Influencia de los árabes en las artes y literatura españolas – José Amador de los Ríos (1818-1878)

Discurso en la Real Academia de la Historia con motivo de su ingreso como académico de número, Madrid, 18 de febrero de 1848 Boletín de la Real Academia de la Historia, XXXIII, IV (diciembre de 1898), pp. 539-552

Honrado en tal manera por una Corporación tan ilustre como esta Real Academia, apenas encuentro palabras para expresar la gratitud de que mi corazón se halla poseído. No son en verdad estas expresiones hijas de la fórmula, ni inspiradas por la lisonja. Consagrado desde mis tiernos años á estudios que tienen por fundamento la Historia, y convencido de que es ésta el gran libro de la vida, en donde hay lecciones para lo presente y lo porvenir, y en donde principalmente estriban las ciencias políticas tan necesarias ya para las sociedades modernas, ambicionaba el poder tomar parte en las tareas de un Cuerpo, que tantos y tan importantes servicios ha prestado y puede prestar todavía á la Historia de España. No titubeo en confesarlo; mis deseos se han cumplido; y deber mío es el presentar el homenaje de mi reconocimiento á los distinguidos Académicos que con tan generoso espíritu me han abierto las puertas de este santuario. Entro en él para ilustrarme, más bien que para hacer gala de mis pobres conocimientos; y traigo á él una pequefia piedra, la cual apenas podrá percibirse en el magnífico edificio levantado ya por este sabio Cuerpo. Al tributarle pues, las más ardientes gracias por la distinción con que me ha favorecido, al considerar los trabajos á que han dado cima otros distinguidos Académicos, y al contemplar finalmente el ancho campo que se presenta á mi imaginación dentro de los círculos prescritos en el instituto de la Real Academia, no acierto donde fijar la vista para encarecer dignamente su grande utilidad é importancia . La historia de esta nación que tan laboriosa existencia arrastró durante los tiempos medios ofreciendo larga materia de estudios en todos sus ramos, se presta hoy á todo género de investigaciones. En ella aparecen tres pueblos dotados de distintas costumbres, gobernados por diferentes leyes y animados por diversos principios religiosos. En ella se combinan y asimilan contrarios elementos; chocan y combaten opuestos intereses, y pugnan sin cesar encontradas ideas; quedando triunfantes las más fuertes y poderosas; desapareciendo y volviendo á renacer siempre las mismas controversias, hasta amanecer al mundo la aurora del siglo XVI, valladar prodigioso levantado por la mano de la providencia entre las edades de hierro y los tiempos modernos.

Nuestros estudios históricos deben, pues, dirigirse á examinar con toda circunspección é imparcialidad esos tres diferentes pueblos; porque la historia escrita hasta nuestros días es únicamente la historia imperfecta del pueblo cristiano, sin que se hayan hecho aún todos los esfuerzos posibles para reconocer y apreciar la influencia que ejercieron en la civilización española los hebreos y los árabes. Ya este ilustre cuerpo ha podido juzgar de la importancia de estas investigaciones respecto á la raza judaica; en el presente escrito habré por tanto de molestar su atención discurriendo solamente sobre la influencia de los árabes en las artes y literatura españolas á fin de manifestar con cuánta razón debe entrarse en estos estudios, ya que afortunadamente cuenta la Academia en su seno con distinguidos orientalistas. Para ello confío en la sabia indulgencia de todos los señores académicos.

Célebres filósofos, historiadores notables y eruditos literatos han formado un juicio poco exacto sobre el estado de cultura de los árabes cuando conquistaron la Península ibérica, y les han dado el nombre de bárbaros, llevados sin duda de las preocupaciones vulgares que por tanto tiempo han dominado entre nosotros, respecto á cuanto tenía relación con los sectarios del islamismo.

La religión de los castellanos, y el odio que estos profesaban á los musulmanes, contribuyeron en gran manera á que se les tuviese en un concepto tan equivocado y á que se les negase absolutamente el haber tenido influencia en los adelantamientos de la civilización española. Pero al calor de los odios inveterados de ambos pueblos ha sucedido la templanza y frialdad de la crítica, y puede decirse en nuestros días que si no se ha logrado aún quilatar cumplidamente la influencia mencionada, se ha reconocido que no solamente España, mas la Europa entera, le es deudora de la conservación de las artes y de las ciencias.

