.

– Pero, ¿qué dices…? ¿De quién hablas…? ¿Y qué noticias te trajo ese joven que hace un momento estaba arrodillado a tus pies, para que así te desconsueles y aflijas? Vamos, vamos, hijita, cálmate y cuéntamelo todo…

– ¡Es él quien se ha marchado! Ese paje que hace un momento visteis arrodillado a mis pies, pertenece al séquito real y por eso ha tenido que marcharse con los reyes…

– ¿Y de qué conoces tú a ese paje…?

Jacinta se ruborizó, pero contó a su tía cómo había llegado a la casa, persiguiendo al halcón.

– No existen halcones más peligrosos que los caballeros del rey. Igual que ese paje ha hecho contigo, hacen concebir ilusiones a las jóvenes cándidas y después, cuando se marchan, las olvidan en pocas horas. No sufras, Jacinta. Olvídale también tú.

– Me ha prometido volver para casarse conmigo. Pero antes necesita que su padre dé el consentimiento para la boda… -afirmó Jacinta, en cuyos oídos resonaban todavía las promesas que Ruiz de Alarcón acababa de pronunciar.

– ¡No sueñes, sobrina, no sueñes! Tú eres una pobre huérfana, y aunque desciendas de noble familia, el padre de ese joven se opondría sin duda a la boda…, aun en el caso de que él la deseara.

Jacinta no insistió, porque su corazón se aferraba a la esperanza. Sin embargo, al paso de los días, esa esperanza fue cada vez más y más débil. Después, los días se fueron transformando en semanas, y las semanas en meses… sin que recibiera ninguna noticia del paje.

Llegó el otoño, con todo su cortejo melancólico, y después el invierno, que hizo bajar casi hasta el valle las nieves de la Sierra. Y también pasó el invierno y se anunció con alegría la primavera en las flores, en los jardines, en el cielo, en la ciudad toda… mientras en el corazón de Jacinta seguía siendo invierno y la muchacha estaba cada día más pálida, cada día más triste…

Ya no la interesaban sus labores, ni la distraía el melodioso canto del pájaro en su jaula, ni la entretenían los jugueteos del gato que ronroneaba a sus pies. Y tampoco tañía nunca la guitarra, que era antes su pasatiempo favorito.

Una calurosa noche, cuando hacía ya rato que su tía dormía apaciblemente, la muchacha, desvelada, se sentó junto a la fuente y allí evocó una vez más el recuerdo de aquella inolvidable mañana, en la que hasta ella había llegado el paje Ruiz de Alarcón, en pos del halcón.

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