Zoulikha Bouabdellah inaugura la galería Sabrina Amrani

Zoulikha Bouabdellah

La artista franco-argelina será la primera en exponer en esta nueva sala del centro de Madrid, especializada en arte de África y Oriente Medio

Hoy abre sus puertas, en pleno barrio madrileño de Malasaña, la galería de arte contemporáneo Sabrina Amrani, dirigida por la socióloga gala del mismo nombre. Los proyectos expositivos que la sala acogerá nos invitarán a reflexionar sobre las conexiones del individuo con la sociedad y el espacio. Dará cabida a trabajos de creadores consolidados y noveles, prestando especial atención a África y Oriente Medio.

Hasta el próximo 23 de julio, Sabrina Amrani nos presenta a la artista franco-argelina de origen ruso Zoulikha Bouabdellah, en cuya trayectoria personal y profesional se superponen de forma constante las tradiciones de variadas culturas. Conocedora de las contradicciones morales de cada una de ellas, la artista explora en sus trabajos las fracturas entre el Norte y el Sur, entre cristianismo e Islam, Europa y África, entre el hombre y la mujer; las tensiones entre lo que se dice y lo que se calla, entre el placer y el dolor.

El proyecto de Bouabdellah que ya podemos ver en la sala madrileña lleva por nombre “Mirage” y se hace eco del nuevo panorama social surgido en el norte de África tras las revueltas en Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Bahrein. No sabemos con certeza qué cambios traerán estas revoluciones, pero sí que las imágenes fotográficas que de ellas nos han quedado se convertirán en auténticos iconos.

La creadora ha elegido el suyo propio: la instantánea de un avión Mirage de las fuerzas de Gadafi abatido en pleno vuelo. Su mensaje: el dictador no era invencible. Esa imagen se repite de forma constante en la serie Mirage y en el tríptico Zellige, un canto a los ideales de la revolución norteafricana. Estas piezas toman la forma de composiciones geométricas formadas por aparentes azulejos, en alusión al repertorio artístico árabe.

Zoulikha Bouabdellah

Por su parte, la instalación Algol representa esquemáticamente la constelación de las Perseas. El nombre Algol viene del término árabe “Ras al-Ghul”, literalmente la cabeza del demonio. Los antiguos griegos veían en esta estrella el ojo de la Medusa, una criatura con la cabeza cubierta de serpientes cuya mirada convertía en piedra a cualquiera que osase desafiarla. El mapa de estrellas muertas de Algol nos ofrece una lectura mitológica de la tiranía, pues esos astros simbolizan a los dictadores africanos caídos.

Completa la muestra Set me free from my chains, obra que toma su título de una canción de la egipcia Umm Kulthum convertida en emblema de libertad.

 

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Muhammad el mensajero de Dios (Las bendiciones de Dios sean con él, y la paz)

El Santo Profeta Muhammad (BPD) nació en el año 570 de la era vulgar, hijo de Abdallah, hijo de Abd El-Muttalib. Es descendiente de Abraham e Ismael, de quien habría de surgir, según la promesa de Dios a Agar, una gran nación: “Levántate, toma el niño y tómale de la mano, pues he de hacerle un gran pueblo” (Gén., XXI, 18). Asimismo, Gén., XLIX, 10, dice: “No faltará de Judá el cetro, ni de entre sus pies el báculo hasta que venga aquel cuyo es, y a él darán obediencia los pueblos.”

Puesto que Jesús (la paz sea con él) es de la casa de David, y de la de Judá por tanto, ha de referirse necesariamente el Génesis a un profeta posterior. Por otra parte, en el Nuevo Testamento, en Juan, XVI,7, Jesús (la paz sea con él) anuncia la llegada del Paráclito, que en árabe quiere decir ‘muhammad’, o alabado. Esto dice la Biblia sobre la venida de Muhammad (BP), que cierra el ciclo profético. Según la costumbre de los árabes urbanos, fue encomendado el niño al cuidado de una nodriza beduina para ser criado en el desierto, con los nómadas.

Mientras estuvo con la familia beduina, ésta experimentó grandes portentos. En una ocasión pudieron ver cómo dos hombres, vestidos de blanco, abrían el pecho de Muhammad (saws) y revolvían dentro con sus manos. Más adelante explicaría el Profeta (saws) que se trataba de dos ángeles que habían limpiado con nieve una mota oscura de su corazón, y añadió que Satán toca a todos los hijos de Adán al nacer, excepto a María y a su hijo.

Habiendo regresado a Meca, durante su juventud, Muhammad (saws) viajó en las caravanas, haciéndose cargo de mercancías de otros comerciantes, a los que inspiraba tal confianza que se ganó el sobrenombre de Al-Amin.