Esto supuesto trataremos de investigar en la forma que pudo el pueblo castellano participar de los conocimientos de los árabes: para alcanzarlo echaremos una rápida ojeada sobre la historia desde la caída del imperio de Occidente hasta la desastrosa batalla de Guadalete: investigaremos cuáles fueron las causas que contribuyeron á derrocar el imperio de los godos españoles, y veremos cuál era el estado de las letras entre ellos. De este modo podremos hacer una comparación exacta entre la civilización de los árabes al conquistar la Península ibérica y la de los súbditos de D. Rodrigo; obteniendo por resultado la diferencia que entre una y otra existía, y abriendo al mismo tiempo el camino por donde hemos de marchar en este discurso.

Sabido es de todo el mundo que á la invasión de los bárbaros del Norte siguió la destrucción de todo lo más grande y magnífico del imperio romano, y que las ciencias y las artes perecieron también en el común naufragio, sin que en toda Europa quedase ni un solo vestigio de ellas. Ciudades enteras desaparecieron delante de tan feroces conquistadores, que como ha dicho un sabio de nuestros días [1], sólo cadenas han traído de sus sombríos bosques. El mundo antiguo cayó bajo el yugo de la ignorancia, y víctima de sus aberraciones y de sus crímenes perdió la luz de las ciencias, que huyeron despavoridas de las tinieblas que por todas partes levantaba el humo de los incendios y de los lagos de sangre.

Mas en medio de una borrasca tan desastrosa brilló la antorcha de la religión: doblaron ante ella la rodilla los destructores de la sociedad europea, y poco á poco fueron adoptando las creencias y las costumbres de los pueblos vencidos, si bien conservando siempre aquella ferocidad primitiva y aquel carácter belicoso, que les había hecho dominar la mitad del mundo. Tal aconteció á los godos, suevos, alanos y silingos, que fueron dueños de toda España por el espacio de tras siglos, época en que se sucedieron 33 reyes, llenos casi todos de aquella sed de sangre que había distinguido á sus abuelos. Obró no obstante grandes milagros la religión; y al celo de los santos padres que se reunieron en concilios para dar leyes á la zozobrante iglesia, debieron también las ciencias el no ser borradas para siempre de la memoria de los hombres.

El régimen, empero, que seguían los godos en su gobierno y el derecho que tenían de elegir sus soberanos, lejos de secundar los esfuerzos de aquellos varones, fueron la manzana de la discordia que los envolvía en continuas guerras civiles y que llegó á consumar su destrucción, como lo había verificado con el imperio del mundo. Negras traiciones, horrendos regicidios, sangrientos é implacables bandos que se disputaron el poder hasta la muerte: el asesinato del hijo por el padre… hé aquí los espantosos cuadros que ofrece la historia de este grande pueblo, sí bien los nombres de los Wambas y los Recaredos serán eternos en la memoria de las generaciones.

Así se expresa nuestro severo Mariana en su libro VI, cap. 19 de su Historia general, hablando de la corrupción de los godos: «Los grandes pecados y desórdenes de España la llevaban de caída, y á grandes jornadas la encaminaban al despeñadero. Y tal se ve por la relajada conducta de los últimos reyes, especialmente por la del torpe Witíza, que no contento con haber pervertido todas las clases de la sociedad [2], ni con haberse ensangrentado bárbaramente en la venerable familia de Chindasvinto, llevó su loco frenesí y su imbecilidad hasta el punto de mandar que fuesen desmanteladas las ciudades del reino [3] y quemadas las armas que servían para defenderlo, por el cobarde recelo de que le destronaran sus vasallos.

Pero no se remedió con su muerte el deplorable estado de la sociedad de los godos: antes bien fué cada día empeorándose con los desórdenes que cometió D. Rodrigo después de subir al trono, con la persecución que hizo en los hijos de Witiza y finalmente con los torpes amores de la hija del conde D. Julián, si bien algunos autores niegan absolutamente este hecho. La sociedad de los godos no tenía bastantes virtudes para oponerlas al torrente de vicios á que se había entregado, y así fué precisa é inevitable su ruina. La batalla de Guadalete, la traición de D. Oppas y de D. Julián ejecutaron la sentencia que ya se había pronunciado contra la España del siglo VIII.

Brilló, pues, la luz de las ciencias en medio de las catástrofes que afligieron al pueblo godo, como brilla un faro en medio de una horrenda borrasca. Su esplendor fué pasajero y apenas dejó huellas.

Acabamos de ver cuáles fueron las causas que impidieron á los godos el entregarse al estudio de las ciencias y al cultivo de las artes, y hemos examinado igualmente, aunque con la mayor brevedad, las que contribuyeron á su total ruina. Réstanos, pues, investigar cuál era el estado de los árabes cuando conquistaron la Península ibérica; y para esto necesitamos buscarlos en el centro de la Arabia, seguirlos en sus conquistas hasta la batalla de Guadalete y finalmente considerar sus adelantos científicos y artísticos, teniendo presente el origen y el carácter especial de estos.

Dotados los árabes de un ingenio ardiente y de un talento extraordinario, cultivaron desde un principio la astronomía y otras ciencias y se valieron para inculcar el amor del estudio en los volubles ánimos de los que principiaban á iniciarse en sus misterios de versos toscos y difíciles. Las máximas religiosas y las sentencias morales se enseñaban, también en estos versos, que eran el único instrumento de civilización que entre ellos se conocía, como afirman algunos historiadores; pero los adelantamientos que hacían eran sin embargo lentos y de poco valor, si bien las ciencias que cultivaban participaron desde luego del carácter peculiar de estos pueblos. Subió á principios del siglo VII el astuto Mahoma á ocupar en aquellas regiones las sillas de ambos imperios: prohibió por medio del Corán todos los estudios que no, fuesen encaminados al exterminio de la religión católica, y lanzó un terrible y eterno anatema contra las bellas artes, especialmente la pintura y la escultura, las cuales fueron expresamente prohibidas.

Su único deseo consistió en extender su religión por su espada y dió en 630 principio á las grandes conquistas, que hicieron después dueños de casi todo el mundo á sus fanáticos y valerosos sectarios. Sucedióle poco tiempo después Abubekir y más adelante Omar, el más feroz y el más feliz de los conquistadores modernos. Apoderóse en el corto espacio de diez años y medio de toda la Siria, la Fenicia, el Egipto, la Mesopotamia, la Persia y parte del Archipiélago, haciendo quemar la celebérrima biblioteca de Tholomeo, que existía en la ciudad de Alejandro, privando así á las ciencias de uno de los más famosos monumentos de la antigüedad. «Si todos los libros (dijo á vista de tan numerosa biblioteca) contienen alguna cosa más que nuestra profesión de fe, son falsos; si contienen lo mismo, son inútiles.» ¡Tal era la ferocidad de su carácter y el odio que profesaba á la religión cristiana y á los conocimientos científicos!

No fueron los califas, que después de él se asentaran en la silla de Mahoma, menos enemigos del saber humano, hasta que Alí, el cuarto califa de aquella familia, les prestó algún amparo en sus dominios, pudiéndose contar desde esta época la era de la verdadera ilustración de los árabes.

Desde este tiempo, pues, fueron apreciados generalmente todos, los ramos del saber entre los partidarios del islamismo y Abu Jaafar, Aroun Al Raschid y Almanon llevaron las ciencias al más alto grado de esplendor, haciendo traducir todos los volúmenes griegos, persianos y siríacos que hubieron á las manos en sus conquistas, estableciendo escuelas para la enseñanza y academias para los sabios, y haciendo, en fin, de su corte, según el dicho del abate Andrés, más bien una academia de ciencias que el palacio de un califa guerrero.

Volvieron al mundo, entumecido por la ignorancia, el brillo y la lozanía de la rica imaginación del Oriente y respiraron en la, literatura los perfumes encantados de la Arabia, viéndose renacer de las ruinas griegas la poesía de los primeros pueblos, cuyas obras admiramos ahora en las traducciones que de ellas se han hecho recientemente á los idiomas modernos.

Las matemáticas, la filosofía, la física, la medicina, la astronomía, la jurisprudencia, la oratoria, la poesía, y finalmente cuantas ciencias eran entonces conocidas, recibieron nueva vida en la corte del Augusto de los árabes, cuyo glorioso nombre atribuye, no sin razón el abate Andrés al grande Almanon. A este califa fué debido el gran pensamiento de medir la tierra, mandando que sus matemáticos lo pusiesen por obra, y haciendo los mayores esfuerzos para conseguirlo. Obra de su grande amor á las ciencias fueron las famosas bibliotecas de Fez y de Larache, y á su imitación se establecieron más adelante otras muchas en toda el Asia y el Africa, luego que esa región sucumbió al poder de la media luna.