Durante uno de esos viajes conoció, en Siria, al monje cristiano Bahira, que reconoció en él la señal de su profecía. A la edad de veinticinco años se casó con Jadiya, una viuda que se dedicaba al comercio, y en cuyas caravanas había trabajado Muhammad (saws). Jadiya le dio al Profeta (saws) dos hijos, que murieron en la infancia, y cuatro hijas. Cuando el Profeta tenía cuarenta años, durante un retiro en el mes de Ramadán en una cueva del Monte Hira, buscando la cercanía al Dios Uno y Único, recibió una visita del ángel Gabriel, que supuso el comienzo de la revelación del mensaje Divino. Su esposa, Jadiya, fue la primera persona en aceptar el mensaje de Muhammad (saws), y después lo hizo su primo, Ali.

El primero en aceptar el mensaje fuera de la familia del Profeta fue Abu Bakr. Había empezado a predicar públicamente su mensaje, lo que provocó la oposición de los politeístas, que temían, no sólo por sus ídolos, sino también por la preeminencia y prosperidad comerciales de Meca, que era también el principal centro de peregrinación al tener la Kaaba, santuario construido por Abraham y consagrado a Dios, pero a la sazón lleno de los ídolos de toda Arabia. Eventualmente, algunos musulmanes hubieron de emigrar a Abisinia para escapar a las persecuciones. Durante una de las peregrinaciones que se solían hacer a Meca, varios hombres de Yathrib, una ciudad al Norte, aceptaron el Islam. Al año siguiente, aún más, y se hizo costumbre emigrar a esa ciudad para sustraerse a las persecuciones de los politeistas.

Cuando la vida del propio Profeta (saws) estuvo en peligro, él mismo emigró a Yathrib, junto con Abu Bakr. Era el año 622 de la era vulgar, y es esta emigración del Profeta (saws), la Hégira, el que marca el comienzo de la era islámica. Asimismo, fue en Medina (‘La Ciudad’, nuevo nombre de Yathrib), donde se estableció la capitalidad del nuevo Estado musulmán. Así, los musulmanes se trasladaron a Medina. Los mequíes no dejaron por ello de hostigarles, y se produjeron en los años siguientes una serie de batallas entre ambos bandos, las de Badr, Uhud, y la de la Trinchera que, en conjunto, afianzaron el Islam y el Estado musulmán.

Esta consolidación permitió al Profeta (saws) enviar mensajes a los dirigentes de los grandes Estados vecinos de la época con una invitación a aceptar el Islam. Una revelación prometió al Profeta (saws) que pronto rezaría en la mezquita sagrada de Meca y, tras tensas negociaciones se efectuó un tratado de paz de diez años con Meca, con lo que comenzó un proceso de aceptación del Islam, y una aceleración de su expansión por la Península Arábiga. Sin embargo, una ruptura del tratado por parte de los mequíes en 630, llevó al Profeta a la cabeza de un ejército a la conquista de Meca, que se rindió.

El Profeta (saws) ordenó limpiar de ídolos la Kaaba, en la que sólo permitió que permanecieran un retrato de María con su hijo. Casi todos los habitantes de Meca aceptaron el Islam. El comprobar cómo los musulmanes acogían sin rencor a sus antiguos enemigos, bien como conversos al Islam, bien como cristianos o judíos con derecho a protección, aceleró el derrumbamiento de la resistencia. El Islam se extendía ya incluso fuera de la Península Arábiga, que había aceptado el Islam en el año 9 de la Hégira, el ‘año de las delegaciones’.

La peregrinación fue, a partir de ese momento, sólo para musulmanes, y en 632, el Profeta dirigió la peregrinación por última vez, durante la cual le fueron revelados los últimos versos del Sagrado Corán (V, 4-5). El 8 de junio de 632, el Santo Profeta Muhammad (saws) murió, siendo enterrado en su casa de Medina, según su deseo.

Fuente: Islam Castellano

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La islamofobia se extiende en Europa – Por Virginie Guiraudon*

 

PARÍS, jun (IPS) – La intolerancia religiosa es una realidad cotidiana en Europa. Tiene por objetivo principal a los musulmanes y ataca el pluralismo religioso, negándose a compartir el espacio público con religiones minoritarias o apenas tolerando prácticas consideradas “seculares”.

Quienes encarnan las voces clave de la intolerancia no son marginales ni pueden desestimarse como anticuados activistas de extrema derecha. A menudo se trata de jefes de gobierno, importantes ministros o poderosos políticos.

Sus palabras expresan una cantinela de xenofobia oficial. Sucesivas menciones del presidente francés Nicolas Sarkozy y la canciller alemana Angela Merkel sobre el fracaso del multiculturalismo en países donde esa política nunca se promovió, y el discurso de febrero del primer ministro británico David Cameron, que asoció el multiculturalismo con el terrorismo islámico, son algunos de los ejemplos más recientes.

El deseo de volver invisible el Islam no solamente ha causado discursos estigmatizantes, sino también nuevas leyes. El 29 de noviembre de 2009, 57,5 por ciento de los ciudadanos suizos optaron, en un referendo popular, por prohibir la construcción de nuevos minaretes en su país. Esto parece ser parte de una tendencia europea.