Llegaron, pues, á establecer su dominio á las mismas puertas de España: la Mauritania Tingitina fué el único valladar que se le opuso en Áfríca y lo respetaron, como provincia de un grande imperio, hasta que la traición de los hijos de Witiza, tomando por escudo la ofensa hecha al conde D. Julián, les abrió, en unión con este mal patricio, las puertas del Mediterráneo, y volaron á castigar los desórdenes que tanto tiempo hacía se estaban cometiendo impunemente.

Acabamos de ver rápidamente cuál era el estado de civilización en que se encontraban los árabes al emprender la conquista de España, estado ventajosísimo sobre todas las naciones en aquella época, y que por tanto les daba la preeminencia sobre todas. No eran, como han pretendido algunos historiadores, una nación de bárbaros, tomando esta palabra en la acepción que se le ha dado modernamente; eran, sí, unos conquistadores que se aprovecharon de las discordias ajenas para ensanchar su dominación. En esto manifestaron que su política era perspicaz, aunque ambiciosa, como la de todos los pueblos que deben su engrandecimiento á la suerte de las armas.

Es verdad que las costumbres, las leyes y los ritos religiosos de los árabes eran de todo punto contrarias á los de los pueblos vencidos, y que esto debía engendrar odios implacables en los últimos, al ver hollados sus hábitos, y despreciadas sus creencias; pero también lo es el que los árabes, pasado el primer furor de la conquista, no prohibieron en España la religión cristiana, y antes permitieron su culto, protegiéndola públicamente en las ciudades que dominaban, como se prueba con multitud de autoridades y como no há mucho tiempo manifestó el digno académico D. Miguel de la Fuente Alcántara, en ocasión análoga á la presente [4]. Esto manifiesta que no eran intolerantes, y el no serlo, si otros datos no hubiera para demostrarlo, que habían llegado á un alto grado de civilización. No eran por tanto una canalla, como dice el P. Juan de Mariana, llevado de un celo laudable hasta cierto punto, si bien no menos parcial é injusto al mismo tiempo.

Tenemos ya el estado de cada una de las naciones que nos habíamos propuesto considerar brevemente, á saber: la goda y la árabe: de la simple narración que hemos hecho puede deducirse la influencia que tuvo la última, brillante, sabia y poderosa en las artes y ciencias de la primera, ignorante, corrompida é inerme. Veamos, pues, de hacerlo.

Después que puso la desastrosa batalla de Jerez en manos de los árabes toda la España, á excepción de una pequeña parte de Cantabria, á cuyas montañas se refugió D. Pelayo, seguido de algunos valientes, resueltos á morir por su santa ley, quedaron aquéllos por dueños absolutos de la Península é hicieron venir del Africa gran multitud de gente para que la poblasen, y para quitar á los godos, toda esperanza de recobrar su antiguo lustre y poderío. Perdiéronse, como dejamos apuntado, los hábitos y costumbres de aquel pueblo, que por tanto tiempo había dominado en España; varió en un todo la forma de gobierno, y sintieron los pueblos al verse subyugados por extranjeros, llorando al recordar sus hazañas y el nombre de sus abuelos, de vergüenza y de despecho.

Cuarenta y tres años reinó entre los árabes, que habían pasado á España, la más terrible anarquía y el más feroz deseo de mandar, empañando hasta cierto punto los nombres de Muza y de Abdalasis. Su imperio, fundado apenas en la Península, se vió por sí mismo próximo á desaparecer á impulso de la ambición, cayendo envueltos los conquistadores entre las ruinas del pueblo conquistado; cuando en el año de 754 pasó á España, llamado por los árabes, que no podían sufrir la tiranía de Aben Juseph, el sabio, el grande y poderoso Abderramen, que en el término de cuatro años restableció enteramente el orden social, cuyos vínculos habían sido rotos por las insensatas y desmedidas pretensiones de los Doranes y los Robas.

Fundó en España el nuevo reino de los árabes, haciéndose independiente de los califas de Bagdad, y abriendo una nueva era á la civilización y con ella á las ciencias y á las artes. Estableció escuelas públicas para la enseñanza, y prodigó su protección á todos los sabios que halló dentro del reino, y llamó haciéndoles grandes promesas, á los extranjeros: hizo últimamente ver al mundo que no era indigno de la sangre que corría por sus venas [5]. En el alío 756 fundó en las inmediaciones de Córdoba un magnífico palacio, al cual dió por nombre Rusafa [6] plantando en sus patios una palma, á que hizo él mismo una canción, que el erudito orientalista D. Antonio Conde traduce de este modo, hallando en ella el tipo de nuestro romance castellano:

Tú también, insigne palma—eres aquí forastera

De Algarbe las tristes auras—tu pompa halagan y besan, etc.

Lo cual prueba la grande estima en que tuvo el monarca árabe el culto de las musas. La mezquita de Córdoba y el alcázar de la misma ciudad fueron también obra de su entusiasmo por las artes. ¡Tal fué la influencia que el rey Abderramen tuvo en la ilustración arábiga!

No desmintieron sus hijos este grande amor á las ciencias. «Desde el siglo IX de nuestra era, dice un célebre historiador, refiriéndose á España, empezó á centellear la luz de la literatura sarracena, y por cinco ó seis siglos conservó vivo y brillante su esplendor. Setenta bibliotecas públicas se veían abiertas en varías ciudades de España para el uso del pueblo, cuando el resto de Europa sin libros, ciencias, ni cultura estaba sumergido en la más vergonzosa ignorancia.»

Y ¿qué influencia debieron tener estas luces sobre el pueblo cristiano, que retirado á un rincón de la Península, sin artes ni ciencias, y en una palabra, entregado sólo á una guerra sangrienta y exterminadora, no pensaba más que en forjar armas para combatir á los enemigos de su religión? A primera vista se deja ver que debía de ser muy poca: ¿cómo comprenderemos entonces el dicho de Alvaro Cordobés, que ya en el siglo IX se lamenta de que abundasen en el lenguaje gótico-latino, que era el vulgar de aquella época, los modismos árabes, y de que se dedicasen los descendientes de los godos al estudio de la elocuencia y de la literatura arábigas?

Nosotros encontramos una razón filosófica para explicar esta contradicción tan importante. No eran árabes todos los que habitaban las ciudades sujetas á los Abderramanes: la mayor parte eran cristianos mozárabes, que hablaban el idioma de los godos lo mismo que el de los musulmanes, y tenían continuo tráfico con los cristianos de allende el Guadarrama, cultivando las ciencias y recibiendo la saludable influencia de la civilización de los agarenos. De aquí provino que tan luego como fueron apoderándose los sucesores de D. Pelayo de las ciudades que conquistaban de los moros, fué aumentándose también el número de los cristianos, haciendo los guerreros de León y de Asturias el apego á las ciencias, y despertándose últimamente en sus cabezas ideas de cultura.

Es verdad que en esta época y aun mucho después, desdeñaron los caballeros castellanos el estudio, y miraron con sumo desprecio á los que se entregaban a las ciencias; pero en cambio no desaprovechó la Iglesia ninguna ocasión de ilustrarse, y, como apunta el Arzobispo D. Rodrigo en su Historia, puso á los salmos de la Sagrada Biblia anotaciones escritas en el idioma de los muslimes, y no se recató de celebrar el santo sacrificio de la misa en un breviario mozárabe.

Así pasaron algunos siglos, sin que fuese más directo el influjo de la nación ilustrada por excelencia en la cultura de los castellanos, hasta que el famoso rey D. Alfonso X, llamado el Sabio, conociendo las grandes ventajas que podían obtenerse del cultivo del idioma de sus civilizados vecinos, depositarios entonces del saber del mundo antiguo, estableció en Sevilla cátedras de elocuencia arábiga, y mandó traducir en 1254 muchos volúmenes de aquel idioma al castellano, que iba formándose poco á poco. Prodigiosos hubieran sido los adelantos de la civilización española bajo el dulce reinado de un monarca tan amigo del saber, á no haber turbado la felicidad de sus vasallos la ambición de su hijo D. Sancho, que desconociendo los derechos legítimos de los hermanos Cerdas, se rebeló contra su mismo padre, apoderándose con asombro de España de las riendas del Estado.