En 2004, Francia prohibió usar el “niqab”, velo tradicional islámico, en las escuelas públicas, por considerarlo un símbolo de ostentación religiosa. El 11 de abril de este año entró en vigor una nueva ley que prohíbe usar ese velo en “lugares públicos” de todo el país. Es decir, en todas partes menos en el hogar, el automóvil, el lugar de trabajo o la mezquita.

Un estudio publicado por la Open Society Foundation concluyó que menos de 2.000 mujeres cubren su rostro con ese velo en Francia. Muchas ya han sufrido insultos y, a veces, hasta acoso físico. La nueva ley solamente alentará más abusos. Sin embargo, todavía se permiten las procesiones religiosas cristianas que requieren a quienes las realizan cubrir sus rostros.

Necesitamos comprender mejor la dinámica que hay detrás de estas controversias y de las nuevas leyes que prohíben el uso de símbolos de expresión religiosa. Y debemos preguntarnos si en el espacio público de Europa existe una adecuada protección del pluralismo religioso y de la neutralidad confesional.

La extrema derecha europea ha ocupado el espacio público para afirmar agresivamente su cultura en contra de las prácticas musulmanas. Las acciones que insultan deliberadamente a los musulmanes van en aumento.

En Italia, el derechista partido Liga Norte organiza procesiones de cerdos en los sitios donde se planea construir mezquitas. En Francia, un movimiento antimusulmán que dice ser secular organiza fiestas de “salame y vino”, dirigidas contra las tradiciones islámicas que prohíben comer cerdo y beber alcohol.

El centrarse en los alimentos y el vino muestra que el temor a las amenazas a la identidad cultural originadas en la globalización está en el centro de la “nueva derecha”, como sostiene la socióloga Mabel Berezin en su libro “Illiberal Politics in Neoliberal Times” (Política intolerante en tiempos neoliberales).

La expresión religiosa se está convirtiendo otra vez en un distintivo de la identidad cultural nacional, y el discurso xenófobo que rodea al Islam parece tener un amplio atractivo. La actual generación de líderes de la extrema derecha (entre ellos Heinz-Christian Strache en Austria, Geert Wilders en Holanda, Marie Le Pen en Francia y Oskar Freysinger en Suiza) se visten con ropas nuevas.

Son más jóvenes y dicen ser progresistas mientras subvierten los símbolos y las luchas de las revoluciones de los años 60. Algunos aseguran que son feministas, que están a favor de los derechos de los homosexuales y de la libre expresión, y todos toman por blanco al Islam más que al judaísmo.

Los partidos dominantes están divididos en torno a estos temas. Luego de décadas de intentos locales y nacionales de resolver asuntos prácticos, como el espacio que se destina a los musulmanes en los cementerios y la organización de entidades musulmanas representativas, los gobiernos europeos parecen acompasar y permitir el flujo de intolerancia, prohibiendo y estigmatizando las prácticas islámicas.

En este contexto, ¿cómo se puede proteger a las religiones minoritarias en el espacio público? Históricamente la “tolerancia” de las religiones minoritarias por parte de la mayoría se asocia con el Iluminismo (siglos XVII y XVIII) y los inicios de la noción contemporánea de los derechos humanos.

Las constituciones europeas actuales también se hacen eco de las luchas del siglo XIX al promover el secularismo en el continente (aunque no en los imperios).

De todos modos, los legados de estas batallas difíciles y a veces sangrientas no están tan profundamente arraigados como podría pensarse. En las democracias liberales, los derechos fundamentales de las minorías tienden a estar protegidos de los abusos de la mayoría mediante constituciones internas y convenios internacionales como el Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales.

Pero la jurisprudencia del tribunal que salvaguarda este convenio muestra que no todas las religiones reciben el mismo trato. En el célebre caso “Lautsi versus Italia”, la Gran Cámara de la Corte Europea de Derechos Humanos dictaminó en marzo de este año que la presencia de crucifijos en escuelas primarias italianas no viola el derecho a la libertad de conciencia de quienes no son cristianos.

Se trató de un triunfo para el gobierno italiano y para otros 19 gobiernos que habían urgido a ese tribunal a respetar las identidades nacionales y las tradiciones religiosas dominantes de cada uno de los estados parte del convenio.

Las religiones minoritarias todavía tienen que ganar un caso relativo a la libertad de expresión religiosa ante la Corte Europea de Derechos Humanos. Y el tribunal de la opinión pública europea parece volverse cada vez menos tolerante. La posibilidad de igualdad entre las religiones todavía está en cuestión en Europa.

* Virginie Guiraudon es investigadora del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia.

Este artículo es parte de la serie “Religión, política y espacio público”, que se realiza en colaboración con la Alianza de Civilizaciones de las Naciones Unidas y su proyecto de Expertos Mundiales (http://www.theglobalexperts.org/).

Los puntos de vista expresados en estos artículos son de los autores y no necesariamente reflejan los de la Alianza de Civilizaciones de las Naciones Unidas o de las instituciones a las que están afiliados los autores.

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