Era D. Alfonso muy dado al estudio de las ciencias humanas y había logrado adquirir grandes conocimientos en la astronomía, la filosofía, la filología, la poesía, la jurisprudencia, dejando obras que ha recibido y recibirá la posteridad como un triunfo sobre la época en que floreció. Acúsasele de no haber sido tan hábil político como exigían las circunstancias en que se víó; pero esta acusación nada tiene de justa. D. Alfonso fué un rey nacido para reinar sobre un pueblo más adelantado que el suyo: éste es todo su delito y el no haber tenido la suficiente energía para reprimir la ambición de su hijo D. Sancho.

Con la muerte, pues, del rey sabio, riel rey justo y clemente, perdieron las ciencias su protector y cayeron en desuso de tal manera, que apenas hay noticias de que encontraran cultivadores y apasionados por aquellos tiempos. Todo volvió á ser guerras y trastornos, todo discordias y desmanes, mientras que los árabes iban adquiriendo mayores triunfos en la carrera de las letras. A los disturbios del reinado de Alfonso X siguieron las penosas minoridades de D. Fernando IV y D. Alfonso XI, combatidas por las parcialidades de los Haros y los Laras, viéndose el trono envuelto en el torbellino de las pasiones que devoraban el seno de Castilla. Y aunque en aquellos siglos, florecieron hombres tan doctos como Raimundo Lulio, cuyas obras son hoy admiración de toda Europa civilizada, aunque se echaron los cimientos á sabios sistemas filosóficos, que vuelven ahora á llamar la atención de los hombres estudiosos, permaneció la sociedad cristiana bien distante de la agarena, en el cual eran la erudición y la poesía una parte de la educación de los caballeros.

Había echado, sin embargo, hondas raíces entre los cristianos la cultura de los árabes, con quienes sostenían aquellos un íntimo, aunque hostil comercio, y varios libros que se escribieron de aquella época en adelante tuvieron, como afirma el erudito Conde, el mismo estilo y sintáxis que usaban los sarracenos, faltando solamente los sonidos materiales de las palabras para formar un dialecto arábigo. Cita el referido orientalista para probar esta aserción algunas obras escritas á principios del siglo XIV por el infante D. Juan Manuel y otros autores prosaistas, y señala como dignas de estudio en este concepto al Conde de Lucanor y la Historia de Ultramar, añadiendo también la Crónica de Alonso X, de quien tan distinguida mención hemos hecho.

Pruébase con esto la grande influencia que los árabes tenían hasta en nuestro idioma y que á pesar de la diversidad de religión y de costumbres ejercían, como más cultos y civilizados, cierto predominio que está infaliblemente cimentado en una razón natural, que induce á los hombres á respetar á aquellos que más sabiduría manifiestan.

Este sentimiento noble de los castellanos produjo la imitación, y después de la imitación nació el amor á las artes y á las ciencias, inculcándose éstas en la muchedumbre con el transcurso de los tiempos. Difícil sería en verdad seguir paso á paso la historia de estos adelantos lentos en demasía hasta el renacimiento total de las ciencias en toda Europa, época en que llegó á recogerse el fruto de los esfuerzos científicos de los sarracenos.

Para nuestro propósito basta solamente saber que su influencia iba cada día siendo más directa en todos los ramos: el romance castellano, esta hermosa y arrogante flor de la poesía española es hija de un ingenio ardiente y fecundo: las matemáticas, llamadas por algunos sabios la ciencia de la verdad, adquirieron entre ellos el mayor grado de perfección: la física, la botánica, la medicina, la filosofía, la historia, y en una palabra, todas las ciencias les deben su conservación, y entre nosotros su aclimatación y enseñanza. Los árabes españoles recorrieron, según la expresión de un autor célebre, todos los campos de la amena literatura, y no encontraron en ellos flor que no trasplantasen á sus jardines.

Pero esta influencia, que tan eficaz, tan poderosa ha sido para las ciencias, no ha presentado las mismas ventajas en todas las artes, principalmente en la escultura y pintura. Ya hemos visto que Mahoma las prohibió por medio de su Corán: nada, pues, podían hacer los árabes que no fuese considerado corno un crimen, y así fue que no produjeron tampoco nada digno de mencionarse. En la Academia Nacional de San Fernando hemos tenido, sin embargo, el gusto de ver algunos cuadros pertenecientes, según se afirma, al último período de su dominación, y la Alhambra de Granada nos ha presentado otros monumentos, atribuídos á los musulmanes, en uno de los techos de sus magníficas tarbeas. Esto en cuanto á la pintura: respecto á la escultura nada hay que pruebe el haberse dedicado á su culto ni haber hecho adelanto alguno en ella. Sólo se conservan en el mismo alcázar de Granada cuatro figuras informes, que sostienen una fuente, á la cual dan vulgarmente el nombre de los Leones, tomando el patio en que se encuentra la misma denominación. Puede servirles de disculpa el rigoroso precepto del Corán.

La arquitectura en cambio les fue deudora de uno de sus más preciosos y delicados géneros: las mezquitas del Cairo, Bagdad y Jerusalem nos presentan los modelos de las de Córdoba y Zebra, y de las palacios de Granada y Sevilla, así como también de otros monumentos que nos recuerdan la cultura de aquel pueblo, y serán siempre la mejor defensa contra los que llevados de un excesivo fanatismo, lo han pintado como bárbaro.

Y ¿qué habremos de decir de las demás artes, especialmente de la agricultura?… Muchos pliegos pudiéramos llenar si tratáramos ahora de mencionar los adelantos que debe España en este ramo á los sarracenos. Bástenos, pues, afirmar solamente que nunca ha sido la Península ibérica tan feraz como cuando eran sus campos cultivados por ellos; y por probar nuestro aserto, recorramos las deliciosas vegas de Granada, Murcia, Loja y Valencia, y no olvidemos otras poblaciones que deben á la industria de aquellos su prosperidad y bienandanza.

Mucho habríamos de extendernos si nos ocupáramos de las demás artes mecánicas, en las que tiene influencia la química que tan profundamente poseyeron; pero además de no ser éste el campo, que desde luego escogimos para demostrar hasta el punto que había llegado la influencia de los árabes en nuestras ciencias y artes, no poseemos tampoco las mecánicas con la seguridad debida para dar un fallo que pueda ser respetado; por cuya razón nos abstenemos de entrar en este examen.

Hemos visto por las breves observaciones que llevamos hechas que la influencia de los árabes ha sido grande y extensiva á las ciencias, pudiendo ser tenidos por conservadores de todos los ramos del saber humano: casi lo mismo ha sucedido con las artes, y en la parte que las han cultivado han sido creadores de un género encantador y delicado, hijo sin duda de su grande ingenio. Sometemos al buen juicio de la Real Academia las opiniones propias que en este discurso hemos emitido, y terminaremos asegurando que en nuestro entender todos nuestros mejores poetas y literatos han bebido la luz de las ciencias en las inagotables fuentes que aquellos intrépidos hijos de Agar plantaron en nuestra patria. «De las escuelas musulmanas salió la aurora de las ciencias y brilló en la literatura moderna.» ¡Ojalá pudieran recogerse aún entre nosotros los ópimos frutos que encierra la célebre biblioteca del Escorial, tan rica de monumentos arábigos, como poco concurrida de nuestros literatos!…

A nadie mejor que á la ilustre Academia, á quien tengo la honra de dirigirme, corresponde el llevar á cabo estas utilísimas tareas. Nadie cuenta para ello con más poderosos elementos, si la mano del Gobierno, hasta ahora generosa para las letras y las ciencias, prosigue dispensándoles su protección y ayuda.

He dicho.

Madrid, 18 de Febrero de 1848.

José Amador de los Ríos

Notas

[1] Chateaubriand

[2] Ordenó por una ley que todos los eclesiásticos y personas consagradas á Dios se casasen. (Mariana, libro 6, capítulo 12. –Concilio Toledano XVIII.)

[3] Solamente León, Toledo y Astorga fueron las que se libraron de ese feroz decreto (Ib.).

[4] Los cristianos que no quisieron abandonar sus tierras, y reconocieron el dominio sarraceno, se llamaron mozárabes, y mantuvieron el culto de su religión intacto. La dominación de los musulmanes fue en España casi puramente política. Los cristianos le dieron otro carácter al reconquistarla.

[5] Abderramen era hijo de Iscam y nieto de Almanon, de la familia de los Ommiadas.

[6] Hoy está destruído: este edificio fue convento de los franciscanos hasta los últimos tiempos, en que fueron exclaustrados.

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José Amador de los Ríos (Baena, 1818-Sevilla, 1878) no fue un arabista, si bien la contribución que se reedita en la REIM, Influencia de los árabes en las artes y literatura españolas , que fue su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia el 18 de febrero de 1848, es digna de insertarse en una historia del arabismo por constituir una muestra típica de una de las posiciones del debate que sobre el papel de los árabes en la historia de España se desarrolló a lo largo del siglo XIX.

Como historiador publicó en ese mismo año su obra Estudios históricos, políticos y literarios sobre los judíos de España , precedente de su obra capital que publicaría casi tres décadas más tarde, Historia social, política y religiosa de los judíos de España y Portugal (3 volúmenes, 1875-76).

Parte en este discurso de 1848 de la idea de que la historia de España que hasta el momento se había escrito, era “la historia imperfecta del pueblo cristiano, sin que se hayan hecho aún todos los esfuerzos posibles para reconocer y apreciar la influencia que ejercieron en la civilización española los hebreos y los árabes”. Considera que la Academia ya había podido juzgar los trabajos sobre el papel de los judíos [se refiere sin duda a su libro, a punto de editarse], por lo que decide centrar su disertación sobre “la influencia de los árabes en las artes y literatura españolas”.

Este discurso es la quintaesencia de la visión positiva acerca de los árabes que toda una corriente intelectual de corte liberal defenderá desde José Antonio Conde (citado dos veces en su texto) a Francisco Fernández y González (casado con la hija de José Amador de los Ríos) y Juan Valera, pasando desde luego por Pascual de Gayangos, uno de los tres arabistas miembros de número de la Academia de la Historia en el momento de este discurso de ingreso (los otros dos son Serafín Estébanez Calderón y Miguel Lafuente Alcántara).

Considera que el juicio realizado en España sobre la cultura de los árabes ha sido “poco exacto”, denominándoles “bárbaros”, justificándolo por motivos religiosos la voluntad expresa de negar su influencia sobre la “civilización española”. Define a los árabes como “dotados de un ingenio ardiente y de un talento extraordinario”. Atribuye al cuarto califa Ali el inicio de la “era de la verdadera ilustración de los árabes” y a la corte de Almamún (Almanon según lo cita) como algo más parecido a “una academia de ciencias que el palacio de un califa guerrero”. Para convenir que “el estado de civilización en que se encontraban los árabes al emprender la conquista de España, [era un ]estado ventajosísimo sobre todas las naciones en aquella época, y que por tanto les daba la preeminencia sobre todas”. Criticando la visión del Padre Mariana que tanto influyó en el otro punto de vista denigrador de la cultura árabe, dirá: “No eran por tanto una canalla, como dice el P. Juan de Mariana, llevado de un celo laudable hasta cierto punto, si bien no menos parcial é injusto al mismo tiempo”.

Desde luego todos los tópicos del romanticismo acerca de lo oriental y lo árabe se encuentran en este discurso: “La rica imaginación del Oriente”, los “perfumes encantados de la Arabia”. A Mahoma se le califica de “astuto”, a los árabes de “intrépidos hijos de Agar” o “fanáticos y valerosos sectarios”, cuyo “único deseo consistió en extender su religión por su espada”, contradiciendo así esa visión de defensores y transmisores de la cultura.

Se encuentra también en este discurso de José Amador de los Ríos esa visión recuperadora del papel de los mozárabes, que recibían “la saludable influencia de la civilización de los agarenos” y que terminaría influyendo en figuras como Alfonso X que supo aprender de “sus civilizados vecinos, depositarios entonces del saber del mundo antiguo” o en obras como El Conde Lucanor , probando así “la grande influencia que los árabes tenían hasta en nuestro idioma y que á pesar de la diversidad de religión y de costumbres ejercían, como más cultos y civilizados, cierto predominio que está infaliblemente cimentado en una razón natural, que induce á los hombres á respetar á aquellos que más sabiduría manifiestan”. Aparece aquí el crítico literario que también fue José Amador de los Ríos.

Bernabé López García

Fuente: UAM

 

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